Mar Vidal, primera y última farera en la historia de Cantabria: “Fui tras una idea, tras un modo de vida”
Un bosque, dentro de una gran finca, rodea la casa de Mar Vidal (Alicante, 1950). Es una casa apartada que, por dentro, parece un faro nórdico, llena de antigüedades, de escaleras, de estancias. Una casa que mira, y no es casualidad, al faro de Ajo. Una casa cuya distribución cuenta quién es Vidal: la única farera que ha habido en la historia de Cantabria, la primera y la última, y una de las 26 mujeres fareras en la historia en España.
La descripción de la casa de la farera la hace Cristina Rodríguez, directora del documental 'Aunque seamos islas', que presenta este martes 27 de enero, a las 19.30 horas, en los cines Embajadores de Santander, donde volverá a proyectarse el 17 de febrero, a las 20 horas.
Vidal vivió en el faro de Ajo entre 1986 y 1994 porque su marido, también farero, era el encargado. Entre medias, se sacó la oposición y fue farera de El Caballo y de El Pescador, ambos en Santoña, entre 1988 y enero de 1993. Las fechas son importantes porque responden a la muerte de una profesión: en 1992 se aprobó un decreto por el cual se declara una profesión a extinguir. La pareja tuvo que decidir entre ser funcionarios o ser fareros.
Mar Vidal y su marido Antonio decidieron ser funcionarios, pero su trabajo les convenció de quedarse en Cantabria, con sus dos hijas, enfrente del faro de Ajo, en la casa apartada que parece un faro nórdico. Vidal, que ahora está jubilada, participa en el documental junto a otras cinco fareras, contándole su vida a una cineasta que recorre el país en busca de las últimas representantes de esta profesión tan peculiar. Una directora que, en paralelo, está en medio de una crisis profesional, y le va contando su proceso a su sobrino pequeño, porque es el único que le pregunta por su largometraje.
“Elegí para vivir un escenario cercano, un lugar donde poder seguir viéndolo (el faro). Nos hicimos una casa en un alto, desde el que se veía todo el cabo. Muy poco cambió, la curiosidad no cesó, pusimos varias pizarras en casa donde ponemos lo que aprendemos y lo que se nos ocurre”, le cuenta Mar Vidal a la directora en una de las muchas reflexiones que le ha ido compartiendo en los últimos años.
Porque Vidal, que es muy activa en sus dos cuentas de Instagram, pide que sea Cristina Rodríguez la que hable por ella. “En general, los fareros son poco de exponerse”, dice la directora, “pero, por circunstancias personales, en este momento de su vida, necesita tranquilidad”. De hecho, cuando Rodríguez le contactó hace años, Vidal le propuso a la directora que le entrevistara por audios. Pero tras conocerse, le abrió las puertas de su casa y cambió de opinion.
Así la directora, que se incluye como personaje en el documental, descubrió que Vidal vivió una infancia rígida en Alicante hasta que un día, mientras iba paseando, se encontró con un amigo y le habló de las oposiciones a farera. Luego Vidal visitó el faro de Cudillero, en Asturias, volvió y decidió preparar la oposicion en Madrid.
Ya tenía una hija y allí conoció a Antonio, que era ingeniero, le dio clases de apoyo y empezaron una relación y tuvieron otra hija. Se sacó la plaza, con dificultades, porque era de letras puras, en 1987. Al llegar al faro recuperó sus dos sueños de infancia. “Es una soñadora que ha sabido materializar sus sueños”, describe Rodríguez.
“Cuando tomé las riendas de mi vida, decidí que el miedo nunca me guiaría, porque te paraliza y te somete”, le cuenta Vidal a la directora en otra reflexión que tampoco sale en el documental.
Para entender la vida de Mar Vidal después del faro, hay que volver al origen de esta funcionaria jubilada. Vidal se crió en el franquismo y soñaba con salir de Alicante para vivir en el campo. Pero tenía otro sueño: subir en una nave espacial, como en Star Trek (en su casa actual, hay muchos detalles de la saga).
Mar Vidal dedicó sus años de farera a estudiar y a leer. Estudió a distancia Historia, hizo cursos de Física, talleres de escritura creativa, se involucró en el activismo durante y después del 15M, luego estudió un módulo de Antropología Forense. Hoy es una apasionada de la antropología, sobre todo de la prehistoria, en particular de los neandertales. Y se ha seguido cultivando hasta hoy, leyendo desde Albert Einstein a María Zambrano, viendo películas de ciencia ficción, aprendiendo de decoración. “Por eso digo que se mimetizó con su sueño: tiene un espíritu farero”.
“Fui tras una idea, tras un modo de vida, que me permitiera seguir otras direcciones en un entorno natural y apartado. Ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida”, le confiesa Mar Vidal a Cristina Rodríguez en otra de las conversaciones que han compartido durante este trabajo cinematográfico.
Perseguir sus sueños
De cada farera, dice Rodríguez, saca una enseñanza: Mar le enseñó la constancia para perseguir sus sueños y la importancia de valorar la soledad. “Ella entendió que el faro le permitía más reflexion y más capacidad para observar el mundo. Se mimetizó con su profesión; lleva una vida muy farera”, cuenta la cineasta en una visita a Santander. “A ella el faro le ha dado cultura, le ha dado tiempo para cultivarse, porque era un trabajo presencial, pero no trabajoso”, observa Rodríguez.
Vidal fue la primera farera a la que visitó Rodríguez, que llegó al faro de Ajo dos días después de que lo pintase Okuda. “A ella no le pareció mal lo de Okuda, pero a Antonio no le gustó”, cuenta Rodríguez, sobre una de las protagonistas de 'Aunque seamos islas'.
El documental está construido con material de archivo, reflexiones de la cineasta y entrevistas, a través de varios viajes. “En la ciudad hay mucho ruido, pero en un faro estás contigo. Lo que tienes al lado es naturaleza y tú, eso te da una posición de mirar al mundo. En estos años he encontrado muchísimos elementos comunes con las fareras”.
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