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La obsesión de Mussolini con un deporte que no le gustaba

Los Mundiales tardaron en ser el fenómeno de masas global que conocemos pero ‘Il Duce’ fue de los primeros en ver su potencial como propaganda política

Su influencia fue clave para explicar los triunfos italianos en 1934 y 1938 con presiones y estrategias al margen de la ley

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Franco acompañado de Mussolini.

Franco acompañado de Mussolini. Canarias Ahora

La Europa de entreguerras era un batalla constante por imponer ideales. Il Duce sabía bien cómo se gestionaban los medios y qué impacto tenían en aquellas sociedades. Cuando el camino de Benito Mussolini se separó de la democracia él ya tenía claro que la propaganda era vital para elevarle a su ansiado cargo dictatorial. Una vez lo alcanzó no cesó en su empeño de vender el ideal de raza y pensamiento único que según él debían regir. Y ahí fue cuando empezó a valorar el fútbol, aquel deporte al que no había prestado la más mínima de atención pero que atraía a seguidores y detractores. Aquel deporte que consideraba poco más que un juego hasta 1930 cuando el primer Mundial le hizo ver cual podía ser la magnitud real.

De rechazarlo en 1930 a acogerlo en 1934

El primer torneo fue en Uruguay, es decir, un mes de viaje en barco y un coste elevado. La federación italiana no podía asumir los costes y el Gobierno no tuvo ningún interés en que Italia participara. Poco después, Mussolini cambió de criterio. Solicitó formalmente que Italia albergase la edición de 1934 y, para ello, no dudó en amenazar a Suecia –cuya candidatura era la favorita- y mover hilos diplomáticos para asegurar que Italia 1934 sería una realidad.

Su plan para ganar que Italia fuera la gran vencedora de 1934 empezó en la final de 1930. Dos espías amenazaron de muerte a Luis Monti, estrella argentina, para dejarse perder y luego extendieron la noticia para convertirle en enemigo nacional. Todo para que aceptara mudarse a Italia y jugar con la selección transalpina. Como Monti, otros cuatro sudamericanos (otros tres argentinos y un brasileño) fueron reclutados, en palabras del seleccionador Vittorio Pozzo “si pueden morir por Italia, pueden jugar por Italia”. No se hable más.

Durante todo el torneo la tónica fue clara, ganar era obligatorio, los jugadores tenían que cumplir con su parte que Mussolini también jugaría un papel en la sombra. Los partidos de Italia empezaban con los locales saludando brazo en alto a Mussolini y por poco no lo hacían también los árbitros: en cuartos ante España el colegiado suizo Mercet ayudó tanto a la azzurra que al volver a su país fue expulsado del colegio de árbitros. Para semifinales ante el ‘ Wünderteam’ austríaco que maravillaba a Europa, Mussolini se aseguro de cenar la noche anterior con el colegiado quien tampoco tuvo su día más neutral ya que el gol italiano dio la sensación de ser en fuera de juego. Se cumplía la frase de Mussolini al presidente de la federación cuando la FIFA eligió a Italia como sede: “Italia debe ganar este Mundial, es una orden”. La demanda del dictador se cumplió. Italia venció, la ‘raza italiana’ tenía su festejo y tras levantar el trofeo comenzaron su propaganda desprendiéndose de varios de sus nacionalizados, incluso algunos acabaron exiliados.

El fútbol, la política y los pasos hacia la Segunda Guerra Mundial

A los pocos meses de conseguir el cetro mundial, la Italia fascista comenzó con su plan de emular al Imperio Romano con la guerra en Etiopía. Mientras, en la capital italiana comenzaba a hacerse palpable el crecimiento del fútbol como fenómeno de masas. La Roma aglutinaba a los aficionados de izquierda y la Lazio a los fascistas, así que para contentar a sus fieles Mussolini no dudó en llamar a filas a futbolistas romanistas, incluido Enrique Guaita, estrella de la liga y campeón del Mundo con Italia. Todo valía.

Aunque los clubes seguían creciendo, la selección nacional era el arma propagandística más importante. En 1938 con una Europa cargada de odio el Mundial que se celebraba en Francia tenía dos opciones: ser un punto de negociación y entendimiento o bien convertirse en el enfrentamiento político que tardaría poco en cambiar balones por fusiles. Antes de que hubiese dudas, Mussolini organizó un acto en el que todos los jugadores convocados acudieron uniformados como militares.

No tardaron en ser el enemigo del público francés. Sus saludos fascistas antes del partido y jugar los cuartos de final ante los locales con un uniforme negro como homenaje a las camisas negras mostraron claramente que los de Mussolini no iban con talante dialogante. Ni siquiera con el propio seleccionador italiano ya que en el descanso de la final, Il Duce le mandó un telegrama al técnico Pozzo: “Vencer o morir”. Y Pozzo se convirtió en el único seleccionador con dos campeonatos del mundo. Al final el fútbol italiano fue eso, cuestión de vida o muerte pese a que Mussolini no era un aficionado de este deporte.

Y esa gran generación no pudo seguir imponiéndose por el estallido de la Segunda Guerra Mundial ya que no se realizó ningún Mundial hasta 1950. El fútbol y la gestión que hizo Mussolini del mismo también aportaron su granito de arena para iniciar el conflicto armado. Italia no volvió a ganar un Mundial hasta 1982 en España.

Mientas tanto, en Rusia 2018

Dominio europeo en la fase previa

Acabada la fase previa son 10 las selecciones europeas que han pasado entre las 16 mejores. Islandia, Serbia, Alemania y Polonia han sido las únicas europeas eliminadas. Ni una sola de las cinco selecciones africanas ha logrado clasificarse mientras que sólo Japón por parte asiática estará en octavos. Uruguay, Argentina, Brasil, México y Colombia serán los representantes americanos en la siguiente ronda.

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