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La odisea de emanciparse se extiende más allá de los 30 en Santiago: subarriendos sin contrato, pisos en mal estado y feroz competencia

Rúa das Hortas, en el Casco Histórico de Santiago de Compostela

Rosalía Macías Tarrío

18 de febrero de 2026 06:01 h

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Emancípate. Así se llama el bono que acaba de renovar la Xunta de Galicia para subvencionar la compra de muebles y otros objetos domésticos a la población que considera joven. Son hasta 1.500 euros (en caso de alquiler) o 3.000 (en caso de compra) para menores de 36 años para “afrontar los gastos iniciales de la emancipación”. Pero, a pesar de bonos y ayudas al alquiler, esa independencia es aún una utopía para muchas personas treintañeras.

La edad media de emancipación en España es 30,3 años, según datos de Eurostat de 2025. Pero, ya sea para intentar alquilar o comprar, esta juventud se encuentra con precios excesivos para sus ingresos, escasa oferta de viviendas y una regulación que muchos de ellos encuentran insuficiente. Se trata de problemas que llevan años sufriendo grandes urbes como Madrid o Barcelona, pero que son también una realidad en ciudades intermedias o pequeñas como Santiago de Compostela, con 100.900 habitantes, en donde confluyen jóvenes en busca de un hogar para emanciparse, estudiantes universitarios y presión turística.

“No sé, es muy heavy. Con trabajos mejores de los que nunca tuvieron mis padres, no puedo alquilar ni puedo comprar”, escribe José Miguel (nombre ficticio) a una amiga por WhatsApp justo antes de entrar a ver un piso en la zona vieja de Santiago. Es el cuarto que visita este mes. Acude puntual a su cita a las cinco de la tarde y, al llegar al portal, ve gente esperando. “Nos convocaron allí a cuatro personas para pelearse y decir ‘quien llega primero, se queda con el piso'”, se queja.

Tiene 30 años y hace cinco abandonó el hogar familiar. Ha tenido que volver a esa casa, sin embargo. Tras dos años viviendo en Barcelona, aceptó un trabajo en Santiago pensando que el mercado inmobiliario le daría una tregua. No ha sido así, por lo que ha vuelto a la casa paterna y todos los días hace 40 minutos en coche hasta la capital gallega, a la espera de poder instalarse en un lugar propio.

De los otros tres pisos que ha visto José Miguel, dos son un subarriendo sin permiso del propietario y sin incluirle en el contrato, una práctica ilegal en España según la Ley de Arrendamientos Urbanos. Para otro de los inmuebles, le exigen una nómina de 2.000 euros, que no tiene. “Panorama: compartir piso sin luz o piso con olor a humedad”, escribe. Vivir solo no es una opción. Para alquilar en solitario en Galicia entre los 30 y 34 años, es necesario gastar más del 50% del salario, según datos del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España de 2024. Cifras altas, pero por debajo de la media española, que supera el 60% para esa franja de edad y alcanza el 90% para menores de 30.

Encontrar un piso es un auténtico viacrucis, aun estando dispuesto a pagar precios abusivos. Unos precios que en Santiago han aumentado un 10,9% en 2025, según un informe de Fotocasa. Precisamente esta página, junto con Idealista, es una de las principales vías para encontrar alojamiento; pero hay otras: grupos de Facebook como 'Piso/Habitación Santiago de Compostela' (con más de 15.000 miembros), el boca a boca, colgar stories de Instagram o estados de WhatsApp y, por supuesto, las inmobiliarias. La demanda es superior a una oferta mermada por la proliferación de alquileres vacacionales. Y ello a pesar de existir una regulación local de viviendas de uso turístico (VUT). En Galicia había 15.236 en noviembre de 2025: unas 370 en Santiago y otras 170 en los pequeños ayuntamientos colindantes, según el INE. Esto supone un descenso del 22,6% con respecto al año anterior en la media gallega, aunque hay que tener en cuenta que las cifras podrían aumentar en temporada estival.

