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Venezuela: ni el autoritarismo de la cúpula, ni el saqueo imperialista

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Observar la historia de Venezuela durante el último siglo es asistir a la tragedia de un pueblo que, queriendo ser dueño de su destino, ha terminado siendo el tablero de ajedrez de intereses ajenos. Como alguien que cree en la justicia social y en la autodeterminación de los pueblos, me es imposible callar ante el deterioro de un proyecto que prometió dignidad pero ha terminado asfixiado por el autoritarismo. Sin embargo, me resulta igual de intolerable la hipocresía de quienes, desde Washington, se visten de libertadores mientras preparan el zarpazo sobre los recursos naturales del país.

Mi discrepancia con el actual Gobierno de Venezuela no nace de las consignas de la derecha, sino de una decepción profunda. La falta de democracia y la opacidad en los procesos electorales, constatadas por observadores internacionales y organismos de derechos humanos, no son “males necesarios” de la revolución, sino la traición a la misma. Cuando el poder se concentra en una cúpula que persigue a la disidencia y anula la participación popular, se deja de servir al pueblo para servir a la supervivencia del mando. Defender la soberanía no puede ser nunca el escudo para justificar la represión o el fin de las libertades civiles.

Pero que nadie se equivoque: mi crítica no es una invitación a la injerencia. Es insultante ver al gobierno de Estados Unidos presentarse como el salvador de una democracia que ellos mismos se han encargado de dinamitar en toda América Latina durante el siglo XX. Su historial es el de los golpes de Estado y el saqueo. Desde el respaldo a la dictadura de Pérez Jiménez en los años 50 hasta las sanciones criminales de hoy, Washington no busca la libertad de los venezolanos, busca el control de la faja del Orinoco. El petróleo es esa golosina apetitosa que el imperio no está dispuesto a dejar en manos de un pueblo soberano. La democracia, para ellos, es solo el nombre que le dan a la instalación de un gobierno títere que les abra las válvulas del crudo.

Lo más alarmante es que la alternativa que se nos vende como “liberadora” camina de la mano de la extrema derecha internacional. Ver a la oposición venezolana rendir pleitesía a figuras como Donald Trump es una señal de alerta que no podemos ignorar. ¿Qué clase de liberación es esa que se abraza al representante del capitalismo más feroz y excluyente? Esto nos obliga a hacernos la pregunta más amarga: ¿Es esta una oposición con proyecto de país, o es simplemente una presidencia diseñada en los despachos de Estados Unidos para privatizar hasta el último recurso de Venezuela?

El futuro de Venezuela debe ser de su clase trabajadora y de su gente, no de una burocracia que se aferra al poder ni de un imperio que asalta fronteras por petróleo. La verdadera emancipación solo llegará cuando el país pueda decidir su rumbo sin el chantaje de las sanciones estadounidenses ni la bota de un autoritarismo que ha perdido el norte. Ni el capital extranjero debe meter la mano, ni el poder interno debe amordazar al pueblo.

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