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Hamelín

Empieza el curso escolar con menos niños que el año pasado. Es una noticia pésima, porque no se trata solo de plazas de maestros y de mantenimiento de centros.

Escuela Mar Bella (Foto: Edu Bayer)

Decía Vonnegut que los niños son la promesa de Dios de que el mundo va a continuar. Es cierto que Vonnegut no tomaba café con el Espíritu Santo con frecuencia, como hace el Papa de Roma, y por tanto puede dudarse de que la información le llegara de primera mano. Pero había estado en el infierno, y el diablo suele estar bien informado de los designios divinos.

Sí, los niños son una promesa de futuro. Así que es mala cosa que en Cantabria empiece el año lectivo con menos discentes en escuelas e institutos. Las cifras que indica el artículo (86.763 alumnos, 3.670 menos que el año pasado) señalan un descenso notable: la intensidad de la promesa de Dios se encoge a ojos vistas.

Esta noticia y muchas otras que la preceden relacionadas con la demografía indican cosas que venimos sospechando de hace tiempo. Como que los negocios prometedores en Cantabria (y en todo el Cantábrico, muy probablemente) están relacionados con la atención a los ancianos más que con cualquier otra cosa.

Pero los niños no son únicamente una promesa de futuro. Los niños tienen una utilidad presente: son los destinatarios naturales de buena parte de nuestros afectos. Hay mucha gente que en su día nos dio caricias, ánimo y conocimientos, y que ahora descansa bajo tierra. Somos depositarios de un capital inmenso de afecto que no podemos devolver a quienes nos lo dieron. A ellos les ocurrió lo mismo: recibieron un caudal que no pudieron reintegrar, al menos en su mayor parte, y que vertieron sobre nosotros.

Envejecer tiene problemas perfectamente identificados y conocidos, pero también hay placeres propios. Entre ellos destaca descubrir la sonrisa, el afecto, que nos dedican hombres y mujeres hechos y derechos, que recuerdan que alguna vez, hace mucho, nosotros les dimos algo de la confianza, la alegría y el entusiasmo de que ahora disfrutan.

Que individuos concretos no tengan hijos no es ningún problema: de antiguo viene el dicho de que «A quien Dios no va hijos, el diablo da sobrinos», que en sentido amplio quiere decir que hay niños con quienes pagar nuestra deuda de afecto, sin necesidad de que medie parentesco. Incluso a quienes tienen hijos les queda afecto suficiente para repartirlo más allá.

Que una sociedad vaya perdiendo niños, por el contrario, es un problema serio. Porque los pocos que queden no pueden cargar con todo nuestro capital: las caricias se convertirían en algo agobiante, no estimulante. Y entonces buscaríamos otros contenedores para nuestros afectos: los animales totémicos, las banderas, las religiones… Cosas todas ellas que cuando reciben exceso de presión empiezan a largar a todo trapo tronantes discursos de guerra. Justamente lo opuesto de una promesa de que el mundo va a durar.

Necesitamos muchos niños que reciban nuestro afecto y paguen después su deuda dándoselo a otros niños, cuando seamos nosotros los disueltos bajo la tierra. Porque nuestra alegría es saber que aquello que nos dio felicidad seguirá vivo, haciendo felices a otros.

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