Sobre este blog

Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

Europa se hunde por el rechazo de la gente

El presidente francés, François Hollande. / Efe

Mientras se empaña un tanto el optimismo sobre la marcha de los mercados financieros –aunque no se atisban tormentas en el horizonte, al menos mientras la crisis de los países emergentes no vaya a más–, el panorama político europeo se ennegrece cada día que pasa, sobre todo en el flanco sur de la UE, España incluida. Y no tanto porque se prevean grandes convulsiones a corto plazo, aunque los posibles y probables triunfos del partido izquierdista Syriza griego y del ultraderechista Frente Nacional francés en las elecciones europeas serían importantes aldabonazos en esa dirección. Sino porque todos los gobiernos de ese conjunto de países son rechazados mayoritariamente por sus poblaciones y porque en todos ellos cobra cada vez más fuerza la hipótesis, o cuando menos la sensación, de que un día el entramado político e institucional puede saltar por los aires. En esas condiciones, y aunque los poderes europeos no quieran hablar de ello, la idea de una estabilidad política europea –en la que está basada, entre otras cosas, el euro– suena cada vez más irreal.

Este jueves, el editorial de Le Monde, un periódico no precisamente radical, decía estas cosas: “Francia atraviesa una inquietante crisis política y de sociedad. Los franceses se encuentran en un estado de depresión y de desconfianza. La impotencia de los partidos de gobierno para formular un diagnóstico sobre el mal francés y para convencer de su capacidad para remediarlo alimenta el escenario. El contrato en el que está basada la república se tambalea. ¿Estamos asistiendo al ascenso concomitante de la intolerancia y de un fundamentalismo del tipo Tea Party a la francesa, que prepararía para mañana el éxito electoral de una derecha extrema y populista?”.

François Hollande está con el agua al cuello. Sigue cayendo en los sondeos y aparece como un presidente encogido, temeroso de la calle, de la gente y de los poderosos. Salvadas todas las distancias, se parece cada vez más a Mariano Rajoy, con el que también coincide en que sus índices de impopularidad superan el 80 %. Hace dos semanas renunció a todas las veleidades programáticas de izquierdas, afirmó, como hacen los neoliberales, que la política de oferta ha de mandar en la gestión económica e hizo sustanciales concesiones a la patronal. Ahora acaba de anunciar que su proyecto de ley sobre la familia, moderadamente avanzado, se posterga sine die. Si antes cedió a la presión populista y tomó escandalosas medidas contra los inmigrantes, ahora ha bajado la cabeza ante la protesta de una derecha cristiana, autónoma pero cada vez más poderosa.

Y todo eso ocurre cuando Hollande y su partido, el socialista, disfrutan de un poder prácticamente omnímodo en las instituciones, superior incluso al que el PP ejerce en España. O esa fuerza ya no vale para nada –y estamos hablando de Francia, el país de la política, del Estado, de la Revolución– o la ineptitud de Hollande y de los suyos raya lo inconcebible. En ambos casos, y seguramente hay de lo uno y de otro, el drama es gravísimo y la amenaza de caos, absolutamente real.

La situación política italiana es muy distinta, pero su resultado no lo es tanto. Hablando con italianos de muy diversas condiciones sociales y actitudes ideológicas aparece nítidamente la sensación de que nadie cree que la política pueda resolver problema alguno, de que las cosas, en la economía y en la sociedad, van a empeorar, de que no hay esperanzas. Y el mensaje que se repite obsesivamente es el de que un día “todo va a saltar por los aires”. Lo que haga o deje de hacer el gobierno de gobierno de centro-izquierda de Enrico Letta le importa cada vez menos a la gente y hasta la opción “tremendista” de Beppe Grillo y su Movimiento 5 Estrellas está perdiendo brillo, aunque sus opciones electorales se mantienen. Porque se apoyan en el estado de ánimo anteriormente citado.

En Grecia la cosa seguramente está aún peor. Y el hecho de que Syriza sea el favorito no sólo en las próximas europeas sino también en las no muy lejanas elecciones generales es un claro exponente del hartazgo de la gente (aunque también la ultraderecha está subiendo como la espuma). Porque a quienes quieren llevar al gobierno a un partido de izquierdas que sabe va a chocar frontalmente con los designios de Bruselas y de Berlín les importa ya muy poco la ortodoxia europeísta –si es que algún día les importó algo– y el caos pueda producir ese choque no les inquieta más que el que ya llevan viviendo varios años.

Un dato más, aunque éste no proceda de la Europa del Sur. Geert Wilders, el líder de la ultraderecha xenófoba holandesa –que encabeza los sondeos en ese país– acaba de decir que si su partido gana las elecciones, Holanda abandonará la Unión Europea. Puede parecer una anécdota demagógica, pero la iniciativa se inscribe en una corriente mucho más amplia. La UDC, el partido populista, de ultraderecha “tranquila”, que gobierna Suiza, ha convocado para el 9 de febrero un referéndum para que el país instaure rígidos topes a la inmigración y renegocie el acuerdo de libre circulación de personas que firmó hace años con la UE. Y el rechazo a Europa y a los inmigrantes ocupa espacios muy importantes en el malestar que cunde en Francia y en Italia. Y seguramente también en España.

A estas situaciones se podrían añadir otras muchas. Entre ellas, las relativas a las derivas autoritarias, cuando no xenófobas, en las que están inmersos varios países del Este europeo. Cualquier analista serio habría de concluir, que ese panorama no garantiza, ni mucho menos, la estabilidad política europea y que el día menos pensado se pueden producir rupturas drásticas de la misma. Quién sabe si también en España.

La Europa –política y económica– que manda sigue actuando como si nada de eso existiera. Y lo seguirá haciendo hasta que la realidad no le estalle en la cara o hasta que de todo ese malestar surja una iniciativa política que le de sentido, futuro. Hoy por hoy no se atisba nada de eso. La izquierda socialdemócrata está, y desde hace tiempo, superada por los acontecimientos. La otra, o las otras, no expresa mensaje de calado alguno al respecto. Las únicas fuerzas políticas que se están beneficiando del desastre son la de la derecha y las del populismo. ¿Hasta cuándo?

Sobre este blog

Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

Etiquetas

Descubre nuestras apps

stats