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REGIÓN DE MURCIA

Betty Friedan y los grandes tochos del feminismo blanco

El caso es que la autora, (¿felizmente?) casada con un señor y madre de tres hijes, contrató a una nanny para poderse ir a la Biblioteca Pública de Nueva York a escribir tranquila su libro. Quién era esa nanny, cómo se llamaba, dónde o cómo vivía, qué edad u origen tenía, no lo sabemos

Mujeres negras manifestándose

Mujeres negras manifestándose

Estaba revisando unas notas de cuando leí «Malditas, una estirpe transfeminista» de Itziar Ziga cuando me volví a encontrar con esto de «Yo no soy hija de Betty Friedan», y me picó la curiosidad: ¿qué decía Betty en una de las que es considerada (miles de comillas) una de las obras fundamentales del feminismo que pudiera cabrear tanto a Itziar hasta el punto de repudiarla como madre simbólica y despreciar su legado feminista? No tengo espacio en este artículo para desarrollar lo tremendamente mal que ha envejecido La mística de la feminidad (1963), para poder señalar y analizar como me gustaría la misoginia que sobrevuela estas páginas, la homofobia, la lesbofobia, la sexofobia, los sinsentidos, la eterna culpa que señala a las madres, mientras la ausencia o violenta presencia de los padres en los hogares no ocupan líneas ni responsabilidad alguna en el pensamiento de nuestra gran feminista Betty.

Lo que de interesante tiene el tocho de la Betty es cómo documenta pormenorizadamente aquello que se considera(ba) «esencialmente femenino», que la tan ansiada y prometida felicidad femenina que se suponía se alcanzaba con la casa perfecta, el maridito y les hijes, no eran sino cepos patriarcal y estratégicamente bien plantados. Ni el mismo Sigmund Fraude pudo dilucidar en treinta años de devanarse los sesos («Sigo sin comprender qué quieren las mujeres», ánimo con eso Sigmund), que el malestar que no tiene nombre esta(ba) en la estafa de asumir la mística del capitalismo (palabra que por cierto no aparece ni una sola vez en el análisis de Betty), el matrimonio de obligado régimen heterosexual y la maternidad concentracionaria. Cuando Betty concluye al final: «No podía definir la liberación para las mujeres en términos que negaran (…) nuestra necesidad de amar a un hombre, e incluso a veces de depender de él.(…) El poder político no significa que dejes de necesitar amar y ser amada por un hombre, o que te dejen de importar tus critaturas», tengo claro que no estamos ante un texto revolucionario sino algo meramente reformista.

Intentando no caer en el revisionismo histórico, y sabiendo que yo leo esta obra hoy con los ojos mucho más llenos de conocimiento y sin la mugre psicoanalítica que trajo Sigmund Fraude con sus teorías farfulleras que ensuciaron el pensamiento feminista blanco, una no puede más que maravillarse ante las conclusiones a las que llega esta autora. El prólogo de Amelia Valcárcel, efectivamente, no hace presagiar nada bueno. Nos sirve, eso sí, como las ideas defendidas actualmente por la propia Amelia, para darnos cuenta de que hay cierto pensamiento feminista que ha quedado trasnochado; un feminismo cuyo marco teórico tiene, afortunadamente y a la luz de nuevas pensadoras y sus puentes neuronales para conectar lo transversal de las opresiones, obsolescencia programada. El feminismo, ese que se nombra a sí mismo en singular, se empeña (craso error) en hacer del género la única violencia, y es el responsable, desde mi punto de vista, de la errónea y terrible conclusión política de que el feminismo es cosa de mujeres. ¡Qué tremenda confusión sigue trayendo este planteamiento!

