La Francia del interregno
En 2019, el politólogo y geógrafo electoral Jérôme Fourquet publicó El archipiélago francés. En este ensayo, el autor describía Francia, históricamente caracterizada por su República unitaria y su homogeneidad, como una nación fragmentada en múltiples islas sociales, culturales y territoriales que coexisten sin llegar a encontrarse. Las elecciones municipales de 2026 son una foto casi perfecta de aquel diagnóstico. No ha habido una sola Francia votando, sino muchas distintas.
De hecho, si uno lee las piezas periodísticas de estos días, los comicios locales dejan un auténtico mosaico sin un hilo conductor común. No hay una única imagen que simbolice con precisión el sentido de la noche electoral. La contundente victoria de Emmanuel Grégoire, nuevo alcalde de París, y su paseo en bicicleta abrirán periódicos internacionales y se compartirán en redes sociales, pero no captan el secreto de la Francia del interregno.
Tras estos comicios, ha ocurrido algo insólito: todo el mundo se declara ganador. Desde las izquierdas irreconciliables, que también se presentan juntas, hasta la extrema derecha, pasando por el macronismo en vías de desaparición. Más allá de que la abstención fue histórica, sobrepasando el 42%, cada bloque político ha reivindicado su propia victoria. Alguien debe mentir, porque en un juego competitivo no todos pueden ganar. Pero esa ficción compartida nos dice algo relevante del momento político. Francia parece incapaz de producir una autocomprensión clara de sí misma.
Todo el mundo espera que Francia viva en 2027 un momento de clarificación en las elecciones presidenciales. Pero hoy avanza a través de un doloroso y oscuro interregno. En las elecciones municipales, se ha hablado poco de la importante crisis de vivienda que atraviesa el país, el asfixiante coste de la vida o el bloqueo político que deja la Macronie.
Mientras tanto, los partidos tradicionales, como Los Republicanos y el Partido Socialista, que durante años parecían condenados a la irrelevancia, han demostrado una notable capacidad de resistencia. No tanto como maquinarias partidistas nacionales, sino como actores capaces de recomponerse, de tejer nuevas alianzas y de adaptarse para sobrevivir al nuevo contexto nacional. El Partido Socialista, junto a los ecologistas y los comunistas, gobiernan no solo París y Marsella, sino también Lyon – aquí con La Francia Insumisa. Los Republicanos gobernarán sobre entre diez y quince millones de franceses tras estas elecciones locales.
Frente a ellos, los llamados “nuevos” actores del sistema político francés –Agrupación Nacional de Marine Le Pen y La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon– continúan avanzando. Su progresión es real, comparándola con las elecciones anteriores. Agrupación Nacional ha consolidado su poder territorial en el sur y sigue su avance silencioso en los pueblos y las ciudades medianas de la Francia periférica, sumando más de tres mil concejales en 84 departamentos. La Francia Insumisa ha conquistado alcaldías simbólicas como la de Saint-Denis y cuenta con mil concejales, pero se ha quedado fuera de las grandes victorias simbólicas del campo progresista. La presencia de ambas fuerzas crece de manera indiscutible, pero lejos de una nueva hegemonía.
Este doble movimiento de resistencia de lo antiguo y de avance insuficiente de lo nuevo en el contexto de “archipelización” es el rasgo central del momento político francés. Y explica, en parte, por qué todos pueden declararse ganadores: porque todos ganan solo desde su perspectiva unilateral.
Las elecciones municipales de 2026 no han funcionado como un laboratorio de las presidenciales de 2027. No han ofrecido una prefiguración clara. No han permitido identificar un bloque dominante, ni siquiera una fuerza tractora en una izquierda en guerra civil. Más bien han reforzado la idea de una Francia sin centro de gravedad político.
Las grandes ciudades –París, Marsella, Lyon– constituyen, en este sentido, un primer nivel de lectura. En ellas, la extrema derecha ha irrumpido con fuerza, pero no ha conseguido sus objetivos. Pero esa resistencia no se ha articulado en la izquierda de una manera coherente y anticipatoria, sino a través de coaliciones variables y a menudo contradictorias.
En París, la victoria se construye sobre una alianza extensa en la que, significativamente, no participa La Francia Insumisa. En Marsella, la retirada del candidato insumiso fue una condición necesaria para evitar la división y asegurar el resultado. En Lyon, el triunfo solo ha sido posible gracias a una coalición de toda la izquierda, liderada por el alcalde ecologista, cuya legitimidad, sin embargo, se ve ya cuestionada por el recurso presentado por el derechista Jean-Michel Aulas.
El mínimo común denominador es que la izquierda francesa está fracturada en, al menos, dos, que parecen irreconciliables: los unionistas, que incluyen a la actual dirección del Partido Socialista de Olivier Faure y los de Mélenchon. Esas dos izquierdas no siempre dialogan y los pactos de última hora no ofrecen resultados concluyentes. Una izquierda de gobierno, pragmática, capaz de construir alianzas amplias en el ámbito local; y otra izquierda más confrontativa, de vocación marcadamente presidencial, que elabora su discurso en términos de ruptura con el establishment y con la otra izquierda. Una izquierda, que está siendo diabolizada, y que se está acostumbrando a jugar con el fuego de esa diabolización. Esa guerra por la hegemonía en el campo propio está limitando su capacidad para construir una alternativa común y está levantando muros entre sus respectivos electorados.
Así, la Francia que emerge de estas elecciones no es solo una Francia fragmentada, sino también una Francia territorialmente escindida. Una Francia de metrópolis abiertas y otra de periferias en repliegue. Una Francia integrada en los circuitos de la globalización y otra que se percibe a sí misma como abandonada. En ese contexto, la idea de una victoria clara pierde sentido. Ningún bloque ocupa una posición de centralidad indiscutida.
Las municipales de 2026 no han resuelto la crisis política francesa. No hay fuerza, ni inteligencias suficientes para organizar un nuevo orden. Y, por último, si acaso pudiésemos decir que han dejado abierta la pregunta decisiva para el año 27: ¿habrá alguien capaz no solo de ganar elecciones, sino de recomponer una Francia común a partir de sus fragmentos? ¿Pueden la Francia de los pueblos y la Francia de las grandes periferias urbanas - la France des bourgs et la France des tours en expresión del diputado François Ruffin - reconciliarse en un proyecto de transformación compartido?
Sin ni siquiera viva la aspiración a esa reconciliación, el riesgo es que 2027 no solo no traiga una verdadera clarificación, sino que el interregno se alargue y la larga crisis francesa se cronifique.
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