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OPINIÓN | En un país ordinario, por Antón Losada

Aeropuerto Internacional de la Hipoteca Perpetua

El aviador e inventor Juan de la Cierva

Juan de la Cierva Codorniú fue un hombre de ciencia; una persona de esas que emplea su vida y su cerebro en observar, reflexionar y crear cosas nuevas que hagan avanzar a la sociedad. Lo fue a pesar de nacer en una familia conservadora, una de esas familias que, si por ellas fuera, nada avanzaría ni un pelo: conservadora de la tradición y de los valores, sus valores. Además, Juan de la Cierva era nieto de otro conservador, pero uno de verdad: Ricardo Codorniú, conservador de montes, apóstol de árboles. Quien se tome la molestia de leer un poco sobre Juan de la Cierva, no podrá negar que sus contribuciones al mundo de la ingeniería aeronáutica son sobresalientes y destacadas; que son reconocidas internacionalmente, y que sólo su prematura muerte nos privó de nuevas creaciones, de nuevos avances. Y quizá, muy probablemente, también nos privó de verlo posicionarse en contra de quienes dieron un golpe de Estado, metieron a España en una guerra y la sometieron después a la represión, el hambre y la oscuridad.

Está escrito que en 1936, Juan de la Cierva, lejos ya de España desde hace tiempo y tal vez sin saber muy bien dónde se metía, facilitó el avión que transportó a Franco a Marruecos en un estadio inicial del golpe. Pero, conociendo su trayectoria, ¿quién puede dudar de que se hubiera desmarcado después del franquismo? Lo sé, aquí me meto en el terreno de la ficción y la fantasía, pero frente a un Gobierno como el de la II República, democrático (y por tanto, falible), internacionalista, impulsor de la educación, del progreso y de la creación cultural y científica, ¿cómo iba Juan de la Cierva a apostar después por un Estado dictatorial nacionalcatólico, cerrado en sí mismo, apartado y marginado del mundo, que torturó y mandó al exilio a lo mejor del talento y de la cultura patria? Él, que llevaba tiempo recorriendo el mundo entero con su autogiro y que ya había trazado alianzas comerciales internacionales para difundirlo y para mejorarlo sin parar... Con sus legítimas ideas conservadoras y con sus diferencias de opinión respecto a algunos postulados de la izquierda, ¿cómo iba a apoyar algo así?

Juan de la Cierva no habría sido el primero ni tampoco el último que, llegados a 1939 y viendo el panorama desolador que presentaba España, se lanzase con rapidez a recoger cable. Sí, se habría opuesto a lo que vino después, estoy convencido. Y entonces, algunos de los que ahora agitan su bandera con pasión por el hecho de que el Ministerio no permita bautizar al Aeropuerto de Corvera con su nombre, y aprovechan la decisión para cuestionar algo tan necesario como una Ley de Memoria Histórica, quizá se mostrarían más comedidos. Es triste pensar así, pero es más triste que hayamos construido un país y una sociedad donde ese pensamiento encuentre tantos hechos donde justificarse.

Existen, existimos, personas que no entendemos ni compartimos el dictamen del Ministerio, pero que, a renglón seguido, tratamos de poner las cosas en su contexto. Personas que estamos ya cansadas del trazo grueso, del lema para corear. Cansadas de esta coreografía. Personas que defendemos la necesidad y la oportunidad de una Ley de Memoria Histórica para construir un país más democrático, y que no la cuestionamos aunque a veces su aplicación, sujeta en algunos casos a debate e interpretación, no nos guste. Y personas a las que nos gusta menos aún el que no se aplique, deliberadamente, en un intento de blanquear (más todavía) a la dictadura.

Y digo más: si me hubieran preguntado a mí, no habría propuesto el nombre de Juan de la Cierva para bautizar a una infraestructura innecesaria, cara, caprichosa, que pagaremos durante muchos años con el dinero de nuestros bolsillos. No. Yo habría propuesto ‘Aeropuerto Internacional de la Hipoteca Perpetua’ o, lo que es lo mismo, ‘Aeropuerto Internacional Ramón Luis Valcárcel’. De perdidos, al río.

