¿Eres más de ‘cuchicuchi’ o de ‘gordito’? Los misterios lingüísticos del amor y el idioma secreto de las parejas
Que las personas son capaces de amar y de expresarlo es una obviedad. Sin embargo, las palabras que utilizan para referirse a sus parejas revela que estas expresan mucho más que un sentimiento. Más bien, crean un universo único del que solo forman parte dos personas y que no puede transferirse a otras relaciones, ni anteriores ni futuras.
Entender el amor también es entenderse a uno mismo, y en ese punto entran en juego las metáforas. A fin de cuentas, el ámbito al que pertenezcan las más utilizadas en una relación reflejará cómo se interpreta este amor, puesto que, más que tener una función poética sin más, lo que hacen es estructurar nuestra experiencia de este sentimiento.
A pesar de que no hay una lista cerrada de temas, pues estos dependerán de la pareja en concreto, sí que hay algunos referentes casi universales. El de la salud, que implica ver el amor como una especie de dolencia capaz de acabar con la vida, de ahí se hable de estar “enfermo de amor”, en una “relación tóxica” o, ¿por qué no?, “consumido por los celos” cuando alguien siente que no se le está dando el reconocimiento que se merece. También el de la fauna, pues, ¿a quién no se le ha “desbocado” el corazón o siente “mariposas” en el estómago al ver a la persona capaz de despertar el “celo” en la otra? Ahora bien, en esta lista también entran los elementos de la naturaleza, pues, aunque al principio se puede sentir “fuego ardiente” constante, nada impide que la relación se “enfríe” o que “la llama se apague”. Incluso puede ser un maravilloso recorrido en el que la otra persona “guía” o “acompaña” durante el viaje. Ahora bien, lo que está claro es que el amor también es un objeto, uno que puede ser delicado, que se “rompe” o que “pende de un hilo”, o uno robusto, cuando se considera que se está en una relación “sólida” cuando ha pasado mucho tiempo y se “asienta”.
El ámbito al que pertenezcan las metáforas más utilizadas en una relación reflejará cómo se interpreta este amor
Hablar del lenguaje del amor implica tratar tanto de las palabras creadas o usadas por quienes forman la relación para llamarse la una a la otra como la forma en la que se hablan.
En el caso de las palabras, voces como “gordi”, “chiqui”, “cuchufleto” o “peque”, entre otras, tienen una base lingüística muy curiosa, y hay que tener claro que cada pareja utiliza sus propias palabras porque nacen de experiencias comunes, como pueden ser errores lingüísticos, bromas, anécdotas, canciones o incluso el empleo compartido de memes. Ahí entran en juego todas esas palabrejas inventadas, como “churri”, “cuchichú”, “ojito saltón” o “gatosito”, que dejan de significar y sirven exclusivamente para denotar, como si se trataran de nombres propios.
Otro de los recursos más habituales que demuestra que el cariño crea su propio dialecto es el uso de diminutivos, como “chiquitín” o “brujita”, no remiten dentro de la relación a los sustantivos en tamaño de bolsillo, sino que recubren a la otra persona de una capa de cariño. También ocurre lo mismo con las referencias al físico. Apelativos como “gordo” o “canija” funcionan igual para una persona normativa como para quienes no cumplen los cánones sociales de peso y altura, pues el objetivo no es describir. Ahora bien, si algo tienen en común la mayoría de los apelativos es que suelen ser acortamientos, es decir, formas reducidas, pero no del término original, sino del diminutivo, como ocurre con “cieli”, “cari” o “chiqui”, que se sienten más amorosas que “cielo”, “cariño” y “chica”.
La expresión en un tono agudo, de una manera más lenta, con mucha expresividad, tirando a infantil es lo que se conoce como “maternés” o baby talk, a saber, la forma en la que los adultos adaptan su lenguaje para hablar con los bebés
A lo anterior, hay que sumar la forma en la que se dicen estas voces, que generalmente, se expresan en un tono agudo, de una manera más lenta, con mucha expresividad, tirando a infantil… Esto es lo que se conoce como “maternés” o baby talk, a saber, la forma en la que los adultos adaptan su lenguaje para hablar con los bebés. Este es un rasgo muy frecuente en el lenguaje de las parejas, pues esta forma de hablar remite a la base emocional de la infancia, al cuidado y al vínculo.
Si se unen ambas cosas, queda un precioso dialecto de pareja que solo funciona dicho y escuchado dentro de la relación. De ahí que para el resto de las personas escuchar que don Alfredo sea “frifri” o que doña María de las Mercedes use el mismo tono para hablar a su hija pequeña que con su pareja les parezca ridículo, absurdo y hasta vergonzoso. Cosa que para ellos es lo más común.
La lengua tiene tanto de amor como el amor de lengua. Por eso, que viva el amor, independientemente de cómo se quiera llamar.
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