Consagremos València a los árboles y no a los coches
Desde que aquellas bacterias pioneras de la clorofila saturaron la atmósfera de oxígeno, existe una relación inversa entre la abundancia de CO² y la abundancia de vegetación. Los seres artífices de la fotosíntesis enfrían la Tierra eliminando el dióxido de carbono de la atmósfera y empujándolo a las frondosas raíces hincadas en las profundidades del suelo donde —gracias a la lluvia y al hechizo de la bioquímica— acaba transmutado en bicarbonato cálcico. Caliza soluble que los ríos arrastran hasta los océanos y que millones de seres como los moluscos, los corales o el fitoplancton atesoran en sus propios cuerpos, convirtiendo ese bicarbonato en la materia de sus esqueletos que a su muerte se depositarán en el fondo marino y que tras millones de años los movimientos tectónicos devolverán —o no— a la superficie en las flemas incandescentes de algún volcán o inaugurando una flamante cordillera. Un ciclo de miles y miles de años de alegría circular que atraviesa las edades y que conserva la temperatura del planeta en un rango benévolo para la vida.
Esto es el gran viaje de la caliza, el ciclo largo del carbono, pero no es el único proceso que enfría el planeta. Millones de seres vivos siembran las nubes, nubes bajas que propician la lluvia y que disminuyen la temperatura planetaria en unos 10 grados. Lo hacen en los océanos, en los arrecifes de coral, en el Amazonas, en los bosques de coníferas y en los pantanos cubiertos de musgo. Estas nubes también son un obsequio de la vida, forman parte del albedo planetario y son grandes autobuses de actividad microbiana que enfrían la Tierra.
Es la red de la vida la que hace de la corteza terrestre nuestro hogar. Así sucede con el oxígeno, gracias a los seres vivos, nuestro planeta durante 700 millones de años ha disfrutado de la cantidad exacta de oxígeno, la que nos permite respirar sin arder o sin asfixiarnos. Otro ejemplo es el ozono que retiene el hidrógeno, impidiendo la fotodisociación de las moléculas de agua. Sin él, el hidrógeno —molécula grácil e ingrávida donde las haya— se dispersaría en el espacio sorteando la gravedad terrestre. No solo es que los seres vivos tengan un papel central en el ciclo del agua, es que, además, la capa de ozono actúa como una barrera frente a la radiación ultravioleta, lo que permite que este planeta sea azul.
Es así, la vida y en especial la vida vegetal interactúan con el ambiente, autorregulando las condiciones que nos permiten estar vivos. Además, la biosfera es autopoyética en el sentido de que se automantiene. Lo aprendemos cuando abrimos el hermoso libro de Stephan Harding, Tierra Viviente, y tratamos de comprender los grandes ciclos bioquímicos del planeta. Y lo intuimos cuando un domingo cualquiera buscamos una pequeña arboleda en el jardín del Turia para disfrutar de su sombra. Un bosque urbano como este regula las temperaturas extremas a través de la sombra y de la evapotranspiración; es una bóveda de aire puro contra la contaminación; secuestra CO2; amortigua el sonido estridente de la ciudad y es el hogar de millones de seres vivos que conforman otra ciudad dentro de nuestra ciudad. Y es el sitio de nuestro recreo.
Un bosque urbano
Un bosque —también un bosque urbano— debe entenderse como una comunidad biótica que, más allá del árbol atrapado en el alcorque, extiende sus redes, sus raíces y sus copas, propiciando el ambiente perfecto en armónica simbiosis para que vivan miles y miles de seres, grandes y diminutos. Una comunidad que, como ya hemos aprendido, tiene el poder de rellenar los acuíferos de la comarca, disminuir la temperatura y convocar a la lluvia. Un verdadero ecosistema, lo repetiré, con la capacidad de incidir en el clima de la ciudad. A lo largo de más de 20 000 generaciones de sapiens, los bosques fueron nuestro hogar y en ellos está la respuesta a los desafíos climáticos que tenemos por delante. Lo sabemos, lo sabíamos y lo supimos y, sin embargo, actuamos como si lo hubiéramos olvidado.