Volviendo con Juan de la Cierva, hace muchos años hablé con una pareja de ingenieros de Bélgica que habían venido a Murcia para rastrear los orígenes de uno de los mitos de su ámbito profesional. Me preguntaron, como guía turístico, que si había un museo dedicado a Juan de la Cierva en nuestra ciudad; que si no existía una institución cultural o científica que difundiese el legado y la figura de este ingeniero. Les tuve que decir que no, para, a renglón seguido, señalar que hay una vitrina en el Museo de la Ciudad con algunos elementos que lo recuerdan y que tiene un monumento público en su honor junto al río, frente a los Juzgados; les dije que, aunque está enterrado en Madrid, se le conoce y reconoce en su tierra. Y que hay unos premios nacionales de investigación que llevan su nombre. No les dije que, sin ser lo que ellos esperaban, bastante se le recuerda en Murcia; que otros personajes ilustres no han tenido tanta suerte como Juan de la Cierva, y mucho menos si son mujeres.

No les dije, por ejemplo, que el murciano más universal, Abenarabi, no tiene monumento, sólo una avenida a su nombre, y que si le preguntamos a la gente, la mayoría no sabrá que es murciano; no les dije que el Rey Lobo tiene una callecita secundaria a su nombre en un barrio periférico, igual que Carmen Conde, con una calle pequeña en el Infante. Que Isaac Peral, otra gloria histórica de la Región (víctima en su tiempo del carácter obtuso y cainita de algunos de nuestros compatriotas), tenía una gran avenida a su nombre en Murcia, pero que se la quitaron para dársela a Juan de Borbón, otro colaboracionista del golpe de Franco (y otro que después recogió cable, cuando se supo traicionado). No les dije a los ingenieros belgas que unas cuantas personas de la realeza española o de la Iglesia universal, como la Infanta Cristina o Juan Pablo II, que ni son de Murcia ni han hecho nada nunca por nuestra tierra, gozan de homenaje destacado en nuestro callejero. Somos así. Y somos tan desgraciados, que para una vez que queremos darle nombre a algo para homenajear a uno de los nuestros, nos lo deniegan (erróneamente, en mi opinión).

Nacido donde nació, Juan de la Cierva decidió no acomodarse en el mullido colchón de la política. Por el contrario, se afilió a aquello del ‘mérito y capacidad’. Y no de boquilla sino de manera militante. Lo que no sabemos es si hubiera podido alcanzar las mismas cotas de excelencia en el caso de haber nacido en una familia pobre. Ahí es donde lo del mérito y capacidad se nos desmonta, cuando no se construye sobre los cimientos de la igualdad de oportunidades. Eso es lo que algunos no entienden: que nuestra sociedad no puede permitirse el lujo de prescindir del talento de una persona por su sexo o su origen, y que fomentar la igualdad de oportunidades y la inclusión social es una cuestión de justicia social.

Así que, como conclusión, digo que sí, que yo estoy por homenajear a las personalidades ilustres de nuestra historia, pero por un lado, revisemos a quiénes hemos homenajeado y a quiénes no, y pensemos si está justificado el homenaje a algunos personajes y el no homenaje a otros; y por otro lado, exijamos que nuestros gobernantes creen las condiciones que faciliten la aparición de nuevas figuras, de nuevas mentes brillantes que hagan avanzar nuestra sociedad. Figuras que, nacidas en cualquier contexto socioeconómico y cultural, puedan aportar su talento a la Región de Murcia y al mundo entero; figuras a las que homenajear el día de mañana. Podemos seguir protestando contra el dictamen del Ministerio en referencia al nombre del aeropuerto, o contra el independentismo catalán, o contra el caudal ecológico del Tajo o contra los indultos, pero con los niveles actuales de pobreza, de exclusión social y de analfabetismo que presenta la Región de Murcia, no será posible que avancemos ni un milímetro.

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6 de junio de 2021 - 06:00 h

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