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Fauna autóctona

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En estos días en los que se celebran los juicios de Noos y la Fórmula 1, y hemos sabido que la Audiencia juzgará e tres ex consellers de Camps dentro de la trama Gürtel, me ha dado por pensar si las condenas que resulten de estos casos serán suficientes y, sobre todo, eficientes. Casi descartado, por la experiencia que venimos teniendo en las cuestiones de corrupción, que nadie devuelva a los contribuyentes el dinero malversado, apropiado indebidamente, blanqueado o, hablando en plata, robado, sólo nos queda el vengativo consuelo de la cárcel para aquellos cuyas penas sumen lo suficiente como para suponer el ingreso en prisión. En cualquier caso, pronto vendrán los terceros grados, y dudo mucho que a los reos les de tiempo a reflexionar sobre las malas acciones cometidas; si acaso, se dedicarán a pensar en cómo volver a hacerse con los millones que esperan en las cuentas del extranjero.

Por eso, se me ocurre que podríamos matar dos pájaros de un tiro y, ahora que el Oceanográfico quiere renovar las especies que acoge, muchos de los que hoy pasan por los juzgados podrían pasar del banquillo al banco (de peces) y ser exhibidos como ejemplo de fauna autóctona, si no como forma de reinserción, si de educación para los visitantes y aviso a navegantes.

Así, en uno de los estanques podríamos observar un ejemplar estilizado, con un traje gris de escamas de corte perfecto cuyo letrero informativo rezara: “Franciscus Campus Trajeadus. Sus ejemplares adultos pueden alcanzar los dos metros (de jeta). Llama la atención por sus elegantes tonos de camuflaje que toma como regalo al aproximarse a determinadas superficies. Su gran habilidad para nadar en aguas profundas y oscuras hace que pueda escapar con facilidad de depredadores como el Juezus Castrus, aunque en alguna incursión por la superficie a veces es atrapado en las redes de algún arrastrero como ocurrió recientemente con el pesquero Fórmula 1”.

Para qué queremos tiburones martillo cuando podríamos contemplar a los escualos de la Gürtel; desde cuándo es mejor un pez payaso que Alfonso Grau girando en círculos en una gran pecera cada vez que le “da la gana”; en qué supera un pingüino rey a una Infanta hierática aguantando el tipo. Mucho más interesantes las dentelladas a lo público de Urdangarín que las de los cocodrilos que se quieren traer al acuario, porque a estos se les e venir, pero aquel parecía que nunca había roto un plato.

Algunos incluso se sentirían como en casa en esta cárcel acuática que bien conocen, como los cargos de la Ciudad de las Artes y las Ciencias que son juzgados en Palma. También por la Ciudad, supervisando las obras del trencadís para que no se trenque más, estará Santiago Calatrava, que si vuelve a hacer de las suyas, podrá pasar fácilmente por el nuevo puente que conectará el Ágora con el Oceanográfico a pagar sus culpas en uno de los estanques del acuario. “Arquitectus morrocotudus”, diría su cartel informativo, “destaca por su capacidad para desplegar sus puntiagudas púas, que clava a los bañistas más desprevenidos”.

Lástima que el espécimen más espectacular campe a sus anchas por ese ecosistema de la Meseta Central que llaman Senado: no me digan que no molaría poder contemplar, junto a los leones marinos, a la Ritae Barberaus, que haría las delicias de los oceanógrafos, ávidos por descifrar su único y especial lenguaje (“el caloret, el caloret!), que aún se discute si es una llamada de apareamiento o un grito de aviso a sus congéneres. Pero si por algo destaca esta especie es por su capacidad para bordear los charcos más inmundos sin ser nunca salpicada.

Esta fauna sí que haría de nuestro Oceanográfico un espacio zoológico único, y permitiría liberar a las pobres belugas, que ni entienden de política ni tienen cuentas en Suiza.

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