Así, desarraigados, nos conducimos como si el cambio climático no existiera y no nos estuviera obligando a hacer de nuestros sistemas de vida proyectos resilientes y sustentables. Todas las ciudades del mundo tendrían que estar plantando árboles y levantando el asfalto para permeabilizar al máximo su superficie. Todas las urbes del planeta deberían estar empeñadas en enfriarse. Pero en lugar de ello, seguimos consagrando nuestro espacio al vehículo privado, asfaltando y sellando el suelo con hormigón y cemento. Y nuestras únicas estrategias de adaptación consisten en instalar aires acondicionados y en verano escapar —los que pueden— al norte. A costa de enfriar nuestras casas, hierven nuestras calles. A costa de escapar de las asfixiantes noches tórridas y de las concatenadas olas de calor urbanas, estamos reforzando el efecto invernadero. A costa del tráfico motorizado y del asfalto, estamos consiguiendo que en nuestras ciudades las temperaturas sean sofocantes. Estamos apagando una hoguera con gasolina.
Detengámonos. Refundemos la idea de ciudad. Renunciemos —al menos mentalmente— a ese gran colonizador del espacio que es el coche y arrebatemos al tráfico su soberanía. ¿Por qué no empezamos a cerrar calles para levantar el asfalto y liberar la tierra? Si sabemos que en la fotosíntesis está la clave, ¿por qué no iniciamos un proyecto histórico de reforestación urbana decisivo que se sume a las fuerzas de la biosfera en su potente capacidad de autosanarse? ¿Una ciudad habitable —y por extensión un planeta habitable— es menos valiosa que nuestro coche aparcado en nuestra calle?
Demasiado a menudo, enfrentarnos a la imagen de una ciudad sin coches es enfrentarnos a la impotencia de resolver un vértigo diario que obliga a materializarse en tiempos imposibles de parte a parte de la ciudad. No es entonces un asunto menor que tenga que ver con nuestras decisiones personales. Es una cuestión estructural que ha de resolverse con un proyecto político sólido y congruente que concilie la vida urbana con la sustentabilidad. Aquí en nuestra Valencia, tan vulnerable, el desahuciado proyecto del corredor verde es la primera piedra de una nueva ciudad imbricada en el bosque urbano que ha de ampararnos. Un proyecto que debe conjugarse con otro que persiga una red de transporte público tupida y extendida sobre toda el área metropolitana.
Necesitamos políticas valientes que transformen València, que la preparen para esas noches tórridas que nos impiden descansar. Necesitamos un proyecto radical que haga de nuestra ciudad un lugar resiliente frente a los eventos extremos. Necesitamos un proyecto político que proteja nuestro hermoso y delicado patrimonio natural. Necesitamos políticos, asociaciones y colectivos que inviertan el tiempo obligatorio en explicar por qué es necesaria esta arborevolución urbana. Lo que no necesitamos es otro bulevar repleto de tráfico y, sobre todo, no necesitamos esa peligrosa inacción y ese pernicioso negacionismo instalado en la gobernanza de esta ciudad. En el siglo del derrumbe del hielo, soñemos el sueño de Allende, pero nuestro sueño será el de una ciudad abierta al bosque de la que ningún ser libre —hombre, mujer o pájaro— quiera escapar. Antes de lo irreversible.
- Elena Krause es máster en Humanidades Ecológicas, Sustentabilidad y Transiciones Ecosociales por la UPV y la UAM.
Sobre este blog
En un moment en què la lluita contra el canvi climàtic guanya protagonisme, aquest blog pretén aprofundir en el debat sobre el territori i els impactes que suporta. Es tracta d'un espai dedicat a l'anàlisi i la reflexió, en què col·laboraran professionals de diferents disciplines. El territori, la ciutat, el medi ambient i la cultura són els eixos d’un imprescindible debat, amb l'objectiu de lluitar a favor de la salut del planeta i contra les desigualtats socials.
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