Celtiberia Show judicial
Llevo dos días dándole vueltas a la cabeza para intentar comprender la comparación que ha hecho el juez Peinado entre el Gobierno democrático en minoría parlamentaria de Pedro Sánchez y la monarquía absoluta de Fernando VII. Con la venia de Su Señoría, debo confesar que no lo pillo. ¿Cuál es, me pregunto, la Mariana Pineda ejecutada con garrote vil por Sánchez?
A riesgo de ir p´alante por desacato, diría que la única equivalencia que encuentro entre los casos de Begoña Gómez y Mariana Pineda es la del juez Peinado con Ramón Pedrosa, alcalde del Crimen de la Real Chancillería de Granada e instructor del juicio de la heroína liberal. Como Pedrosa, Peinado no oculta su obsesión y hasta su inquina por la acusada, y, como él, sigue una clarísima agenda política.
Afortunadamente, ya no existe en la España actual la pena de muerte, me digo. Aunque sí se mantiene el tremendo poder del juez instructor, apenas matizado por correcciones de la superioridad cuando se pasa muchísimo. Merced a esta amplia discrecionalidad, Peinado ha podido tirarse dos años buscándole prospectivamente algún delito a la esposa del presidente del Gobierno, y ha concluido teatralmente con una acusación de “asesinato sin muerto, soborno sin mordida o robo sin botín” como ha escrito aquí mismo Ignacio Escolar.
Peinado incorpora todos estos disparates, incluida la comparación entre Sánchez y Fernando VII, a un auto judicial y puede irse a echar una siesta tan panchamente a su chalé de La Adrada. No esperen que se lo reproche el Consejo General del Poder Judicial, siempre bizcochón y corporativista con los togados conservadores, ni, por lo demás, ningún juez o magistrado en activo que quiera hacer carrera dentro de su gremio.
Eso sí, si alguien expresa su esperanza en que una instancia superior termine corrigiendo a Peinado, será acusado de inmediato de violar la independencia del poder judicial. Acusado, claro, por la derecha judicial, esa amplia cofradía de togados que comparte agenda política con los partidos conservadores, recibe el aplauso de los periódicos y las televisiones ultras y hace lo que puede para terminar con el Gobierno de los rojos, que es mucho.
Según el relato de sus propagandistas, los miembros de la derecha judicial son seres angélicos que nunca se equivocan ni en una coma y nunca actúan al dictado de sus filias y sus fobias. Según este relato, la independencia judicial consiste en que los conservadores con toga puedan decir y hacer lo que quieran sin que nadie tenga derecho a rechistarles. La soberanía nacional reside en ellos, que por eso se pasaron unos cuantos años preparando las oposiciones; lo otro, la voluntad popular expresada en las urnas de la que emanan los poderes legislativo y ejecutivo, tan solo es una molesta contingencia cuando ganan las izquierdas.
Dueña del calendario, la derecha judicial se da mucha prisa cuando los acusados son sociatas, perroflautas o independentistas, pero arrastra los pies cuando son de los suyos. El novio de Ayuso aún no ha sido juzgado por los delitos de fraude fiscal, falsificación de documentos y corrupción en los negocios, pero el ex fiscal general Álvaro García Ortiz ya hace meses que resultó condenado. A los encarcelados Ábalos y Koldo se les ve estos días abatidos en el banquillo de los acusados, a no mucho de haberse iniciado su caso. En paralelo, los capos del ministerio del Interior del Gobierno de Mariano Rajoy acuden libres como el viento al banquillo de la Kitchen, doce años después de sus fechorías.
Ni Rajoy, también conocido con el Barbas, el Asturiano y M. Rajoy, ni María Dolores de Cospedal se sientan en el banquillo de acusados de la Kitchen. Policías muy honorables de Asuntos Internos testifican que los dos supieron que Interior iba a iniciar una sucia operación para destruir pruebas y obstruir así la acción de la justicia, pero la derecha judicial solo considera sagrada la palabra policial si son informes contra gente roja de la UCO. Fue, precisamente, uno de sus miembros más conspicuos, García-Castellon, quien, en el ejercicio del casi omnímodo poder del juez instructor, exculpó de antemano a Rajoy y Cospedal.
¿García-Castellón, aquel que acusaba de terrorismo a Puigdemont porque un ciudadano francés había muerto de infarto en el aeropuerto de Barcelona? Sí, el mismísimo García-Castellón, un magistrado ejemplar y olé mi madre, olé mi suegra y olé mi tía. No es serio, queridos lectoras y lectores, es de traca.
El martes, un magistrado en excedencia llamado Sánchez García, ahora diputado de Vox, oh, qué casualidad, montó un numerito violento en el Congreso de los Diputados y tuvo que ser expulsado. Y uno se pregunta si las oposiciones a juez no incluyen algún tema relativo al decoro, el saber estar y la buena educación de los togados. Diríase que no.
Miren, que la derecha judicial haga lo que pueda para cargarse a Sánchez hasta es comprensible, picar está en la naturaleza del escorpión. Pero que, con personajes como los aquí citados y muchos más, se haya convertido en protagonista esperpéntico del Celtiberia Show del siglo XXI me da pena, mucha pena. Por ellos y por España.
8