“Mi casero es muy bueno haciéndose el loco”

En Santiago hay más de 15.000 estudiantes universitarios, con una carrera de obstáculos específica para encontrar un piso de alquiler. Un alumnado que no solo está formado por personas con la mayoría de edad recién cumplida, también hay treintañeras. Es el caso de Kenlly, que llegó de Colombia hace dos años y relata que las dificultades añadidas que se encuentran las personas migrantes. “Cuando llamas a los pisos, la gente sabe que no eres de aquí y empieza a pedir ciertas cosas: tener una cuenta, un contrato de trabajo… pero eso se complica si vienes como estudiante”, lamenta, y añade: “Y, cuando logras encontrar el piso, mucha gente no te quiere hacer contrato”.

En el primero que visitó, que se alquilaba por habitaciones, le explicaron que la cocina estaba en otra planta del edificio y que tendría que irse algunos días del mes porque habían alquilado su cuarto a otras personas. Al final, consiguió otro por Instagram, pero el contrato solo era hasta verano: ahí los precios suben con la llegada de turistas y peregrinos. Entonces, se puso a buscar alojamientos sin éxito. Recuerda que vio unas habitaciones en la céntrica Praza de Galicia “con humedad y ratones, por 500 euros, y compartiendo con otras 5 personas”.

“Ahora estoy en un piso muy barato, pero también porque las condiciones son complicadas: pasas frío. Yo en mi habitación, si echo aire, sale vaho. Se lo digo al casero, pero es muy bueno haciéndose el loco”, protesta. Sobre las personas que viven de alquiler es frencuente la preocupación por la relación con los caseros. En el mejor de los casos, alguien con quien se puede hablar; en el peor, alguien el derecho a finalizar el alquiler, pero que no siempre cumple con el deber de solucionar los problemas que pueden derivarse del uso normal de la vivienda.

“Mi primer pensamiento sobre este tema fue 'soy una privilegiada': vivo más o menos céntrica y pago 410 euros, algo que no se encuentra ahora mismo. Pero me paro a pensar y se me inundó el piso hace dos años y sigo con las puertas y muebles hinchados. Simplemente me he acostumbrado a hacer como que no pasa nada”, relata Sofía, de 30 años, también residente en la capital gallega.

La dificultad de sentir una casa alquilada como propia

Sofía lleva cinco años en un piso que encontró durante la pandemia, pero se pregunta si ese espacio que comparte con sus dos gatas es realmente una casa: “¿Es una casa un sitio donde no puedes colgar cuadros en las paredes porque tu casero no te deja? ¿O un sitio donde el sofá se hunde y te gustaría invertir en otro, pero no lo haces porque te pueden echar en cualquier momento? ¿O uno donde no puedes vivir con tus mascotas? Pues igual no lo es, pero estamos ahogándonos tantísimo con la vivienda que al final nuestro concepto de lo que es una casa se ve superreducido. Esta situación inmobiliaria hace que yo deje de imaginar un futuro habitacional mejor y me tenga que conformar”, reflexiona indignada, y zanja: “Nos dedicamos a sobrevivir en el mercado inmobiliario poniendo parches con ayudas al alquiler que no arreglan nada”.

Sobre la insuficiencia de las medidas que llegan de los gobiernos coincide con ella la Xuntanza Pola Vivenda Compostela. En enero de 2026, el Gobierno central anunció algunas medidas para abordar la crisis de la vivienda. Entre ellas, que los propietarios que vayan a renovar un alquiler y no suban el precio en el nuevo contrato podrán ahorrarse el 100% del IRPF que paguen en la declaración de la renta por esos ingresos. Una propuesta que lo que hace es “premiar fiscalmente a los propietarios para que continúen acumulando rentas”, según el comunicado emitido en redes por la Xuntanza Pola Vivenda Compostela, que apunta: “Si algo aprendimos en estos años es que, sin organización popular en los barrios, sin presión social y sin defensa colectiva del derecho a la vivienda, los gobiernos seguirán protegiendo el rentismo. Nuestro horizonte es cuestionar que la vivienda sea tratada como mercancía”.

Santiago sigue pendiente de la tramitación de la zona tensionada que solicitó el Ayuntamiento -y que sí ha ido adelante en ciudades como A Coruña-. La Xunta rechazó la petición de la capital gallega, una negativa que el concejal de urbanismo santiagués, Iago Lestegás, atribuye a motivos políticos.

