Bestias deportivas

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De azul cielo premonitorio vestía la tarde del domingo pasado el ya trece veces campeón de Roland Garros, nuestro vecino de las islas, Rafa Nadal, una depredador sobre la tierra francesa. Otro vecino, esta vez del norte, haciendo gala de su apellido ha conseguido su decimocuarto campeonato del mundo de trial en Italia donde ha demostrado que, también en la treintena como el manacorí, está hecho un toro, Toni Bou. Y dos gacelas venidas del sur, Joshua Cheptegei y Letensebet Gidey, aparecieron hace unos días por la pista de atletismo del Turia en Valencia para batir los récords del mundo de diez mil masculino y cinco mil femenino, una bestialidad.

Aunque animales deportivos, lo que se dice animales, son otros. Por ejemplo la galga vallisoletana Liosa de Clemente, campeona de España de galgos en campo de este año o Soy la leche, el palomo deportivo valenciano campeón en la competición de comunidades autónomas del año pasado o el caballo Ibón, medalla de oro del campeonato de España que tuvo lugar en septiembre en Toledo.

Vemos que el mundo deportivo y el animal van de la mano a menudo y no solamente cuando utilizamos metáforas en las crónicas deportivas. De hecho existen 9 federaciones deportivas relacionadas con los animales de las 66 que recoge el anuario del deporte del Ministerio de Cultura y Deporte de 2020: Caza, Colombicultura, Colombófila, Deportes de invierno (mushing), Galgos, Hípica, Pesca y casting, Polo y Tiro al vuelo.

Curiosamente de ellas, tan solo la Hípica estará presente en las próximas olimpiadas de Tokio. Quizá se haya valorado para esta inclusión que junto con las carreras tiradas por perros o el polo, son de las pocas disciplinas deportivas en las que un hombre o mujer suda la camiseta junto al animal de cuatro patas durante la competición. En el resto de deportes el animal participa solo ante el peligro (de muerte en muchos casos) lo que resulta de lo más extraño ya que eso nos llevaría a considerar al animal como el auténtico deportista y esa cualidad está reservada para la persona, según la RAE y el sentido común. La explicación a esta incongruencia problamente la encontremos en el arraigo cultural en la utilización de animales en competiciones más o menos deportivas desde las sociedades primitivas. Sin embargo y aunque en la actualidad es un hecho indiscutible que la cultura y el deporte están más unidos que nunca, o precisamente por ese motivo, tal vez haya llegado el momento en que las mentes pensantes en el Consejo Superior de Deportes o la Conselleria d’Educació i Esport se paren a repensar en si el modelo sociocultural al que aspiramos como sociedad del siglo XXI – no tan primitiva y basada en los cuidados mútuos- puede incluir prácticas deportivas donde se daña la vida.

Que conste que tener o no la etiqueta de deporte no es imprescindible para la práctica de la actividad y en ningún caso determina su existencia, a no ser que vayan en contra de la ley como ocurrió con las peleas de gallos o perros o el tiro de pichón prohibido ya en muchas comunidades autónomas. Pueden articularse otras fórmulas que regulen las competiciones o exhibiciones con animales y de este modo las federaciones implicadas podrían adaptarse o reformularse para mantener su actividad bajo otro marco legal más allá del meramente deportivo. Mientras tanto, plantearse una revisión más garantista de los reglamentos sobre la participación animal en actividades competitivas, lúdicas o artísticas en la que prime el enfoque de su bienestar, antes, durante y después de la competición y en su crianza, e incluso cuestionar su catalogación deportiva, daría lugar a un debate interesante entre todas las partes implicadas en el que todos podríamos salir ganando… sobre todo los animales.

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19 de octubre de 2020 - 12:20 h

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