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DESALAMBRE

EN PRIMERA PERSONA

"Llevo en Lesbos siete meses y solo hay algo que sé: que estaré aquí mucho más tiempo"

Amal, refugiada siria en Lesbos, denuncia su situación y la del resto de desplazados dos años después de la entrada en vigor del acuerdo entre la UE y Turquía, que dejó a miles de personas atrapadas en las islas griesgas

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Amal, refugiada siria. Foto: Oxfam Intermón.

Amal, refugiada siria. Foto: Oxfam Intermón.

La primavera templa nuestros cuerpos y nuestros corazones. Pero Moria, el campo de refugiados en la isla de Lesbos en el que vivo desde que llegué a Europa, es frío como una prisión. Las tiendas no nos protegen de los fríos vientos invernales ni de las incesantes lluvias.

Lesbos es una isla hermosa, pero el campo es un infierno. Desde aquí invito a toda la clase política europea a que nos visite para que vea con sus propios ojos nuestra hambre y nuestras penurias; para que vea qué se siente cuando tu destino está en manos de otros.

Pero también podrán ver que la situación puede cambiar: unas políticas migratorias más humanas nos ayudarían y proporcionarían a las personas que vivimos aquí la protección y el apoyo que necesitamos y merecemos.

Mi historia es parecida a la de millones de refugiadas y refugiados de Siria y otros países. El conflicto y la persecución han roto nuestras familias y nos han obligado a dejar atrás todas nuestras pertenencias y nuestras bellas ciudades, ahora irreconocibles. Hemos huido para sobrevivir y, cuando creíamos que llegábamos a un lugar seguro, nos han frenado y nos han dicho que esperemos en condiciones inhumanas. Esta espera se ha convertido en nuestra forma de vida.

Llevo en Lesbos siete meses y solo hay una cosa de la que estoy segura: que estaré aquí mucho más tiempo. He solicitado asilo en Europa, pero la próxima audiencia para mi caso no será hasta dentro de 18 meses.

Y, de nuevo, mi situación no es excepcional. Hay 13.000 personas refugiadas atrapadas en las islas griegas. No podemos empezar nuestras vidas de cero, ni tan siquiera vivirlas. Dormimos en tiendas de campaña y otros refugios provisionales que son demasiado fríos en invierno y demasiado calurosos en verano. Esperamos largas colas para recibir comida. Nos duchamos en baños atascados e inundados que no resultan seguros para las mujeres y las niñas.

Las personas solicitantes de asilo como yo esperamos a que nuestro caso se evalúe mientras nuestro futuro se nos escapa.

Cada día sueño con volver a casa. Pero el lugar al que llamo "casa" está en ruinas. Cuando pienso en mi hogar, pienso en la que era mi rutina diaria, trabajando en un hospital por las mañanas y enseñando inglés a mis estudiantes por las tardes. Pienso en los picnics en el parque con mi familia los fines de semana. O simplemente en los paseos por Damasco con mis amigas. Nací y crecí en esa ciudad, que solía ser un lugar precioso. Ahora todo son recuerdos.

Ser refugiada no es una elección. Estoy atrapada en Lesbos porque Siria no es un lugar seguro. Años de incesantes combates me dejaron sin otra opción más que huir para salvar mi vida.

En las islas griegas te sientes atrapada y perdida. Fijémonos en Moria: un lugar abarrotado con más de 5 000 personas en el que no nos dan información sobre cómo seguir adelante con nuestras vidas. Nadie nos dice nada. ¿Necesitas una doctora, un abogado o simplemente una traductora? ¡Buena suerte! Incluso las cosas más sencillas, como saber a qué hora abre la oficina para obtener tus documentos, son tremendamente difíciles.

Para recibir el apoyo que necesitas o información sobre tus derechos dependes del 'boca a boca' o de esperar a que te atienda un funcionario tremendamente ocupado que sabe tanto como tú. Nadie está seguro de qué es verdad y qué es mentira.

Todo esto me llevó a decidir que quiero contribuir a cambiar las cosas apoyando a las personas a mi alrededor. Participé en un curso de formación de una ONG sobre cómo ayudar a las personas en mi misma situación y proporcionarles la ayuda que tan desesperadamente necesitan sobre sus derechos y sobre qué opciones tienen. Muchas personas no saben que tienen derecho a consultar con asistencia legal para obtener ayuda con el complejo proceso de solicitar asilo, así que yo les pongo en contacto con las personas que pueden ayudarles. O si alguien necesita ayuda médica y no hay nadie que pueda traducir, yo le acompaño.

Seguiré trabajando como voluntaria en el campo de Moria mientras haya personas atrapadas aquí. Ayudar a estas personas, mis vecinos y vecinas, me da fuerzas. Este trabajo me ayuda en estos tiempos tan difíciles.

Desde que el acuerdo enre la Unión Europea y Turquía entró en vigor hace exactamente dos años Grecia obliga a las personas solicitantes de asilo a permanecer en las islas en lugar de permitirles solicitar asilo desde el continente o cualquier otro lugar de Europa.

Esta política tiene un objetivo principal: evitar que las personas pidan asilo en Europa. Parece que los líderes europeos hubieran olvidado que también somos personas. Obvian el hecho de que los miles de personas que vivimos en estos campos saturados no podemos compartir unos pocos baños. Que, al verse obligados a vivir en tiendas de campaña, las mujeres y menores se enfrentan a un riesgo real de sufrir violencia, abuso o acoso sexuales.

Los líderes europeos obvian el hecho de que, si quisieran, podrían gestionar la migración de forma justa y compasiva.

Desde que llegué a Europa he sido testigo de demasiado sufrimiento. Las políticas europeas parecen centrarse únicamente en devolver a las personas migrantes a sus lugares de origen.

Si las y los políticos vinieran a visitar Moria, les preguntaría por qué creen en decisiones que solo generan campos abarrotados de personas y llenos de inseguridad para mujeres, niñas y niños. Si vinieran a visitar Moria, les preguntaría si de verdad creen que este es un lugar para personas como yo, como ellos.

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Amal, de 47 años, es de Damasco (Siria). Huyó del conflicto que asola su país de origen y solicitó asilo en Grecia. Ahora vive en la isla griega de Lesbos a la que llegó tras atravesar la frontera con Turquía.

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