Cierra la mercería más antigua de España: “Ahora todo son 'guiris' y alquiler turístico”
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Encajada entre tiendas de souvenirs, pisos turísticos y franquicias que se suceden con rapidez, Ca Donya Àngela celebra en su fachada la fecha fundacional de su andadura: 1685. Desde entonces, once generaciones han trabajado tras sus mostradores. Con más de tres siglos a sus espaldas, es la mercería más antigua de Mallorca y presumiblemente también de España, como la han definido los estudios históricos y lo acredita la ingente documentación sobre su actividad. El local ha sobrevivido a transformaciones urbanas, cambios políticos e incluso a la Inquisición, que se ensañó con su primer propietario –de origen chueta, es decir, descendiente de los judíos sefardíes que se establecieron en la isla– y confiscó el negocio. Desde entonces lo ha regentado la misma familia. Hasta ahora: la jubilación de su actual propietario, Miquel Aguiló, ha puesto fin a 340 años de rutinas compartidas con los vecinos y a una manera de entender la ciudad prácticamente desaparecida.
“Aquí, en el centro de Palma, moverse ya no pinta nada. Todo son guiris y alquiler turístico. No compran cosas de mercería. La gente de Palma ya no llega hasta aquí y, si llega, es para pasear”, comenta Miquel, quien, junto a su hermana, Angèlica, atiende a elDiario.es entre miles de botones ordenados por tamaños, colores y épocas, fulares, medias y cajoneras repletas de hilos, último rastro tangible de una economía de proximidad que hoy resulta difícil de mantener. Detrás del gesto íntimo de un comerciante que se jubila hay factores estructurales que explican por qué cada vez cuesta más mantener el pequeño comercio tradicional en Palma: la desaparición del vecindario de toda la vida –ahora sustituido por turistas– y la irrupción de las grandes superficies y del comercio a gran escala han ido arrinconando la botica hasta dejarla sin el tejido humano que durante siglos la ha mantenido viva. Para Aguiló, el final de Ca Donya Àngela es también el retrato de una ciudad que ha dejado de serlo para sus habitantes.
En los alrededores, el entorno se ha vuelto volátil: los rótulos cambian, los usos se diluyen y el comercio deja de tener raíces, convirtiendo la calle Jaume II, en pleno casco histórico, en un corredor de consumo pasajero en el que ya casi nada está pensado para quien vive, sino para quien pasa. No solo eso. Miquel señala que las históricas fachadas de esta céntrica vía se han transformado en los últimos años en un reclamo para fotos. Lo delata una pequeña caja que aguarda tras el mostrador: es una hucha simbólica que reza “Foto 1 euro”. Y es que la mercería, como otros comercios tradicionales de la zona que antaño eran espacios de intercambio cotidiano, se ha convertido en un lugar para visitantes que no compran. “A nosotros no nos molesta que entre alguien, salude, te compre algo y te pregunte: ‘¿Puedo hacer una foto?’. Lo que molesta es que entren, no te miren a la cara, hagan dos fotos y se vayan sin decir ni hola ni adiós”, asevera Miquel. Pese a la presencia de la hucha, señala, “nadie ha echado ni un euro”.
A nosotros no nos molesta que entre alguien, salude, te compre algo y te pregunte: '¿Puedo hacer una foto?'. Lo que molesta es que entren, no te miren a la cara, hagan dos fotos y se vayan sin decir ni hola ni adiós', asevera el propietario. La mercería tiene una hucha simbólica que reza 'Foto 1 euro'. 'Nadie ha echado ni un euro nunca', lamenta el dueño
“Cada vez hay menos población local”
La desaparición del vecindario es una constante en su relato. “Muy poca, muy poca. Cada vez hay menos”, dice sobre la población local: “Está todo muy caro. Las fincas antiguas las compran, las reforman y las destinan al alquiler turístico. O alguien que tiene mucho dinero se hace una casa unifamiliar donde antes había tres o cuatro pisos”. Para el pequeño comercio, el resultado es demoledor: “Apenas quedamos comercios tradicionales. Todo se hace de cara al turismo”.
Aguiló sitúa otro punto de inflexión en la llegada de las grandes superficies. “Se empezó a notar cuando abrió El Corte Inglés de las Avenidas”, recuerda. La irrupción en 1995 de este gran almacén simbolizó modernidad, pero también alteró los hábitos de consumo: muchas compras que antes se repartían entre mercerías, zapaterías, ferreterías o tiendas de tejidos pasaron a concentrarse en un único espacio. Con el tiempo, esa lógica se intensificó con la llegada de nuevas cadenas y superficies como Carrefour, Alcampo y otros grandes centros comerciales de las afueras, que terminaron de consolidar un modelo basado en el volumen, el precio y la estandarización, engullendo a decenas de pequeños comercios especializados. “La facilidad de ir con el coche, aparcar gratis y encontrar de todo se nota mucho”, apunta Miquel.
