Los escudos humanos de Ayuso

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso

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Apuntar con una lupa a las hormigas y sonreír mientras los pequeños insectos se retuercen de dolor cuando el sol se convierte a través de la lente en un instrumento de tortura siempre se ha considerado un identificador de alerta temprana de la sociopatía. Un modo de experimentar el placer propio con el sufrimiento ajeno, de jugar a ser dios con elementos prescindibles de nuestra naturaleza. Puedes regalarle una lupa a un niño para comprobar si esa pulsión existe u otorgarle una presidencia de una comunidad autónoma de adulto. Una semana lleva Ayuso apuntando a los barrios más humildes con la lupa para experimentar hasta cuándo soportarán el dolor. Y duele. Lo admitimos, presidenta.

Lo simbólico es importante cuando lo concreto no te está mordiendo los pies. Resulta desconcertante ver cómo en el día de ayer, cuando Isabel Díaz Ayuso entró en desobediencia con el Gobierno tomando como rehenes a los ciudadanos de los barrios humildes y usando la vida de la clase trabajadora de los barrios confinados como escudo humano para sus juegos de guerra, toda la clase política comenzó a poner como tema central de la agenda una llamada del rey a Carlos Lesmes. En otras condiciones, cuando las clases populares no estuvieran ahogadas por la incertidumbre, temiendo por su vida y su subsistencia, todos hubiéramos dedicado horas de nuestro tiempo al juego de los relatos, la comunicación, las quiebras institucionales y el régimen del 78. Pero lo urgente nos empaña los ojos y al borboneo ya le pasaremos factura.

Mientras, en la calle, en los barrios, en las miradas perdidas dentro de un vagón de metro, cunde el desasosiego. Una extraña alianza se está tejiendo en los barrios que han sido confinados y se está consolidando con una grotesca sensación de agravio y abandono. La clase trabajadora esta vez está siendo igual de agraviada que los pequeños comerciantes, autónomos y el tejido empresarial minoritario de las localidades y barrios que han sido castigados por la Comunidad de Madrid. Un caldo de cultivo que hace aflorar la conciencia de barrio pero que además elimina el sello de distinción de la clase media aspiracional y la pequeña burguesía empresarial que se creía en un escalafón superior, pero que ha visto que aquellos a los que votaban y estaban en un club en el que esperaban entrar los han despreciado por su lugar de origen y desempeño comercial.

Más que una conciencia de clase se está armando una conciencia de desamparo tejida por lo local. Un sentimiento de desafección profundo, de incomprensión y orfandad. Un caldo de cultivo desideologizado, con un intenso cabreo con la clase política sin un extenso conocimiento sobre la responsabilidad competencial de quien toma las medidas, y facilitado, además, por la imagen de colaboración del día de las banderas y las cargas policiales que implican directamente en esa corresponsabilidad al Gobierno de la nación.

Ayuso está dejando que la situación se gangrene en Madrid en las zonas más pobres con un doble sentido. Primero, privilegiar a las zonas ricas que es donde está su granero de votos para aparecer ante ellos como la valedora de sus intereses. La que hasta en las peores condiciones siempre tomará medidas que perjudiquen a los que menos tienen y proteja a los privilegiados. Segundo, condenar y castigar a las zonas más vapuleadas que, además de ser las más pobres, tienen un voto cautivo progresista. La trampa es endiablada, porque mientras la situación se sigue deteriorando en los barrios del sur se está produciendo un incendio perpetuo, de los que se nutren con el combustible bajo la superficie, y cuando estalle se llevará por delante a todos, no solo a los responsables de la Comunidad de Madrid. Ayuso consolida a su votante y lleva a los del adversario a la desesperación, la desafección y el abstencionismo. O aún peor, hacia el único partido que no gobierna ni en Madrid ni en España. El lobo silente.

La estrategia de Ayuso está integrada en su fanatismo ideológico. Un ultraliberalismo obcecado acostumbrado a privatizar los beneficios y socializar los costes. En economía, pero ahora también en política y con la crisis sanitaria mediante. La presión de Ayuso para una desescalada precipitada y el desgaste al que estaba siendo sometido el Gobierno facilitaron el desastre. El Gobierno de Ayuso y Aguado buscaba que el coste político de las medidas tomadas fuera para Pedro Sánchez pero el éxito de una recuperación económica rápida en Madrid durante el verano hubiera sido patrimonio propio. El fracaso absoluto de la gestión de la presidenta de Madrid voló esa estrategia, por eso ahora busca una intervención directa del Estado para poder victimizarse usando a los ciudadanos madrileños de los barrios humildes como rehenes de intercambio; socializar con el Gobierno central el coste político de su gestión negligente.

Intervenir Madrid es imprescindible. Pero paradójicamente será lo que lleva buscando Ayuso desde que fue consciente de que no es capaz de detener la pandemia sin tomar decisiones que suponen reducir al absurdo su discurso durante el estado de alarma. Su última bala para sobrevivir es utilizar a la clase obrera madrileña como escudos humanos. Carne de cañón para su juego político.

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Publicado el
26 de septiembre de 2020 - 23:01 h

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