Comprar: “Hay tan poca oferta que la gente se convierte en buitres”

“Que no se te escape la vivienda que quieres convertir en tu nuevo hogar”, avisa un mensaje en la web de Dolmen Asesores, una de las más de 60 inmobiliarias que trabajan en Santiago. Pero para muchas personas, es fácil que la vivienda se escape. En diciembre de 2025, comprar una vivienda en la capital gallega costaba de media 2.105 euros el metro cuadrado, según datos de Idealista. Esto es, un 3,8% más caro que en el mismo mes del año anterior y un 1,8% más caro que en septiembre de ese mismo año. La zona más cara, a 2.983 euros el metro cuadrado, es la de Ensanche-Sar. Más de 1.400 euros de diferencia con la zona del Campus Norte y San Caetano, la más económica de la ciudad. En enero de 2026 había unas 530 viviendas a la venta en este famoso portal inmobiliario, que solo un mes antes fue denunciado por el sindicato UGT por publicar anuncios que no cumplen con la normativa de vivienda.

Compitiendo por alguna de ellas se encuentra Lucía, de 31 años. Hace un año que empezó a buscar piso sin éxito. Lo busca para poder vivir en él. Una afirmación que parece obvia pero no lo es: una de cada cuatro casas se compran para invertir, según el Estudio del Perfil Comprador 2025 en las Agencias Inmobiliarias.

Lucía se considera “un poco privilegiada” por solo poder plantearse la idea de comprar. “Primero hay que tener una situación mínimamente estable en cuanto a tu trabajo, tu movilidad, tu pareja o lo que sea. Buscar todas las condiciones de estabilidad a los 30 para poder comprar una casa es muy difícil”, reflexiona. E insiste en que comprar sola, sin nadie con quien compartir el gasto, es misión imposible. En España, solo un 16,8% de quienes compran una casa lo hacen en solitario; siendo las parejas el perfil mayoritario, con un 40%, según el citado estudio.

Al preguntarle sobre el proceso, Lucía resopla: “Yo empecé superilusionada, pero luego me desinflé. Hubo un momento de inflexión cuando vi uno que me gustó y empecé a poner esta idea en números… y es que me iba a quedar a cero”. Asegura que se sintió juzgada por el banco al ir a solicitar una hipoteca. Considera también agobiantes la burocracia y las prisas que rodean esta decisión. “En el momento que ves un piso y te interesa, empieza una sensación de cuenta atrás. Hay tan poca oferta que la gente se convierte en buitres. Pero es dejarme todo mi dinero e hipotecarme el resto de mi vida, no puedo tomar esta decisión en una tarde”, insiste. Más del 70% de quienes compraron una vivienda en 2025 lo hicieron solicitando una hipoteca, según el Colegio de Registradores de España.

Reconoce que actualmente ha frenado el proceso de búsqueda, aunque le siguen llegando alertas de portales inmobiliarios, muchas de ellas dirigidas a inversión. “Hoy me han llegado dos. Uno por 180.000 euros que pone: 'Piso embargado en Santiago ideal para inversores que buscan alta rentabilidad y margen inmediato'. Otro por 163.000 euros que dice: 'Otra ventaja a tener en cuenta es que se trata de un inmueble en planta baja, lo que hace considerablemente más sencillo y viable tramitar la licencia de VUT'. Es que ya no se esconden”, relata.

En 2017, el porcentaje de jóvenes entre 30 y 34 años con una vivienda en propiedad era del 28%, según el informe de INJUVE 'Jóvenes buscan piso: la distopía del acceso a la vivienda'. Una cifra similar a la que arroja el informe 'Los jóvenes y el mercado de la vivienda en 2025' de Fotocasa Research, que asegura que era de un 30% en 2025.

“Te vendían lo de 'estudia una carrera y con 30 años tendrás una familia, una casa, un marido y dos niños preciosos'; pero si quieres esto, no puedes, en la mayoría de los casos. Muchas veces la única razón por la que sigues viviendo con tu pareja es para compartir gastos”, resume Sofía. Pero ella no aspira a ese ideal de familia, sino a estar cerca de sus amigas y poder construir una comunidad: “Antes sentía que tenía por delante mucha capacidad de decisión, de construir algo diferente a lo que tuvieron mis padres. Pero la realidad se ve limitada por las condiciones materiales, porque no podemos decidir activamente dónde vivir”.

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