El último propietario de la mercería más antigua de Mallorca recuerda que “antes la gente se lo hacía todo: los pantalones, las camisas, los jerséis... hasta que empezó a salir más barato comprarlo hecho que hacerlo”. No en vano, más atrás en el tiempo, el establecimiento enviaba las telas a su clientela y “tenía absolutamente de todo, incluso colonias y perfumes”, comenta Miquel, quien se gira un instante para dirigir su mirada a un antiguo anuncio publicado en prensa sobre los productos de la tienda: “Artículos de oro chapeado, abanicos, corbatas...”. El establecimiento fue reduciendo su oferta a medida que el consumo se industrializaba, dejando atrás aquel modelo casi total de 'tienda-mundo' que abastecía la vida cotidiana de un barrio entero. Más adelante, el comercio del centro comenzó a quedarse atrapado entre la falta de residentes y la pérdida de hábitos.
La historia de Ca Donya Àngela está atravesada también por uno de los episodios más oscuros de Mallorca: la Inquisición. Aguiló conserva documentación que sitúa el local en el centro de las persecuciones contra los judíos conversos: revela que un noble, Baltasar Contestí, vendió el local a un chueta, Rafel Martí 'Barbassa' y, al cabo de varios años, se lo quedó la Inquisición“, explica. ”Sabemos que el propietario tuvo que huir de Mallorca por los autos de fe de 1692“, señala.
La documentación que tenemos dice que un noble, Baltasar Contestí, vendió el local a un chueta –descendiente de judíos conversos– y, al cabo de varios años, se lo quedó la Inquisición. Sabemos que el propietario tuvo que huir de Mallorca por los autos de fe de 1692
La mercería, una antigua oficina de Derecho del Sello
Pero antes de la irrupción del Santo Oficio y de la fundación de la mercería, los documentos señalan que el local acogió una oficina del Derecho del Sello, un impuesto sobre los tejidos y otras mercancías instaurado en 1376 por Pedro IV de Aragón en un contexto de fuerte presión fiscal derivada de las guerras y de las necesidades de la Hacienda real, y ratificado posteriormente por Fernando el Católico en 1499 para reforzar su control y recaudación. El gravamen obligaba a marcar –sellar– los paños para certificar que habían pagado el tributo y su gestión se llevaba a cabo a través de oficinas específicas. Que el local de Ca Donya Àngela albergara la oficina del Derecho del Sello confirma su vinculación temprana al comercio textil y sitúa el edificio dentro de los circuitos económicos y administrativos que regulaban la producción y venta de telas en la Mallorca bajomedieval, mucho antes de convertirse en mercería.
Los antiguos nombres de la calle Jaume II hacían alusión, de hecho, a las actividades que centralizaba: además de denominarse calle del Segell por la presencia de la oficina, se llamó calle dels Bastaixos en alusión a los cargadores y transportistas que trabajaban en la zona, remitiendo a su papel como eje económico y administrativo de Palma, principalmente en relación con el comercio textil, el tránsito de mercancías y la fiscalidad. Asimismo, la vía formaba parte de uno de los calls de Palma, el entramado urbano donde residía la comunidad judía mallorquina, cuya labor mercantil fue clave en la economía de la ciudad hasta finales del siglo XV.
La ruptura llegó con la persecución inquisitorial y las conversiones forzosas de los judíos, que culminaron en los autos de fe de 1691 y 1692 y en la violenta disolución del mundo hebreo mallorquín, acompañado de la confiscación de sus bienes y propiedades. “La Inquisición se financiaba así: denunciabas a un vecino y te quedabas con su negocio”, resume, señalando una práctica que convirtió la delación en un mecanismo habitual para redistribuir –por la fuerza– la riqueza urbana en la Mallorca de la Edad Moderna. Tras aquel proceso, la mercería cambió de manos hasta volver, paradójicamente, a propietarios descendientes de los judíos conversos que durante siglos estuvieron marcados por el estigma social. 1685 fue el año en que, tras pagar 1.160 libras, el primer miembro de la saga familiar se hizo con las riendas de la tienda: Pere Joan Bernat Fortesa, apodado 'el botiguer'.
1685 fue el año en que, tras pagar 1.160 libras, el primer miembro de la saga familiar se hizo con las riendas de la tienda: Pere Fortessa, apodado 'el botiguer'
La apertura de la tienda coincidió con la incipiente diversificación económica que viviría la isla a lo largo del siglo XVIII, en la que el sector textil y las manufacturas domésticas jugaron un papel clave, desarrollándose una industria que combinaba las labores agrícolas con el hilado, el tejido y la confección de piezas de lana, lino y, más adelante, mezclas con algodón. A finales del siglo, Mallorca contaba con entre 650 y 870 telares y producía anualmente unas 9.000 mantas, destinadas casi en su totalidad a la exportación. Como apunta el catedrático de Historia e Instituciones Económicas Carles Manera en varias de sus investigaciones, la mayor de las Balears llevaba siglos especializada en la intermediación comercial entre la península, el norte de África y el arco Marsella–Sicilia, una vocación exterior que se había reforzado tras su incorporación definitiva a la Corona de Aragón en 1343 y que siguió marcando su estructura económica durante la Edad Moderna.
