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De milagro

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'El espíritu de la colmena'.

'El espíritu de la colmena'.

Un día, tendría yo unos cinco años, salimos a la calle y cerramos sin querer la puerta de la casa con las llaves por dentro. Vivíamos en un primero así que saltamos al patio desde el piso de una vecina. Nuestro baño tenía una de esas ventanas de cristal sujeto con masilla a un marco metálico. En la parte de abajo el cristal era fijo y en la parte superior había una pequeña ventana oscilante, que estaba abierta. Mi madre me metió por esa ventana y me descolgó cabeza abajo mientras me sujetaba por las piernas. En un momento dado me soltó y caí, no recuerdo bien cómo, sobre la bañera. Después, sin lesiones aparentes, corrí orgulloso a abrir la puerta.

Otro día, siendo muy pequeño también, entré solo en la cocina y, al pasar junto a la olla express, giré la llave del gas poniendo el fuego a su máxima potencia. Era una cocina estrecha y alargada, con la ventana en uno de sus extremos. Hasta la ventana fui y me asomé por ella a imaginar que había una montaña rusa dentro del patio (era algo con lo que fantaseaba algunas veces) y que, subido en uno de los vagones de esa atracción soñada, pasaba por delante de las ventanas de los vecinos del sexto y del tercero a una velocidad vertiginosa. La olla explotó y llenó la cocina de vapor, de caldo hirviendo y de fideos. Había fideos por las paredes, por el techo, en los armarios, por el suelo. Mi madre, como si aquello fuera 'Apocalipsis Now', apareció entre el humo gritando mi nombre. Su voz llegaba, como si yo estuviera dentro del agua, a mis oídos aturdidos.

Con un amigo jugaba, con siete años, en las vías del tren del puerto. Pasábamos todos los días por allí al ir y al volver del colegio. Solos, por supuesto. Poníamos monedas en las vías para ver cómo el peso del ferrocarril borraba los rostros y las letras impresas convirtiendo las monedas en un trozo de metal aplastado.  A veces colocábamos también palos en los raíles y nos escondíamos para ver si el tren descarrilaba.

No creo los padres de los años setenta y ochenta del siglo pasado quisieran menos a sus hijos que los padres de los años diez del presente siglo. Tampoco creo que el mundo de hoy sea más peligroso que el de entonces. Sí creo que nuestros padres vivían con menos miedo, con menos necesidad de controlarlo todo, hasta lo que es incontrolable. Desconozco si la sobreprotección de los niños de hoy se traduce en una tasa de mortalidad infantil menor, es posible. Es posible también que lo niños de ayer estemos hoy vivos y enteros de milagro. Pero es seguro que si los niños de hoy llegan vivos y enteros a la edad adulta no será por los esfuerzos protectores y ansiosos de sus padres sino de milagro también.

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