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Opinión - ¡Busquen al hombre!, por Elisa Beni

Opinión

Weimar, de ayer y de hoy

El presidente de Vox, Santiago Abascal, pasa por delante del presidente del PP, Pablo Casado, durante una sesión plenaria

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La república de Weimar fue una democracia liberal, con paz y afán de justicia social. La tragedia de la guerra de 1914-18 dio lugar a otra tragedia, la revolución obrera y la represión militar de 1918-19. El Estado imperial se disolvió después de la derrota militar, las masacres de la población y las compensaciones de guerra impuestas por Versalles. Los partidos liberales y católicos y la socialdemocracia crearon la república y una constitución democrática. La democratización fue un gobierno emanado por un parlamento electo por los ciudadanos. Hubo una voluntad de desarrollar políticas sociales como la oferta de vivienda, prestación de desempleo y jornada laboral. Y se reconocieron el voto de las mujeres, los derechos básicos a los judíos y la prensa libre. Eric D. Weitz en su libro “La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia”. Incluso toleró con algo de humor “las ideas como el nudismo o el comunismo y también la creación artística y el pensamiento filosófico”.  

El orden social de Weimar fue el de siempre, un Estado que va más allá de la Constitución, del Gobierno y los partidos. El historiador Weitz expone que el Gobierno y las leyes quedaban a mitad de camino. La realidad fue que gran parte de los aparatos del Estado aplicaron las fuerzas reales tradicionales: la gran Administración Pública, los Ejércitos, la Judicatura… Y de facto la fuerza política del bloque empresarial y banquero que controlaba el gobierno y que financió más tarde a los nazis. La democratización fue a medias. El Estado real en gran parte no era democrático, eran los aparatos del Estado visibles, como los militares y los jueces. Pero también las ideologías incluidas los religiosos y filósofos, los “chiens de garde”.

¿Hay alguna similitud de España con la república de Weimar? Puedan ustedes evaluarlo. Pero les muestro dos representantes políticos. El “Informe general de 1976” que lo produjo Pere Portabella fue un panel de líderes políticos de izquierdas. El representante del PCE fue Tamames (Carrillo era ilegal), quien dijo más o menos “Franco ha muerto, pero el franquismo está ahí y es fuerte, debemos extirparlo para que haya realmente democracia”. Felipe Gonzalez dictaminó “Franco ha muerto. Ha dejando vestigios, pero sin Franco el franquismo ya ha desaparecido”. Para muchos analistas y aún más para muchos ciudadanos la democracia en España está a medias. ¿O es suficiente la presencia de los partidos políticos y los parlamentos para disponer de una democracia real?

Los denominados “aparatos del Estado” se supone que son instrumentos de la democracia. La Constitución española es democrática con un pero: olvidó proponer a la ciudadanía una elección entre monarquía o república. Y de paso para no alargar el artículo segundo se podrían eliminar unas pocas palabras como “la indisoluble unidad… y la patria común e indivisible”, que es retórica del limbo pues no es ni de la tierra, ni del cielo y tampoco del infierno. Sin embargo la Constitución empezó bien.

Con el tiempo las leyes y los gobiernos han pervertido los derechos, las libertades y las igualdades. Más aún si la democratización se hizo a medias. Veanse la reforma laboral, la ley “mordaza”, la confusión entre nacionalidades y regiones, el menosprecio del artículo 9 que “remueve los obstáculos que impiden los derechos de los ciudadanos”, etc. La Constitución no consideró la perversión de los “aparatos del Estado” y entre ellos la Judicatura, el Tribunal Constitucional, el Poder Judicial, etc. 

Y si me lo permiten les expongo una anécdota personal y lejana. Me detienen en 1969 y me buscaba la policía política (brigada social) desde 1961. Era militante del PSUC. En Jefatura no les doy ninguna información, incluido sobre mí. Al cabo de unos días me encarcelan. Al cabo de unos meses se presenta el juez instructor (un militar). Diálogo educado, pero no digo nada sobre actividad política. Le pregunto cual es el organismo militar que me interroga. Veo los papeles y el membrete EOA. Me dice que es “Espionaje y otras actividades”. Casi me río y le comento que espionaje no será y que cuáles son las otras actividades. Y me dice “como por ejemplo la sedición, como acciones contra la patria pero sin violencia armada”. Le pregunto que si hay una huelga en grandes empresas o la construcción es sedición. Y me dice “exactamente, pues agrede a la producción nacional”. Entonces es que sirve para todo. Y responde, sí, es así.

La sedición se aplica como la Bastille, se encarcela porque sí, porque no hay base delictiva, se utiliza algo que no es un mínimo de rigor. Como se ha aplicado para encarcelar a dirigentes políticos y sociales (catalanes y liberales) que únicamente han expuesto propuestas democráticas. No las comparto del todo, pero les defiendo absolutamente.

Volvamos a la República de Weimar y a su final. La Constitución democrática ofrecía políticas transformadoras para desarrollar los derechos políticos y sociales pero el “orden antiguo establecido” se había mantenido. Se aplicó la represión política y se estimularon la extrema derecha y las organizaciones armadas. Las políticas sociales no pudieron aplicarse y las fuerzas democráticas aparecían como inútiles o al servicio de los poderes reales. Y las masas populares se desesperaron de los partidos de izquierdas y una parte importante se abrazó al nazismo. 

En España hay riesgos similares a los de Weimar. No hubo una democratización como en Francia e Italia, y también Alemania, no solo por los derechos políticos, también las políticas sociales. Los gobiernos españoles no han podido democratizar la democracia. La ciudadanía puede desanimarse de la democracia limitada a las elecciones y escasas esperanzas de los sectores populares y medios. En tiempos de futuros próximos en parte estas poblaciones pueden más que menos se abstendrían o se orientarían hacia las ideologías ultras o de extrema derecha.

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Publicado el
19 de diciembre de 2020 - 11:25 h

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