Cuatro décadas de drag en la escena murciana: un vehículo para la reivindicación, el humor o la tristeza

Los transformistas MalvaDisco (i.) y Antolinos (der.)

En vísperas de una noche de music hall de la década de los 80, el transformista Tony 'Antolinos' se prepara para su actuación. Con su tacón y su bata de cola se termina de perfilar los labios, entrecerrando los ojos para lograr distinguir el contorno a través de su miopía. Enemigo acérrimo de las pelucas, se ajusta los postizos y las flores de la cabeza y sale a escena. “Tomé buena nota de la pulcritud de las folclóricas. No se presentan en un escenario si no van con un buen peinado y una cabeza bien arreglada con adornos. Todo por respeto al público”, explica. Aun no lo sabe, pero tendría que nacer otra drag para que, treinta años después, volviera a las tablas. Sería sin su tacón ni sus postizos, en el centro cultural La Cítrica, de la mano de le artivista MalvaDisco. A este drag posmoderne le pilló el mundo del transformismo con 37 años, tras interiorizar que la feminidad “no te hace de menos, aunque vivamos en una sociedad que te quiera hacer pensar todo lo contrario”. Ahora, compagina ser DJ, miembro de la Asamblea del Orgullo Crítico y drag queen con su trabajo como traductore. “Me planteé que el transformismo no podía convertirse en otro trabajo. Hago muchas cosas sin cobrar, por amor al arte, en espacios que creo que se lo merecen”, explica. “Cobrar te crea una obligación. Cuando me pongo unos tacones o me pinto unos morros lo hago porque me da la real gana, para divertirme yo”, añade Antolinos.

MalvaDisco orquestó el regreso a los escenarios de Tony “sin maquillajes ni nada de nada”: “Cuando me llama para actuar me pilla enfermo y en diálisis, las fuerzas no son las mismas”, lamenta Antolinos. “Como el mero hecho de que viniera nos parecía interesantísimo lo que hicimos fue una entrevista, sentados en el sofá”, interviene le artiviste, que recuerda ese momento como “muy interesante y emotivo”.

De La Jurado al drag cosa

“En los bares gays de Murcia antes se repartían los papeles: uno hacía de Lola Flores, otro de la Jurado, otro de Mina… Eran números inconexos”, evoca Antolinos. El transformista trabajó para el music hall de Sitges L'Angelo 4 a su paso por la Región como regidor, relaciones públicas y director, que le enseñó a él y a sus compañeros del mundo de la noche a guiar al público por el espectáculo. “Las drags de ahora son más imaginativas, antes cogías a una Pantoja o una Sara Montiel y te la clavabas. A ver quien hacía mejor el pómulo, un desplante o una expresión corporal”, explica gesticulando. Tony, por su parte, asegura que se interpretaba a sí mismo: “No soy egocéntrico, soy muy normalito, pero me quiero mucho”.

De la imitación de las folclóricas pasamos al transformismo de nuestros días, con drag queens con barba -que, como explica MalvaDisco, las señoras podemos llevar pelos donde nos dé la gana-, drag kings que performan todo tipo de masculinidades, y formas de drag más conceptuales: “En una edición uno de los compañeros, que es drag cosa, hizo un baile con una música de Silvia Pérez Cruz, que se llama Loca. En el número habla de que su madre se está muriendo de cáncer y termina tirado por el suelo y con la camisa ensangrentada”, ilustra le artiviste.

Ambos transformistas subrayan que el drag no es solo un vehículo para el humor, también es una ventana para la tristeza, el enfado o la reivindicación: “Cuando te sientas frente a una escena vas a que te transmitan emociones y sentimientos. Estamos acostumbrados a que sean de asombro o cómicos, pero un buen espectáculo tiene un abanico mayor. Hace falta contraste, para que una emoción y otra se potencie”, describe MalvaDisco.

Jugar con el monstruo

“A la gente no le importa jugar, reírse y compartir momentos desenfadados en el cabaret travesti contigo como monstruo, pero no quiere que cambie la sociedad. Ahora estamos en plena revolución trans y se está recrudeciendo lo facha”, reflexiona MalvaDisco, que denuncia que discursos contra el colectivo LGTBIQ+ que ya se daban por resueltos: “No se replantean que otras formas de relacionarse con el propio cuerpo o con otros, no pone en peligro lo que ellos ya tienen. Si quieren formar una familia tradicional nada se lo va a impedir. Pero al lado van a tener, por ejemplo, una familia que sea una pareja trans, o dos padres y una madre”, aclara el artivista.

La reina, la caja

La masa más grande de oferta de transformismo está en Benidorm. Allí están zonas de espectáculo como el Burlesque o el Molino de Benidorm: “En esos locales prima el chiste fácil y las bromas sobre el mariquita, que están muy raídas pero cada noche se repiten. Esto es porque el público es distinto, son personas mayores y tienes que sacarle partido a lo que ya te funciona”, apunta Tony.

Hay otros lugares que son de lucha, “de cuestionamiento de lo peor de este sistema” como define MalvaDisco. “Allí he visto transformismo experimental: gente manchándose el cuerpo con líquido, utilizando el desnudo de forma muy llamativa. No son espacios de cobrar, el transformismo que se hace ahí es más visceral”. “Luego viene la sociedad de consumo, te lo coge y te hace un The Hole, que lleva 12 o 15 años dando vueltas por toda España”, interviene Antolinos.

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