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Ahora que...

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Como diría un tal Joaquín Sabina: ahora que ha bajado la marea en relación con el fallecimiento de Robe Iniesta; ahora que hay una tregua en la batalla entre los mayores fans de Extremoduro; ahora que los políticos de todo signo han metido en el exprimidor de votos la pérdida de uno de nuestros mayores referentes líricos de este siglo; ahora que el capitalismo digital ya ha monetizado su muerte a través de sus “creadores” de contenido, “likes” y vídeos guionizados; ahora que los recuerdos recién pintados de cada cual sobre Robe empiezan a secarse, me gustaría perdonarle.

Mi relación con él no es la del mayor fan de Extremoduro ni la de Robe en solitario, ni mucho menos, sino la de un huérfano de lo que habría sido un momento para toda la vida junto a uno de mis mejores amigos. En gran parte, fue ese amigo quien durante la adolescencia me inyectó en vena una manera de escribir y cantar que me ha acompañado hasta el día de hoy. Sin ser consciente de ello, aquellas letras y esa personalidad políticamente incorrecta —una incorrección verdadera, no como la que se refleja mediáticamente en la actualidad, casi siempre acompañada de trazas de racismo, xenofobia, clasismo o machismo— forjaron un pensamiento crítico y una manera de entender un concepto tan necesario en la sociedad como la rebeldía.

No soy el único al que le ha pasado, estoy seguro.

No es la ausencia de Robe Iniesta lo que me ha llevado a escribir estas líneas. Es la decisión de mi amigo de no seguir con nosotros, tomada ya hace más de tres años, la que me ha traído hasta aquí. La rabia que me produjo la cancelación de su última gira con Extremoduro a la que íbamos a asistir juntos, primero por la pandemia y más tarde por la suma de decisiones de la promotora e intereses personales, me llevó a no poder escuchar su música durante bastante tiempo. Cada canción me devolvía al duelo por mi amigo.

Porque, independientemente de la edad que tengas, en gran parte lo que hace especial su música y sus letras es con quién las has compartido y en qué momentos su poesía transgresiva te hizo conectar con otras personas. En mi caso, las circunstancias me arrebataron la posibilidad de volver, de vez en cuando, al que habría sido el mejor concierto de mi vida: codo a codo, mano a mano, garganta a garganta, con una persona tan especial en prácticamente todas las etapas de mi vida.

El mismo día del fallecimiento de Robe, tras una reflexión profunda y varias horas escuchando mis canciones favoritas, decidí perdonarle por haberme arrebatado indirectamente algo memorable con mi amigo. Ahora, su música y sus letras me acompañan de nuevo, aunque sea de otra manera. Gracias a ti, puedo sentir a mi amigo más cerca.

Por eso, Robe, desde el boulevard de los recuerdos rotos, te pido perdón y te perdono. Ahora que de verdad nos has mandado a todos “a tomar por culo”, descansa en paz

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