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La pocilga política

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Tal vez no sea el cerdo el único animal que halle acomodo y felicidad hozando y retozando en lugares pestilentes y asquerosos, no hay más que ver a políticos refocilarse en el fango hasta la náusea. Se puede afirmar, sin temor a errar, que los cochinos contribuyen al provecho de la sociedad. Científicos de Cambridge (U.K.) y la neurocientífica Lori Marino (EE.UU.) han realizado estudios que muestran al cerdo como un animal social muy inteligente y complejo, con gran capacidad para aprender, recordar y resolver problemas.

En cambio, son muchos los políticos cuyos comportamientos no responden a los intereses y las necesidades de la mayoría social, demostrando una simplicidad conductual y cognitiva similar a la de los peces dentro de una pecera. La política se ha convertido en un universo paralelo donde se distancian quienes la ejercen de quienes la padecen con la ayuda de los medios de comunicación y de las redes sociales, porqueros imprescindibles para cebar a una ciudadanía que se deja arrastrar al lodazal de la desinformación y el odio.

Desde una defensa a ultranza del individualismo, la deriva política apela al egoísmo puro y duro, capaz de enfrentar a unas personas con otras en un proceso que lleva a la demolición social por la vía del conflicto y la guerra. Quizá sea su aptitud como animal social lo que sitúa al cerdo en un nivel superior al político medio, mostrando rasgos de inteligencia muy diferenciales. La complejidad observable en la cabaña porcina ofrece un despreciable contraste con la simplicidad apreciable en la casta política del bipartidismo.

El desprecio a la inteligencia, promovido por la piara política y mediática, y seguido a pies juntillas por una ciudadanía egoísta, acomodada e irresponsable, es un signo negativo de estos tiempos. Si se volcaran los ojos en la Historia con un mínimo nivel de inteligencia, los humanos se percatarían de que al matadero de Gaza, al de Ucrania… a los que son, los que fueron y los que serán, no llevan cerdos, sino seres humanos para ser sacrificados por otros humanos con las manos manchadas de sangre inocente. Un cerdo nunca lo haría.

El político vulgar ha reducido al mínimo la capacidad superior de aprender, movido por la humana querencia a tropezar “n” veces en la misma piedra. Al contrario, el chancho tiene una sorprendente capacidad de aprendizaje que le permite adquirir destrezas para resolver problemas, superando a otros animales que son iconos de la inteligencia y las habilidades como chimpancés, perros, delfines o ciertos políticos. Llega el gorrino al punto de reconocerse en el espejo, objeto del que parece temerosa gran parte de la clase política.

En los estudios sobre el cerdo, destaca la importancia de la utilización de la memoria, algo que es también despreciado por quienes se dedican de forma profesional a la política. Un marrano muestra capacidad para recordar palabras, lugares, olores y sabores, y de utilizar la memoria para no repetir errores y obtener beneficio de ello. Un repugnante político odia la memoria y promueve la tergiversación de la Historia, al objeto de que se repitan las peores atrocidades cometidas por sus referentes ideológicos a raíz del alzhéimer colectivo.

Un paseo por las porquerizas de Collado Villalba (Madrid), Alpedrete (Madrid), Hontoria de Cerrato (Palencia) o Rionansa (Santander), desnudará el nivel de podredumbre moral de sus alcaldías al negar el homenaje a sus vecinos víctimas del holocausto nazi. Es el mismo nivel de quienes destruyen los poemas de Hernández y homenajean la “hazaña” del crucero Baleares durante La Desbandá. Son la piara extremista que apoya a Netanyahu y apoyó a Franco, Pinochet, Videla y a cualquier cerdo fascista: sus herederos ideológicos.

Para el día del libro: Rebelión en la granja (George Orwell, 1945). Todos los públicos.

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