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La deriva autoritaria de Europa

Las últimas elecciones celebradas en Alemania han demostrado que los partidos de extrema derecha son un elemento a tener en cuenta en el futuro

Es extremadamente preocupante la subida electoral de opciones que proponen discursos xenófobos, racistas, sexistas y con soluciones radicales contra los refugiados

Desde el comienzo de la crisis, por toda Europa han aparecido diferentes movimientos políticos y sociales que han desafiado a los partidos tradicionales, y que han hecho surgir nuevos partidos que se mantienen, hasta cierto punto, fuera de los márgenes habituales del marco político establecido. Esto ha provocado que los partidos tradicionales comiencen a perder gran parte de su hegemonía a favor de nuevos grupos políticos y sociales, tanto de izquierda como de derecha. Ese ha sido, por ejemplo, el caso de Podemos en España.

Pero la crisis de los refugiados también ha relanzado a partidos populistas, de extrema derecha y abiertamente xenófobos, aunque también han aparecido otros movimientos de nuevo cuño que están despertando el lado más oscuro de Europa. La retórica ultranacionalista y conservadora de Gobiernos como el húngaro o polaco ha tenido su efecto en otros países del entorno, con movimientos que han articulado un discurso contra la “invasión” de los refugiados, las políticas tradicionales y todo lo que llega de Bruselas. Todos se caracterizan por su antieuropeísmo, xenofobia, homofobia, ultranacionalismo, etc., y señalan que los refugiados amenazan la seguridad de la población autóctona. Estos movimientos están consiguiendo unos resultados que confirman su capacidad para sacudir el sistema político.

Este auge de la extrema derecha está teniendo, desde hace tiempo, un efecto dominó en casi todos los países de la Unión Europea, excepto en los países del sur, en los que ese fenómeno aún no ha tenido un impacto tan contundente, al menos hasta ahora. Este fenómeno generalizado se ha visto, por ejemplo, en Polonia, Hungría, Eslovaquia, Austria, Suecia, Dinamarca o, incluso, en Francia, países todos ellos que han asumido posturas más radicales a medida que la crisis de los refugiados se ha recrudecido con el paso del tiempo.

El surgimiento de un partido como Alternative für Deutschland (Alternativa para Alemania, AfD) ha acabado por romper la excepcionalidad de este país que, aunque ha tenido tradicionalmente partidos de extrema derecha (Republikaner, NDP), aún no tenía uno abiertamente populista, antiinmigración y xenófobo que condicionase su agenda política. Partidos que nunca habían tenido un éxito electoral tan importante como el de AfD en las elecciones del pasado 13 de marzo en tres Länder. De hecho, se trata de la mayor victoria electoral de la extrema derecha alemana desde el restablecimiento de la democracia en 1949.

La AfD es, desde sus orígenes, un partido que surgió del rechazo a la política de rescate del euro y que ha conseguido una baza electoral clave gracias a la crisis de los refugiados, que ha proporcionado un discurso populista y xenófobo, sin olvidar también un fuerte componente nacionalista y antieuropeísta. En las elecciones generales de 2013 se quedó fuera del Bundestag por unas décimas, y en las europeas de 2014 consiguió siete diputados, aunque solo se mantienen dos desde la escisión del partido, debido a las guerras internas entre liberal-conservadores y populistas de derecha en su seno, que acabó con el triunfó del ala más radical. Ya son ocho los Länder con representación parlamentaria de la AfD, aunque en los tres en los que se hicieron elecciones este domingo su triunfo ha sido más importante.

Los últimos resultados electorales del 13 de marzo en Alemania han demostrado que los partidos democráticos tradicionales son vulnerables, y han supuesto un punto de inflexión. Las medidas de la canciller Merkel de suavizar la política ante los refugiados (y el millón de refugiados llegados el año pasado a Alemania), han penalizado gravemente a la CDU y SPD, dejándolos en una situación tan precaria que ni siquiera una reedición de la “gran coalición” de ambos partidos permitiría formar gobierno, en un sistema político en el que los pactos son esenciales para la formación de mayorías parlamentarias.

Ahora, a un año vista, Merkel se plantea unas nuevas elecciones generales en Alemania, en un ambiente en que el mensaje de la AfD ha calado en buena parte del electorado que, unido a la radicalización de su discurso, está llevando a una grave polarización del debate público, con propuestas que, hasta hace relativamente poco, solo calaban especialmente en el Este de Alemania, los territorios de la antigua RDA, con su cara más radical. El trasvase de votos desde los diferentes partidos tradicionales hacia ese movimiento evidencia también que el electorado está cansado de las fórmulas tradicionales, de forma que la AfD ha visto su electorado incrementado por personas de todas las ideologías y sectores sociales.

Se trata de un fenómeno que refleja ideas que se han desarrollado también en otros países europeos: el hartazgo de la sociedad ante las élites políticas y económicas tradicionales. La AfD ha sabido aglutinar y dar voz al descontento que agrupa a grandes sectores sociales alemanes, por motivos de lo más diverso, aunque la crisis de los refugiados ha supuesto el detonante de esta situación. Ha atraído a votantes de la CDU decepcionados por las medidas de Merkel, pero también del SPD o Die Linke, y a un nutrido grupo de abstencionistas, gracias a que la participación ha superado en más de un 10% los niveles de las elecciones de 2011. Los resultados han demostrado que la AfD es un elemento a tener en cuenta en la política nacional, gracias a un discurso que propone soluciones radicales contra los refugiados, contra las élites, etc. Uno de los grandes cambios es que, hasta ahora, la cultura política alemana había mantenido unas formas cuidadosas con expresiones que pudiesen parecer racistas o ultranacionalistas, y que ahora comenzaban a ser abandonadas.

La AfD ha comenzado también a marcar la política a pie de calle, y no solo en las instituciones, donde condiciona la agenda con expresiones racistas y sexistas, que buscan el voto de las clases más afectadas por el malestar económico y la precariedad social y económica provocada por la crisis.

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