Davos, Trump y nuestra santa indiferencia manchega
A Trump le han dejado hablar en Davos, lo cual ya es una temeridad. Subirse a un atril suizo y decir que el mundo existe gracias a Estados Unidos exige una mezcla de narcisismo y desparpajo que en otra época habría bastado para que lo encerraran en un manicomio. Pero no: en 2026, semejantes delirios se retransmiten en directo y hasta aplauden.
Según el magnate de peluquín inamovible, Suiza vive gracias al amparo americano, Canadá debería pedir permiso hasta para respirar y Europa, debería sentirse agradecida por el privilegio de ser su fiel escudera. Lo malo es que no lo dice en broma, y lo peor es que hay quien lo corea.
Mientras tanto, los demás países fingen que no oyen. La OTAN toma notas y asiente, Europa carraspea y cambia de tema. Y Gaza sigue ardiendo, como un recordatorio incómodo de que la decencia hoy ya no cotiza en bolsa.
Aquí, en Castilla-La Mancha, esa verbena imperial nos parece cosa de marcianos. En las noticias sale Trump, en el bar se comenta el frío, y vuelta a lo nuestro. No es que seamos indiferentes -Dios nos libre de semejante pecado-, es que tenemos una capacidad admirable para considerar que el mundo empieza y acaba en la puerta del ayuntamiento. Si el planeta se desmorona, algo harán los de arriba.
Page podría aprovechar la ocasión para proponer que la Base Aérea de Albacete se reconvierta en un Instituto para la Paz
Eso sí, ningún dirigente local se libra de la grandilocuencia. Nuestro presidente Page, siempre presto a declararse prohombre o prócer de la democracia, podría aprovechar la ocasión para, ya que estamos, ponerse serio de verdad: exigir una política exterior valiente, menos servilismo ante Washington y, por qué no, proponer que la Base Aérea de Albacete se reconvierta en un Instituto para la Paz. Puede sonar descabellado, pero más lo fue permitir que Trump dictara la agenda global. Pero está claro que le molestan más Puigdemont y Oriol Junqueras,
Decir que Castilla‑La Mancha debería reaccionar no es pedir una revolución con pancarta y megáfono, sino algo más sencillo: recuperar el sentido común, esa virtud tan poco glamurosa como esencial. Cuando un político se cree dueño del mundo y el resto asiente en silencio, es el momento de preocuparse. Y cuando un pueblo se acostumbra a ese ruido sin levantar la ceja, también.
Puede que Trump no dure eternamente, aunque su peinado lo desmienta, pero su manera de ver el mundo se contagia. Y si no queremos acabar pensando que todo depende de un matón con misiles, convendría que Castilla‑La Mancha, con su aire quijotesco de siempre, recordara que la locura solo resulta divertida cuando no gobierna el planeta.
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