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El mundo después de la COVID-19

Judit Carrera (CCCB): “Tendremos que aprender a vivir con un cierto riesgo”

La directora del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, Judit Carrera.

Neus Tomàs

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El Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) es un espacio de investigación sin miedo a experimentar, capaz de conseguir que 137.000 personas visitasen una exposición dedicada a Stanley Kubrick o que 20.000 participasen en un ciclo sobre pensamiento. Su directora, Judit Carrera (Barcelona, 1974), defiende el papel de la cultura como instrumento para humanizar el progreso y califica esta pandemia de “grito de alerta” en el que confluyen varias crisis, la mayoría relacionadas con el cambio climático.    

Cuando accedió a la dirección del CCCB afirmó que el mundo se había vuelto imprevisible y que un centro cultural como este debía dar respuestas. Está claro que en lo primero acertó. ¿Qué respuestas se puede dar a una crisis como esta?

Aunque esta crisis nos ha cogido un poco desprevenidos, en el fondo no era del todo imprevisible puesto que muchos científicos habían avisado del riesgo de que se produjese una pandemia como esta. En esta crisis confluyen distintas crisis que se estaban gestando desde hace más de una década y que tienen que ver con la globalización, el cambio climático, la relación con las otras especies del planeta o la crisis económica que arrastramos desde hace más de 10 años. Esta pandemia es un grito de alerta de distintas crisis como mínimo en Europa porque en otros países ya estaba pasando. Debería servirnos para cambiar algunas cosas o para vivir de una manera aún más incierta de lo que ya era. 

El escritor Michael Houellebecq es de los que cree que el mundo tras la pandemia será el mismo, solo que un poco peor. ¿Cuál es su pronóstico? Michael Houellebecq

Depende un poco del día pero creo que una de las características del ser humano es que tenemos la capacidad de olvidar muy fácilmente las grandes crisis. Puede que sea también un mecanismo de supervivencia. A la vez pienso que hay unos movimientos de concienciación sobre cómo tenemos que vivir en el planeta que ya no tienen marcha atrás. Debemos tener un punto de esperanza cuando vemos movimientos como el Friday for Future, con gente tan joven que ha decidido desobedecer y no ir a la escuela para que tomemos conciencia de la situación. Gran parte de los miedos que hemos tenido estas semanas responden al temor a que la especie se pueda extinguir rápidamente.    

¿Esta es una de las lecciones que deberíamos aprender, saber que somos más frágiles de lo que pensábamos?

Tal vez ya lo sabíamos pero en Occidente hemos vivido esta crisis en primera persona, algo que ya sufrían antes en muchos puntos del mundo. Las migraciones por razones vinculadas al cambio climático pasaban en otras partes del planeta. Ahora se habla mucho del fin de la globalización pero yo considero que es todo lo contrario y que esta crisis lo que ha demostrado es que el mundo es muy pequeño y muy interdependiente.  

Justamente en este ciclo de entrevistas, el arqueólogo Eudald Carbonell consideraba que hemos visto la peor cara de la globalización. ¿Existe una cara buena?la peor cara de la globalización

Es cierto que tiene una cara muy oscura pero a la vez existe una positiva y es la toma de conciencia de que pertenecemos a un mundo común y que hay una humanidad que es compartida. Si entendemos la globalización no solo como un fenómeno económico o tecnológico sino también cultural es también un elemento positivo. Además, la globalización permite una cierta promiscuidad entre culturas por el hecho de poder acceder de manera mucho más fácil a otras maneras de relacionarse con el mundo.

Da la sensación que estamos viviendo en directo un episodio nuevo de la historia de la humanidad que Yuval Noah Harari retrata en su libro Sapiens. De animales a dioses.  Sapiens. De animales a dioses

Sí, porque lo interesante de ese libro es que nos explica que no nos levantaremos de un día para otro y estaremos en una nueva civilización sino que poco a poco ya estamos entrando en ella. Podríamos decir que de alguna manera ya somos cyborgs porque a través de nuestro móvil nuestra memoria ya está descentralizada. O todos los avances que hay en el campo de la inteligencia artificial, la robótica o el alargamiento de la esperanza de vida. Son avances que provocan fascinación pero a la vez generan incertidumbre. Y aquí es donde la cultura puede jugar un papel importante para que los humanistas, escritores o cineastas puedan analizar los potenciales pero también los límites de todos estos progresos y contribuyan a humanizarlos. 

