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Carta a un amigo español (y 3)

Manifestación contra la LOMCE en la huelga del 24 de octubre. / Juan Luis Sánchez

Suso de Toro

Siento que lo que te quería contar te lo haya enviado a trozos pero, como te prometí, sigo contando otro aspecto de mi experiencia particular de ser español, la de opinar sobre la cosa pública. Mi experiencia no es mejor ni más importante que la tuya, pero es tan legítima y verdadera como la de cualquier otra persona. Y esa experiencia me repite una y otra vez que esta España con la que tú te identificas de un modo natural nos excluye a muchos otros. Pero resulta que España la pagamos todos.

Sabes que en alguna ocasión, pocas, porque alguien cita un libro o por algún otro motivo, hago algún comentario sobre literatura. Me parece que cuando es así hablo en un tono distinto al que uso cuando hablo de política o asuntos sociales. Para mí son campos distintos y, me doy cuenta ahora que te escribo esto, creo que eso se refleja en un tono diferente. Cuando hablo de política o de la cosa social me agobio, me fatigo, y cuando hablo de literatura o arte, respiro.

Creo que he vivido siempre entre estos dos tonos, pero siempre entendí que escribir literatura era una cosa y tratar de los problemas sociales, otra. Otros piensan distinto, y a mí mismo me encantaría vivir pensando sólo en la literatura y las artes, pero ya ves. Porque pienso así, me esfuerzo en separar las opiniones de los escritores de sus obras. De hecho, creo que quien no es capaz de hacerlo no disfruta realmente de la literatura y traslada a ella otros asuntos que no corresponden. Pero no me engaño, mis actuaciones y opiniones afectaron a la imagen del escritor e, inmediatamente, a los libros. Pagamos un precio por todo y no es que no lo supiese.

Aunque ahora escribo en un ordenador, puede que la culpa la tuviese la vieja máquina de escribir Underwood que un día compró mi padre: el sueño familiar de que los hijos accediesen a los instrumentos para progresar en la vida. No recuerdo a quién se la compró, así que vete a saber lo que habría escrito esa máquina antes de que mi padre la comprase de segunda mano. El problema fue que me la quedé yo, y en ella empecé escribiendo alternativamente tanto cuentos como el texto de panfletos, consignas y comunicados. Yo pretendi separar la literatura de la acción pero, quién sabe, a lo mejor la máquina distribuía una misma sustancia en unas cosas y otras y todo se contaminó.

El caso es que hubo un momento, ya había publicado libros de ficción, en el que me ofrecieron publicar artículos en prensa y acepté encantado. Creía tener tanto que decir y estaba dispuesto a aprovechar la ocasión; a ver cuánto me duraba. Me duró, no me puedo quejar, hasta que me echaron del periódico y desapareció mi nombre y desaparecieron mis libros de la práctica totalidad de los medios en Galicia por orden del entonces presidente de la Xunta, Manuel Fraga Iribarne. Fue entonces, en el año 99, cuando eché mano de Internet por primera vez para publicar en el vacío lo que me daba la gana. Pero ésa es otra historia de quebrantos y mejor vuelvo a lo que estaba.

A pesar de los costes, le había cogido el gusto a opinar en prensa, y escribí sobre todo y cualquier cosa pero, como veía de qué modo se estaba configurando la vida pública española, fui escribiendo “Por un Madrid federal y abierto”, “Que no nos roben Madrid”, “La España de Paco Ibáñez”, “Construir puentes, unir pedazos”, “Cataluña abre España”... En Galicia se me criticó tanta atención a España, y desde medios madrileños se me criticó mi visión de ella. Qué quieres que te diga, mi lugar siempre es incierto, soy un intruso en todas partes y, cuando es así, acaba uno en tierra de nadie.

Cuando naufragó el Prestige, se desencadenó aquella gran ola de solidaridad de gente de todas partes y la movilización de Nunca Máis, tú lo recordarás, y a continuación vino el No a la guerra, continuó la marea... Me metí en todo aquello de cabeza, escribí donde pude sobre el proceso político que vivíamos y recogí buena parte de esos textos en un libro, Españoles todos, lo debes de tener por casa, contra lo que definía como el nacionalismo reaccionario de Aznar. Ante la proximidad de las elecciones, hasta redacté el borrador del manifiesto por el cambio político, más implicado no podía estar. Visto ahora, a lo mejor me pasé, la vehemencia no es una virtud precisamente. Pero tampoco me arrepiento, hice lo que podía y creía que debía hacer.

