Sobre este blog

Aprovechando la celebración del Mundial de Rusia lanzamos este blog para contar las historias más curiosas o desconocidas de los mundiales: política, literatura, algún test de conocimientos, economía y algo de fútbol.

Cuando el mundo paró por un EEUU-Irán en 1998

Los jugadores de EE.UU. e Irán posan juntos antes del partido

El torneo de 1998 enfrentó a dos selecciones que dieron más titulares a los medios generalistas que a los diarios deportivos. Un choque que rescató clichés y odios y que necesitó del fútbol para poner cordura.

“La gente lo intenta falsear pero no se puede separar el deporte de la política”, así recordaba Jalal Talebi el encuentro que dirigió en 1998 como técnico iraní. Cuando meses antes el sorteo emparejó a Irán y Estados Unidos el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, torció el gesto. Esa mueca fue el sentir global. Era mucho más que un partido y por eso se empezó a jugar desde ese mismo momento. 

 La crisis de los rehenes en 1979 marcó el fin de las relaciones diplomáticas entre ambos países. 444 días de cautiverio para los trabajadores de la embajada estadounidense en Teherán. Fue el punto cumbre de la Revolución iraní liderada por Jomeini. Uno de los pilares de los ayatolá era el fin de la injerencia americana en la política de la nueva República Islámica de Irán. 

La previa se olvidó del partido

Esa fue básicamente la previa del partido, recordar una y otra vez el contexto político y propagar odios. Un calentamiento que empezó en primavera. Khodadad Azizi, delantero estrella de Irán, fue el primero en olvidarse de la diplomacia: “EEUU nos impuso una guerra de ocho años con Irak (1980-88) que costó la vida de medio millón de iraníes. Hay muchas familias de mártires deseando que ganemos. Tenemos esa obligación, es el partido de nuestras vidas”.

El nivel de histeria era tal que Irán prohibió una visita del seleccionador estadounidense para conocer a su rival. Algo llamativo ya que a las pocas semanas fueron los asiáticos quienes quisieron emularles y enviaron a dos miembros del cuerpo técnico camuflados entre un grupo de profesionales de la lucha libre de Irán y fueron retenidos en la aduana. Poco a poco se fue acercando la fecha, los cámaras recibieron instrucciones de qué símbolos tenían que evitar mostrar en las gradas, varios grupos de aficionados iraníes amenazaron con invadir el campo y la entonces Secretaria de Estado de EEUU, Madeleine Albright, pidió un mayor control sobre sus rivales para que se pudiera disputar el partido sin complicaciones. Todo el mundo estaba pendiente del peor choque del Mundial de Francia. Incluso la televisión francesa que emitió una película acorde a un clima de alto riesgo: No sin mi hija, un film en el cual una mujer americana escapa de una estereotipada Irán por miedo a que su familia política convierta a su hija al islam. La emisión desató las iras de combinado nacional iraní.

Algo de cordura

En los días previos, los líderes iraníes se plantaron diciendo que su equipo no iba a ejercer de visitante (como indicaba el sorteo) teniendo que salir unos pasos por detrás de su rival y acercándose a saludar. Todo tenía relevancia política, un gesto u otro, un signo de respeto o incitar al enfrentamiento. Tanto que hasta Bill Clinton entró en escena con un mensaje emitido a nivel nacional en el que animaba a la selección y destacaba el valor del torneo para unir a dos poblaciones políticamente tan diversas. Fue entonces cuando los protagonistas del partido supieron acercarnos a la realidad: un partido con rivalidad pero una oportunidad para cerrar heridas no ensancharlas. Tab Ramos, centrocampista norteamericano, zanjó la polémica: “Esto es un partido. No nos tiene que preocupar nada más. Ni la crisis de los rehenes ni nada. Aquí no he escuchado a ningún compañero decir que tenemos que ganar con Clinton o nada similar”. El mensaje fue respaldado por Jalal Talebi, seleccionador iraní, quien huyó de su país en 1980 debido a las restricciones que el régimen que Jomeini impuso sobre las prácticas deportivas. Talebi se instaló en California con su mujer y sus dos hijas: “No soy un político, soy un hombre de deporte, pero te puedo asegurar que no hay problemas. Por favor no hagáis de esto algo grande, es sólo un partido”. Y llegó la hora de la verdad.

Meses de declaraciones contrariadas, de odio para generar una mayor repercusión de un partido intrascendente y de polémicas creadas para que al final los futbolistas dieran una lección de diplomacia. Cada jugador iraní saltó al campo con un ramo de rosas blancas para sus homólogos estadounidenses y ambas selecciones acordaron un posado común. Sin expresar sus opiniones, con jugadores en mayor o menor grado de aceptación pero con el fin común de lanzar un mensaje de concordia. El resultado del partido fue 1-2 para Irán pero esa parte de la historia es la de menos. Aquella imagen de los dos equipos hermanados silenció a quienes seguían buscando una guerra. Esa misma noche el líder supremo de Irán, Ali Jamenei, lo llevó a su terreno: “El enemigo es grande y arrogante y les hemos hecho probar de nuevo el amargo sabor de la derrota”. 

El mensaje de odio no llegó a imponerse tanto que no perturbó la buena relación que se creó entre las dos federaciones que pactaron un amistoso en California 18 meses después. Ese partido se jugó y terminó en empate a uno.

El resumen perfecto lo hizo Jeff Agoos, quien salió derrotado del campo en 1998, pero que todavía saca pecho: “Hicimos más en 90 minutos que los políticos en veinte años”.

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15 de junio de 2018 - 21:18 h

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