O sea que la cultura puede ayudar a humanizar el progreso.

Sí, es lo que yo creo. 

En Francia, Macron apuesta por reinventar la cultura con imaginación, que sea un matrimonio entre el sentido común y la innovación. ¿Cómo se puede hacer?

La imaginación es un elemento fundamental y no solo para los lenguajes culturales. Imaginar otras maneras de vivir en el planeta cuando estamos en momentos de oscuridad es muy importante. La imaginación también forma parte del lenguaje científico, no es solo algo vinculado al entretenimiento. Implica otras maneras de entender el presente y de iluminar el futuro. No podemos salir de esta crisis con los instrumentos del pasado y esto no es una tarea solo de los científicos o de los políticos sino que es del conjunto de la sociedad.

Uno de los retos será convencer a administraciones y muchos ciudadanos de que una mayor inversión en sanidad o servicios sociales no tiene que implicar un nuevo recorte en las partidas destinadas a la cultura.

La cultura siempre ha estado relegada a la última de las prioridades políticas. Forma parte de la tradición de un país con una historia democrática muy corta. La capacidad de ponerte en el lugar del otro, la libertad de expresión, la defensa del pluralismo, todos ellos principios que rigen también en la cultura, están en el corazón de la democracia. La cultura también es un bien de primera necesidad.

Los seres humanos no somos solo cuerpos que debemos ser curados y protegidos ni tampoco solo agentes de un entramado económico. Además, en estos momentos de tanta fragmentación política y de fractura social provocada por una crisis que será mayúscula, son muy importantes los espacios intermedios que protegen los derechos comunes. Por eso hay que reforzar la escuela, los espacios culturales o los medios de comunicación. 

¿La cultura también es política?

La cultura tiene una función política última y es la de crear comunidad, un vínculo entre el yo y el nosotros. Es una función que también tiene que ver con el impulso del pensamiento crítico. Por lo tanto no está en la pelea partidista diaria sino que es un ámbito mucho más libre. 

La filósofa Judith Butler llegó a congregar a 2.500 asistentes en una conferencia.  ¿Van a tener que rediseñar la programación para adaptarla a estos nuevos tiempos? Judith Butler

Lo cierto es que habíamos notado un incremento en muchos de nuestros actos, la constatación del querer pensar juntos y un cierto agotamiento de la pantalla. Era un crecimiento de públicos muy diversos. Actos con 500, 600 y 700 personas en actos distintos cada semana que venían para pensar juntos. La Bienal del Pensamiento fue la eclosión de esta progresión. Estamos en pleno debate sobre la aceleración de una transformación digital que ya estaba en marcha en muchos equipamientos culturales pero eso no quita que nuestra función es la de ser espacios presenciales. 

Pero tal vez no puedan celebrarse actos tan multitudinarios.

Sí, nos estamos preparando para una transición en la que esta incertidumbre nos la tendremos que aplicar en primera persona. Tener los espacios cerrados con las dos plazas maravillosas que nos permiten un cierto control del aforamiento. A ello hay que sumar el espacio digital, que intentaremos perfeccionar. Sabemos que a corto plazo será muy difícil volver a esos actos masivos.Tendremos que aprender a vivir con un cierto riesgo y a no obsesionarnos con vivir en una sociedad sin virus porque en el fondo son el origen de la vida. Lo que tenemos que evitar es el contacto con los virus que sean tan mortíferos como este. La sociedad de un 100% sin riesgo no ha existido ni existirá. 

Una de las cosas que llamó la atención en la Bienal del Pensamiento fue la cantidad de jóvenes que había. ¿Atraer a este público es uno de los retos de los espacios culturales?

Es uno de los muchos que tenemos. El CCCB quiere ser un cruce de caminos de mundos, donde se mezclen los públicos y nos interesa mucho ser un espacio intergeneracional. No podemos reflexionar sobre el futuro sin tener en cuenta a los más jóvenes. Trabajar con ellos permite romper muchos tópicos. Una de las tareas de la cultura es escuchar mucho y si escuchas a los jóvenes, el universo que se abre es extraordinario.  

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