'La liberación de la mujer es un complot de las lesbianas', reza la pancarta

'La liberación de la mujer es un complot de las lesbianas', reza la pancarta

Pero volvamos a Betty Friedan y a su feminismo en singular, ese feminismo que parece que ella piensa sola, como cabe interpretar de sus palabras dichas en la Introducción a la edición del décimo aniversario, Nueva York (1973): Da miedo cuando abres un nuevo camino que nadie ha pisado antes que tú. ¡Cuánta arrogancia blanca incluida en una sola frase! Efectivamente, Sojourner Truth ya pronunciaba su épico Acaso no soy yo una mujer en 1851 (suerte que la consideras merecedora de una raquítica mención en tu obra, Betty), Berenice Abbott, fotógrafa lesbiana neoyorquina (nacida 23 años antes que tú, Betty) ya hablaba de tu descubrimiento del hilo negro: «cuidar a la familia es olvidarse de una misma», la Marcha sobre Washington (¡a la que incluso tú misma acudiste!) por los derechos civiles se producía el mismo año que salía publicado tu libro, Betty, los movimientos de los disidentes sexuales, que explotaron finalmente en la revuelta de Stonewall en 1969, ya llevaban desde los años 50 articulándose; así que no, ni abriste un nuevo camino, ni pisabas ningún suelo que no tuviera antes muchas huellas ya bien marcadas. Y es que a la blanquitud nos cuesta pensar en la raza porque somos un poco hijas de Sartre, en eso de que las razas son los otros. Por eso, Betty, te pareció «irrelevante» plantear «el movimiento de mujeres en términos de clase ni de raza.»

Así pues, ¿desde dónde, para quién y de quiénes habla la Mística en sus casi 500 páginas? El feminismo en singular es, y sigue siendo así en nuestros días, un feminismo hegemónico, privilegiado, cisheterosexual, que vive en los barrios residenciales blancos de la clase media acomodada de cualquier país occidental. Dicho de otro modo, el feminismo de las Bettys.  

Sojourner Truth

Sojourner Truth

El caso es que la autora, (¿felizmente?) casada con un señor y madre de tres hijes, contrató a una nanny para poderse ir a la Biblioteca Pública de Nueva York a escribir tranquila su libro. Quién era esa nanny, cómo se llamaba, dónde o cómo vivía, qué edad u origen tenía, no lo sabemos. Y no lo sabemos porque no aparece en los agradecimientos (en los que la autora bien se ha esmerado con el chorro de nombres en no dejar a nadie fuera). ¿No sabías que sin la nanny no habrías escrito ni una sola línea, Betty? Los feminismos comunitarios, las feministas que ponemos el foco en visibilizar y fortalecer las redes de apoyo y cuidado mutuos, las que traducimos interseccionalidad por fuerza, las que no nos olvidamos de la todavía perversa feminización de la pobreza ni de la denostada (co)maternidad estaríamos una semana dándote capones por este despiste, Betty. No es de recibo que escribas un tocho sobre las angustias y depresiones que supuso el trabajo minusvalorado e invisibilizado de las amas de casa, poniendo de manifiesto el ninguneamiento y el lavado de tarro que soportan los cuidados, y te dejes fuera del análisis a tu nanny.

Estableciendo una analogía con el manido, cansino y aburrido masculino genérico, el feminismo en singular, ese feminismo blanco, colonial, supremacista, racista y privilegiado que sólo recoge el pensamiento occidental, actúa como el masculino genérico en el lenguaje: pretende universalizar a partir de algo bien concreto y delimitado y tiene la pretensión y la fantasía de representar algo que en realidad sólo atañe o interpela a una parte, que, además, en términos numéricos y de peso o valor político, únicamente alude a una minoría. Una minoría, eso sí, con mucho poder y altavoz. Como dice la pensadora activista feminista negra bell hooks encarnaste, Betty, un feminismo que permitió al patriarcado supremacista blanco aumentar su poder. Qué paradójico que mientras las Amelias te leen feminista primordial que marcó un antes y un después, yo sólo veo, como veo en el feminismo del poder actual que lideran las biovaginas de los partidos (da igual el color de la ficha en el tablero de parchís), la prótesis sustitutiva que impide el cambio verdaderamente transformador; yo sólo veo más equivocación feminista y palos en la rueda.

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