A diferencia de otras regiones peninsulares donde la industrialización se concentró en grandes núcleos urbanos, Mallorca desarrolló un modelo híbrido, similar al de algunas áreas de Flandes o el norte de Italia: una economía de proximidad, sostenida por pequeños comerciantes, mercaderes y talleres familiares, que permitía absorber mano de obra campesina, femenina y artesanal. En ese ecosistema, las mercerías no eran comercios marginales, sino piezas centrales del abastecimiento cotidiano, esenciales para una sociedad que aún confeccionaba, reparaba y reutilizaba la ropa como parte de su vida diaria.
“En nom de Deu nostre Señor y de la sua Divina gracia...”
Desde 1685, la historia de Ca Donya Àngela no se entiende sin la de la familia que la ha sostenido durante más de tres siglos. Miquel pertenece a la undécima generación que ha trabajado tras los mostradores, pero antes que él estuvieron su padre, su abuelo, su bisabuelo y una larga cadena de nombres que aparecen en documentos, fotografías y escrituras cuidadosamente conservados y que permiten reconstruir cómo el negocio fue cambiando de manos dentro del mismo círculo familiar. Varios están expuestos en la tienda, entre ellos la fotocopia de una aceptación de herencia de 1770, un documento que Miquel considera “clave” para conocer cómo varios hermanos heredaron la mercería de parte de su tío.
Miquel pertenece a la undécima generación que ha trabajado tras los mostradores, pero antes que él estuvieron su padre, su abuelo, su bisabuelo y una larga cadena de nombres que aparecen en documentos, fotografías y escrituras cuidadosamente conservados
“En nom de Deu nostre Señor y de la sua Divina gracia Amen. Sia cosa manifesta y not(ori)a que nosaltres Domingo, Guillem, y Rosa Tarongi germans, fills de Guillem, y de Francina Aguilo conyuges ya Diffunts, naturals y moradors de la present Ciutat de Palma [...] firmarem y convinquerem la divisio de la heretat, y bens immobles de Rafel Joseph Aguilo alias Variada fill de Honofre qm (difunt) nostron onclo juntament ab Maria Ignacia Aguilo, y Maria Anna Aguilo germanas, que fonch apreciada y convinguda nostre de nosaltre dits pars...” (“En nombre de Dios nuestro Señor y de su Divina gracia. Amén. Sea cosa manifiesta y notoria que nosotros Domingo, Guillem y Rosa Tarongi, hermanos, hijos de Guillem y de Francina Aguiló, cónyuges ya difuntos, naturales y moradores de la presente ciudad de Palma [...] firmamos y convinimos la división de la herencia y bienes inmuebles de Rafel Joseph Aguiló, alias Variada, hijo de Honofre, ya difunto, nuestro tío, juntamente con Maria Ignacia Aguiló y Maria Anna Aguiló, hermanas, la cual fue tasada y convenida por todos nosotros...”), reza parte del documento con el lenguaje típico de las escrituras y divisiones de herencia que se realizaban en la Mallorca del Antiguo Régimen. El escrito combina catalán jurídico mallorquín con fórmulas notariales en castellano, algo muy habitual en el siglo XVIII.
El futuro de Ca Donya Àngela
Las fotografías colgadas en la tienda completan el relato escrito. En una de ellas aparece el bisabuelo de Miquel y Angèlica junto a su abuela, su padre y su tío. En otra, su abuelo Nicolás, marido de Àngela Bonnin, la mujer que acabaría dando nombre popular a la mercería. Miquel confiesa que, hasta el cierre de la tienda, había clientes que recordaban a su progenitor: “Muchos de ellos me decían: 'Cada día te pareces más a tu padre'”. El propietario empezó a trabajar en la mercería siendo apenas un adolescente. “Hace 48 años”, precisa. Otros hermanos tomaron caminos distintos. A él le tocó continuar, casi como una decisión tomada en familia, con una condición clara: no reproducir la vida sin descanso de su padre, que “no tenía vacaciones ni días libres cuando había trabajo”. Durante décadas, la tienda funcionó con dependientas, con la ayuda de su mujer y con una clientela fiel que aún hoy lo recuerda por su nombre.
Ahora, con la persiana bajada, el futuro del local es incierto. “Somos seis hermanos y hay que decidirlo”, dice. Lo único claro es que él se jubila. Con ese gesto se interrumpe una cadena que ha sobrevivido a la Inquisición, a las desamortizaciones, a la industrialización, al turismo y a la desaparición del vecindario. No hay épica en su despedida, pero sí una certeza: Palma no solo pierde una mercería, sino un taller de habilidades y saberes cotidianos.
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