La paz, la batalla irrenunciable

Secretaria de Política Internacional y Cooperación al Desarrollo del PSOE
EFE/EPA/MIKHAIL KLIMENTYEV / SPUTNIK / KREMLIN POOL /Archivo

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“La paz es siempre hermosa”, son palabras de Walt Whitman fallecido en el año 1892. Entonces, ya cansado de cómo venía desarrollándose el mundo, con una historia no falta de guerras, no llegó a ser testigo de que 1945 fue una fecha clave en la que los europeos decidimos poner fin a la que pensamos que sería nuestra última guerra en casa. La paz fue uno de los motivos principales del inicio del proceso de integración europea, junto con la prosperidad y nuestra identidad propia. Era fundamental que dentro de Europa no se volviese a atentar contra el valor más sagrado que jamás debería ser transgredido, el de la vida. Las otras fechas clave serían 1989, la caída del Muro de Berlín, y 1992 con la desaparición de la URSS, fechas en la que muchos asistimos esperanzados a una nueva era donde no hubiera bloques enfrentados y donde primase el derecho internacional y el de muchas naciones a erigirse como soberanas e independientes.

Nuestra conciencia, consciente de que estos fundamentos no podían cambiar, se ha encontrado de repente con el estilo imperial grandilocuente de lo que podría denominarse como delusions of grandeur de Vladimir Putin, que ya se vislumbraba con el cambio constitucional que realizó en el 2020 para concurrir a más mandatos presidenciales cuando solo se podía en dos ocasiones. No deja de ser algo confuso ver a un líder en pleno S.XXI comportarse como un zar ruso de los tiempos de guerras pretéritas. Aquel imaginario que tenemos sobre las grandes potencias coloniales está donde debe, o debería, en los libros de historia. Empero, sí me gustaría recordar que, aunque Putin ha realizado esta invasión de forma unilateral, ilegítima e ilegal invadiendo un país independiente, los años noventa nos dejaron las cruentas guerras de los Balcanes en Europa; el contexto, la geografía y el conflicto difieren, pero no obviemos que el elemento étnico religioso en ambos escenarios es un factor subyacente.

El elemento identitario es una de las bazas que Putin ha utilizado siempre en Ucrania. Desde 2013 hasta ahora Ucrania ha vivido el conflicto del Donbás como reacción al Euromaidán, este último se produce contra la postura del gobierno que en aquel entonces suspendió el Acuerdo de asociación entre Ucrania y la Unión Europea y que desembocó en la caída del gobierno.  En 2014 se produce la anexión de Crimea por Rusia, y este año, desde el comienzo de la invasión de Ucrania, el reconocimiento por Putin como repúblicas independientes a los territorios de Donets y Luhanks situadas en el Donbás, que ya estaban tomadas por separatistas prorrusos desde 2014, y donde la mayoría de la población habla ruso. De este modo, se inhabilitaban los acuerdos de Minsk, cuya finalidad principal era poner fin al conflicto entre las fuerzas separatistas respaldadas por Ucrania y Rusia en el Donbás.  

Mover sentimientos es una cuestión de una irresponsabilidad extrema sobre todo entre hermanos, como decía en una entrevista reciente Hélène Carrère d'Encausse, la gran historiadora francesa sobre Rusia y la URSS: “pelear contra los afganos es una cosa, pero pelear contra los hermanos… cada familia rusa tiene un ucraniano, cada ucranio tiene un ruso en la familia. La ruptura es aberrante para Rusia. Y hay una ruptura geopolítica. Esta aventura es un fracaso total. Era inimaginable”.

Ucrania tiene un porcentaje de ucranianos étnicos que son la mayoría de la población, a pesar de tener también porcentajes importantes de rusos étnicos en el territorio, así como otras minorías étnicas entre las que se encuentran, entre muchas otras, los tártaros de Crimea o los bielorrusos, que son numéricamente inferiores, siendo un territorio multiétnico. El idioma más hablado es el ucraniano, sin olvidar que hay regiones en las que se habla ruso de forma mayoritaria -teniendo en cuenta que la rusificación tuvo una impronta fundamental-. El factor religioso no es menos importante, ya que la Iglesia ortodoxa ucraniana con su patriarca se ha ido consolidando desde la independencia de Ucrania en 1991, separada de la ortodoxia oriental. La iglesia ucraniana estaba bajo la jurisdicción de Moscú desde 1686 y consiguió la autocefalia en 2019 cuando el Patriarcado de Constantinopla le otorga legitimidad. Mantener la unidad de las iglesias ortodoxas bajo el patriarca de Moscú es algo que a Putin también le gustaría recuperar. Como vemos, deseos de un imperialismo trasnochado. 

Es fundamental conocer la situación política, estratégica étnica, religiosa y cultural en Ucrania y la influencia histórica en su territorio desde el Imperio Ruso hasta la URSS para entender el conflicto desde todos los ángulos, y el anhelo inamovible de una nación para ser independiente y cuyas pretensiones ya se habían visto frustradas cuando la consiguieron de 1917 a 1922.

Lo que se presenta con una claridad rotunda es que ya sabíamos la agresividad que Putin podía ejercer en la sociedad civil, porque ya lo hizo en Siria, donde además se había utilizado gas sarín por parte del régimen, al que occidente no sancionó como se debía y que ahora apoya a Putin.

