Sobre este blog

Contrapoder es una iniciativa que agrupa activistas, juristas críticos y especialistas de varias disciplinas comprometidos con los derechos humanos y la democracia radical. Escriben Gonzalo Boye (editor), Isabel Elbal y Sebastián Martín entre otros.

¡No os riais de Hitler! (o elogio a los tibios de Catalunya)

Una bandera de Catalunya

Me encanta Star Wars. Vaya eso por delante para evitar la furia de mis amigos que también son seguidores incondicionales de la saga. Pero hay que reconocer que entre sus defectos está ese maniqueísmo infantil consistente en presentar a un bando como algo amable, atractivo, reposado, sereno, blanco por todas partes y rodeado de amor y bondad y, al otro, como algo sórdido, oscuro, que rezuma maldad, rabia y egoísmo repugnante. ¿Quién en su sano juicio se pasaría al lado oscuro? A los paladines de la película que se ven tentados por ese bando, vistos con un poco de distancia, habría que internarlos, sus habilidades emocionales parecen nulas ¿cómo puede alguien con dos dedos de frente verse tentado por un viejo escuálido al que se le ven palpitar las venas verdes e hinchadas y que habla con voz de satanás galáctico? ¿por uno que menciona la ira, el odio, el resentimiento como las fuerzas que deben guiar nuestras conductas?. Nadie actúa así, quiero decir, reconociéndolo; quien obra por odio, desprecio o egoísmo disfraza sus razones, para el resto y para sí mismo.

El problema es que nuestra infantilización de estos personajes, que representan lo que no nos gusta o no debería gustarnos, no acaba ahí. Por influencias hollywoodienses, seguramente, nos hemos acostumbrado desde hace tiempo a presentar a los totalitarismos del siglo XX y a sus líderes como seres ridículos, de los que nadie podría fiarse (salvo que sea un aspirante a jedi, claro está). Continuamente aparece en nuestros televisores el paradigma de todos, Hitler, como un hombrecito torpe y repulsivo, lleno de manías visibles y de ademanes de psiquiátrico. En nuestras representaciones, los dictadores y fascistas con sus uniformes parecen cantar a los cuatro vientos que son malos y re-malos. Y peor aún, la corrección política naif de nuestros discursos públicos condena el decir lo contrario, parece que lo que queda bien es seguir pintándolos como payasos o como hombres oscuros a los que se les ve la maldad en los ojos.

Pero no, no hay que burlarse ni caricaturizar a estos personajes. Hay que presentarlos como lo que fueron, líderes atractivos, seductores, con ideas que en su momento podían sonar razonables a quienes las recibieron, no en vano todos gozaron de gran apoyo popular. Entre ellos y los que supuestamente eran buenos no había tantas diferencias estéticas ni conductuales como se nos vende hoy ¡Basta de pensar que la gente de antes era tonta! los tontos seremos nosotros si pensamos que los nuevos totalitarismos vendrán guiados por sujetos vestidos de militares con bigotes al uso, un buen par de botas y discursos histéricos. Al fascismo no se lo ve venir tan fácilmente, si no, nunca habríamos llegado donde llegamos y donde, hay que recordarlo, siempre podemos volver a llegar.

Por eso hay también que tener cuidado con las palabras. Se critica mucho hoy el uso de los vocablos nazi o fascista. Efectivamente, hay gente que los usa a mansalva para catalogar todo lo que no le gusta. No es esa la vía. Tampoco es, sin embargo, pensar que solo podremos aplicar esos términos a los generalitos esperpénticos, de esos no habrá en nuestro tiempo (aunque confieso que la figura de Donald Trump me desconcierta). Estas cosas son como el diablo, se muestran siempre de forma atractiva, seductora, con un discurso que está en los límites, pero puede ser aceptado por muchos, al menos en la intimidad. Sus líderes se presentan (y lo creen, pues casi nadie es fascista confesándoselo) como defensores de su pueblo, de los suyos, de los débiles, tal como haría quien está del lado de los “buenos”. De estos relatos hay varios en circulación y se han vuelto a hacer visibles en estos últimos días. Tienen no poco de ese discurso intolerante (aunque no en exclusiva) las dos derechas nacionalistas de Catalunya: la de Arrimadas y la de Torra. Ambas están sedientas de conflicto, del “cuanto peor, mejor”, a ninguna de las dos parece importarle la convivencia. Al contrario, cifran su esperanza en que la colisión y la hostilidad apague cualquier atisbo de razón entre los votantes ¡qué mejor que tener un enemigo! Es la receta para polarizar la arena política hasta que haya que decidir con el estómago de qué lado (de la fuerza) estás. Por eso no os riais de Hitler, que solo supimos quién era cuando todo acabó. En los días que corren, mucho mejor es ser tibio.

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Publicado el
18 de mayo de 2018 - 20:42 h

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