Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
Sobre este blog

En este blog publicamos los artículos y cartas más interesantes y relevantes que nos envíen nuestros socios. Si eres socio/a puedes enviar tu opinión desde aquíConsulta nuestras normas y recomendaciones para participar.

Siempre es la última vez

0

Nadie sabe cuándo hace algo por última vez.

Lo que duele no es el recuerdo. Es su imposibilidad. Entender que aquello no solo ocurrió, sino que no volverá a ocurrir nunca más. Como si la vida avanzara en una cinta que no admite rebobinado, en la que tú solo puedes ser un mero espectador, dejando atrás secuencias que solo recuperamos en fragmentos borrosos.

La última tarde en un parque no parecía distinta a las demás. La última conversación parecía una más. No había señal, ni cierre, ni ningún indicio de que ese momento iba a quedar fijado como un último fotograma. La vida no avisa. Solo avanza. Hay una incomodidad particular en recordar sin haber sido consciente. Pensar que aquello que hoy se percibe como un final, en su momento no tenía nada de extraordinario. Era simplemente un día más. Una rutina más. Y, sin embargo, con el paso del tiempo, ese instante se convierte en algo cerrado, inaccesible, incapaz de repetirse.

No se echa de menos solo lo que ocurrió, sino la forma en la que sucedió. La ausencia de conciencia sobre su límite. La posibilidad de estar sin pensar en el después. Porque cuando esa conciencia aparece, lo hace siempre tarde, cuando la escena ya ha pasado y lo único que queda es una reconstrucción parcial e incompleta. La vida pasa y no te das cuenta. Lo vivido no va a volver. El tiempo avanza, la cinta sigue corriendo, y todo lo que fue presente termina reducido a una memoria difusa, fragmentada, inevitablemente alterada.

En un presente marcado por la inmediatez, esa sensación no solo persiste, sino que se agrava. Nos hemos acostumbrado a consumirlo todo rápido: información, relaciones, experiencias. A reducir lo vivido a algo que se agota en el momento en que ocurre. No hay espera, ni pausa. No hay espacio para habitar lo que está pasando. Necesitamos respuestas inmediatas, estímulos constantes, resultados sin proceso. La contemplación existencial se percibe como pérdida de tiempo y el silencio como incomodidad. Quizá por eso todo pasa tan rápido. No porque el tiempo haya cambiado, sino porque ya no sabemos detenernos en lo que ocurre. Pero en esa aceleración permanente ocurre algo más profundo: pasamos por los momentos -acumulándolos- sin asentarnos en ellos, sin darles forma, sin permitir que dejen huella. Y lo que no se asienta, no permanece.

La consecuencia es evidente solo cuando ya es tarde. Cuando uno se detiene -aunque sea por un instante- y mira hacia atrás. Entonces aparece esa sensación incómoda de haber transitado etapas enteras sin haber sido plenamente consciente de ellas. De haber vivido sin fijar, sin retener, sin entender que aquello también estaba destinado a terminar. Y así, lo que no se termina de vivir en el presente se diluye en nostalgia. Lejos del recuerdo fiel, nos

quedamos en una imagen alterada e intensa que embriaga, porque no queda más allá de lo que fue. El ser humano se niega a comprender que la memoria es un enigma a interpretar y dejó de ser material a conservar. La memoria no conserva. Monta, recorta, reconstruye. Convierte todo lo vivido en fotogramas sueltos, desordenados, incapaces de devolver la escena completa. Y cuando lo cotidiano pasa a ser irrepetible, lo único que queda es una proyección fragmentada, inestable, cada vez más difusa. La nostalgia no es recordar el pasado, es tomar conciencia de que no puede volver a ser. La cinta sigue reproduciéndose, sin pausa, en una secuencia ininterrumpida para acabar inmersa en una amalgama de sentimientos ya inconcebibles y carentes de sentido. Los bordes se desgastan,

la emulsión se deteriora y la imagen pierde definición. Entre fotograma y el siguiente, los contornos desaparecen, las secuencias se rompen y lo que antes era nítido se convierte en una sombra imprecisa.

Hasta que llega el momento que la proyección no puede sostenerse. El celuloide se está quemando. No hay corte, no hay transición, ni un cierre elegante. Solo un fundido abrupto a negro. Quedándose el individuo en la oscuridad solitaria. Ya no hay más escenas, solo queda la certeza de que ocurrió. Imágenes deformadas basadas en recuerdos reconstruidos, una versión inevitablemente romantizada de algo que ya no existe y una sensación de vacío agonizante por lo que pudo haber sido.

Siempre es la última vez. Solo que nunca lo sabemos.

Sobre este blog

En este blog publicamos los artículos y cartas más interesantes y relevantes que nos envíen nuestros socios. Si eres socio/a puedes enviar tu opinión desde aquíConsulta nuestras normas y recomendaciones para participar.

stats