Lo que no predijo nunca Putin es la cohesión tan importante que ha supuesto para la UE en su conjunto y para el resto de países europeos la invasión de Ucrania, además de la condena de la comunidad internacional. Ahora reclamamos independencia estratégica en cuestiones como defensa, hemos impuesto un sistema de sanciones único, la aplicación de una directiva de acogida temporal para todos los refugiados y haremos todo el trabajo posible por acabar con nuestra dependencia energética de Rusia; lo que acelerará otros proyectos que algunos, véase la derecha más extrema, no apoyaba y que se presenta en forma de una transición energética a la mayor rapidez posible.

El 27 de febrero Foreign Affairs publicaba un artículo sobre The Kremlim´s Gas wars, Rusia depende de los mercados europeos para más de la mitad de sus exportaciones, mientras que la UE envía solo 5% de sus exportaciones a Rusia. En cambio, en cuestión de energía es diferente, ya que para Rusia el gas es una gran palanca económica en Europa. Como indica el informe: Bélgica, Francia y los Países Bajos importan menos del diez por ciento de su gas natural de Rusia, España y Portugal ninguno. Alemania depende para casi la mitad de sus importaciones de gas natural e Italia alrededor de un 40%. Austria, Hungría, Eslovenia y Eslovaquia aproximadamente un 60%. Para Polonia un 80%, y Bulgaria depende para todo su gas natural de Rusia. Ahora, después de la invasión, los precios del gas se han disparado.

Esto puede cambiar si logramos revertir la dependencia energética de Rusia. En materia comercial hemos visto precedentes en el caso de Ucrania. De esto modo, un artículo de Bruegel.org de 2020 ya comentaba que mientras que en 2012 Rusia era el destino del 25,7% de las exportaciones ucranianas, frente al 24,9% de la UE, seis años después la participación de Rusia en las exportaciones ucranianas se había reducido al 7,7% mientras que la participación de la UE se disparó al 42,6%. De lo que se deduce que la UE es el primer socio comercial de Ucrania

Si algo ha puesto este conflicto de manifiesto es que somos todos vulnerables ante los excesos bélicos de cualquiera que crea que puede imponerse a través de ejércitos y territorios. No estamos en siglos pasados. No podemos asumir que la paz va a reinar porque creamos en ella, sino que tenemos que luchar para mantenerla. Esta guerra es un ataque frontal a los valores y principios europeos; por ello debemos sin fisuras estar del lado de las víctimas; ayudarles según nuestras posibilidades. 

No podemos olvidarnos de la historia ni del dolor ajeno, más de dos millones de refugiados y otro tanto de desplazados internos. Esta vez Europa debe estar a la altura. Hoy, hay madres cabeza de familia ucranianas que no saben si van a volver a ver a sus padres, hermanos o maridos. ¿Qué es de las peores cosas que le puede pasar a un ser humano? La incertidumbre, esa agonía perpetua que no nos permite saber qué puede pasar con nosotros, y que se traduce en que los ucranianos no saben qué va a ser de su país y de sus familiares.

Aquí está y estará el gobierno de España, ayudando al pueblo ucraniano. Ya se han gestionado de urgencia tres grandes centros para la acogida de refugiados y refugiadas que vienen de Ucrania y se está tramitando su documentación con agilidad para que puedan residir y trabajar en España, gracias a la rápida transposición de la directiva europea de 2001. Con una sociedad española muy solidaria, desde nuestra población, hasta instituciones, entidades, fundaciones, comunidades autónomas o ayuntamientos. Es importante insistir en este punto, que se necesita coordinación en todo lo relacionado con la ayuda humanitaria, la acogida y las donaciones con el gobierno de España y los ministerios implicados. Toda ayuda no organizada no se presta eficaz y la prioridad ahora se centra en organizar las llegadas y documentar a los refugiados que están llegando.

Putin está tratando de reescribir las reglas de la sociedad internacional a través de la ilegalidad, saltándose el orden vigente. Es indudable que un nuevo orden internacional se está acabando de conformar con esta guerra, de futuro incierto aún. En este orden ya es incuestionable que China va a jugar un papel de superpotencia. Es muy importante que exista un derecho internacional, respetado por todos, como garante de la seguridad de los derechos de los seres humanos a nivel global. Es un elemento esencial del que nos hemos dotado para resolver de forma pacífica las disputas entre los estados. 

En todo caso, las violaciones al derecho internacional no son nuevas. Ya lo vimos, no hace tanto, cuando se hizo en Iraq. Aquella invasión movió todos los cimientos del orden mundial; mucha población sigue desplazada y muchos huidos como refugiados, además de las miles de personas fallecidas. Estamos y estaremos con nuestros compatriotas ucranianos; ver tanta solidaridad nos devuelve la fe en la humanidad, y en un término tan necesario como es el de la empatía. Es importantísimo sentir como propio el dolor de los ucranianos y ucranianas, porque esto nos ayudará, también, a sentir el dolor de tantas personas que son masacradas de manera injusta en sus países, donde la población civil es la primera y la última víctima. Me viene Siria a la cabeza, y Camus, que decía que: “la paz es la única batalla que vale la pena librar”.

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