Inmediatamente, tras el atentado en los trenes de Madrid, durante unos días se creó una situación que hoy parece olvidada pero que a mí me preocupó. El presidente Aznar adjudicó el atentado a ETA, “los autores intelectuales no están en montañas lejanas”, y en ese contexto tan trágico y siniestro dos firmas de referencia señalaban en El País a quienes habían criticado el nacionalismo centralista de Aznar. Date cuenta de qué idea tenían esas personas de quienes criticábamos el centralismo: nos consideraban cómplices del terrorismo y personas sin entrañas que odian a los madrileños. Hasta ese punto conduce el encono. Como si no pudiésemos pensar así siendo vecinos de la ciudad, o no tuviésemos familiares y amigos en ella. Aquello me dio una idea de la dureza de un nacionalismo que había ido forjándose esas décadas en la dialéctica con dos asuntos, el nacionalismo catalán y el terrorismo vasco.

Y recuerdo el chasco que nos llevamos con Otra idea de España, los editores creían que era un libro interesante y confiaban con optimismo en el reclamo de la figura del escritor, pero al sabroso yantar en un buen restaurante para presentar el libro en esa ocasión no acudieron los medios. Un único periódico sacó una columna a los 15 días. Los editores, eran catalanes, no entendían nada. A continuación fui a Barcelona y el contraste fue absoluto, entonces vi hasta qué punto recelaban en una ciudad de ese cuestionar la idea de España establecida y hasta qué punto lo necesitaban en la otra.

Precisamente lo que acaba de ocurrir con un artículo, lo publiqué en eldiario.es, me confirma en ese contraste. Escribí Admiremos a Cataluña pensando en un público de ciudadanos españoles que no fuesen catalanes, sabía que titular eso en España es una provocación intelectual y contaba con las descalificaciones e insultos de esperar, pero resulta que fue un éxito increíble en la Red. Al principio no entendía aquel entusiasmo en lectores españoles por un artículo así, pensé que había menospreciado la simpatía hacia Cataluña entre los españoles, hasta que caí en la cuenta de que la inmensa mayoría de sus lectores eran catalanes. La ciudadanía catalana en los últimos años se siente particularmente menospreciada, insultada y ofendida, y tienen toda la razón. Su reacción con ese artículo demuestra que sí que les importa lo que piensan y sienten los conciudadanos de fuera de Catalunya. No es cierto que no les importen los españoles, pero están hartos de ser tratados de ese modo y quieren respeto, atención y diálogo.

Pero no te equivoques. Ni los ves ni los oyes, los medios de comunicación que nos llegan no nos lo cuentan, anuncian lo mal que les va a ir, que no son tantos independentistas, que son mezquinos, manipulados, que es imposible... Pero no te permitirán oírles decir a ellos lo que tienen que decirnos. No te enfades con ellos, pretendieron cambiar esta España y fracasaron, les hicieron boicots, los difaman día a día, les “pasaron el cepillo”, los dejaron “limpios como una patena”... Lo intentaron, pero España no se deja.

Soy escéptico sobre el futuro de Galicia, aunque no pueda dejar de preocuparme. Y soy totalmente pesimista sobre esta España obsesionada por esa unidad nacional basada en la imposición y que no cree en la democracia. A la gente le parece mal que se diga, pero, aunque hemos mejorado mucho, la cultura democrática de la sociedad española es de muy mala calidad. Sigue habiendo verdadera inquina a la diferencia y a la discrepancia, tienes que alinearte en un bando o en otro, y late la violencia siempre. En tiempo de paz, la violencia subyacente siempre se expresa en el lenguaje, afortunadamente, y, así, en lugar del diálogo, prima la imposición y, en lugar de la argumentación, el insulto. El insulto, la flor de la Red española, es cuando alguien en lugar de exponer su punto de vista alternativo decide liquidarte. El insulto, tan omnipresente en la vida pública, es un golpe o un navajazo para abatir a un adversario.

España no dejan cambiarla los que la tienen sujeta. Cuando veo la lucha de los trabajadores de la sanidad madrileña, la de los enseñantes mallorquines, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca... Cualquier resistencia cívica la siento como mía, pero España sé que no lo es.

Tú antes estabas tranquilo en tu España; yo, no. Ahora también tú estás a disgusto, bienvenido al club.

Y ahora es cuando me despido con aquello de “tuyo, que lo es”.

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