Atención, identidad y algoritmo
Hace unas semanas vi el documental “Dentro de la Machosfera” de Louis Theroux y, sin entrar en el morbo de esta clase de “creadores de contenido”, sus discursos misóginos y de valores tradicionales (hombres/mujeres de alto valor, body count, la fidelidad unidireccional...), me llamó la atención un aspecto que, sin ser desconocido —para mí— había pasado desapercibido y tenía totalmente normalizado: hasta qué punto la atención del otro no solo valida lo que hacemos, sino que contribuye a definir quiénes somos.
Todo lo que en el documental se relata está asociado, casi en exclusiva, a una necesidad de generar contenido e impacto en aquellos/as usuarios/as que lo consumen. Y, por supuesto, ese contenido tiene que atraer la atención. Debe ser un contenido que mantenga en vilo y conectado a todo aquel que interactúe con él. En un contexto donde el algoritmo domina la forma que tenemos de comunicarnos, los discursos provocadores, disruptivos e irreverentes son aquellos que alimentan el morbo y mantienen la atención. Y esa es la palabra clave: todo gira en torno a la atención que podamos generar, a las respuestas que se puedan derivar de esa atención, para seguir produciendo más contenido en la línea y que el otro, un ser invisible tras la pantalla, demuestre interés en lo que nosotros/as hemos generado.
Este fenómeno no es ajeno a quienes no participamos en esos extremos discursivos. Yo misma lo experimenté cuando perdí dos suscriptores tras publicar un contenido. La reacción fue inmediata: cuestionamiento, revisión obsesiva, sensación de haber fallado. De pronto, el valor de un trabajo cuidado, elaborado con rigor y coherencia personal, quedaba subordinado a un indicador externo. La interacción —o su ausencia— se convertía en criterio de verdad.
Y aquí viene el punto: sé que somos sociales, gregarios, necesariamente unidos a la visión del otro y condicionados por la percepción que generamos en los demás. Sé que parte de nuestra identidad y de lo que somos es, en parte, el reflejo de la percepción que generamos en el otro (personas mucho más inteligentes que yo, en su estudio de la identidad, ya han reflexionado sobre esto). Entonces, ¿Cuánto del contenido que generamos es una respuesta a una necesidad de atención o a una intención de monetización real? ¿Cuánto de los personajes que vemos en redes está construido porque esa es su realidad o porque se han construido en base a la interacción y la atención del otro?
Para ser más clara: ¿Es el contenido fruto de la persona o la persona es fruto del contenido?
Lo único que tengo claro en estos momentos es que, la percepción que otros construyen a partir de mi contenido no puede ser el criterio último de mi identidad (sea lo que sea eso).
En un entorno donde la atención es moneda, desligar el valor personal de la visibilidad quizá sea un acto de resistencia.
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