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Los indecisos

Durante las últimas semanas y especialmente estos últimos días de campaña los indecisos parecen los protagonistas, de las noticias, de las encuestas (que ya no pueden publicarse) y, sobre todo, de los debates. Una descripción lo más exhaustiva posible de quiénes son 'los indecisos' parece, por tanto, de interés.

Hay una primera aclaración necesaria: la indecisión no puede medirse de forma directa, es lo que llamamos una variable latente que mezcla varias dimensiones no directamente aprehensibles. La gente está más o menos indecisa, más o menos decidida a hacer algo, en un continuum, en el que solo algunos se sitúan en los extremos. Por tanto, no es posible responder a la pregunta de ¿cuántos indecisos hay? sin antes definir a quién consideramos indeciso y a quién no. Las encuestas nos permiten conocer cuánta gente tiene clarísimo, medio claro o nada claro si irán a votar el día 28A, y también a qué partidos prefieren o entre qué partidos están dudando. Hay quienes responden a todas estas preguntas, y hay quienes no responden a ninguna. Por ello, dentro de todo el grupo de electores que se clasifican como indecisos podemos decir que unos parecen más indecisos que otros.

En este post vamos a caracterizar a cada uno de estos grupos y cuantificarlos, de manera que podamos hacernos una idea más precisa de cuál es la incertidumbre que rodea las elecciones del domingo, y en qué medida el resultado puede verse fundamentalmente alterado o no, en función de qué indecisos resulten activados en estos días previos a la cita electoral.

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Cinco gráficos sobre los votantes de Vox: ¿en qué se parecen y diferencian del resto?

A pocos días del 28 de abril, casi nadie parece tener claro cuál va a ser la división final del voto entre partidos y bloques tras las elecciones del domingo. Entre las principales incógnitas de cara al resultado electoral está la repetida pregunta de quiénes son los votantes de Vox. ¿En qué se diferencian de los de otros partidos? ¿Cuál es su perfil socioeconómico? ¿Su nivel de estudios? ¿Qué edad tienen? ¿Son hombres o mujeres? ¿Se parecen o no al electorado de otros partidos de extrema derecha europea?

Si bien desde las elecciones andaluzas hemos tenido acceso cada vez más datos que nos han ayudado a contestar algunas de estas preguntas, las muestras con las que estamos trabajando son, en general, demasiado pequeñas. Esto hace que una vez que empezamos a desglosar los datos por diversas categorías los resultados son cada vez más difíciles de extrapolar.

La encuesta preelectoral del CIS, con algo más de 16.000 entrevistados, es la muestra más grande que tenemos hasta el momento. Gracias a esto, podemos aprovecharla tanto para contrastar la información que se ha ido recopilando a lo largo de estos meses como para ampliar lo que ya sabemos, por ejemplo, comparando de forma más exhaustiva a los votantes de Vox con los de otras formaciones teniendo en cuenta distintas categorías socioeconómicas.

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El sistema electoral ya no es el que era

En tiempos de bipartidismo (imperfecto) el sistema electoral parecía encauzar el comportamiento de los votantes (y de los líderes de los partidos y de los potenciales startups electorales) de una manera bastante efectiva. Aparte del nutrido contingente de minorías territoriales, los llamados "panes", o partidos de implantación no estatal, de los que hoy no vamos a ocuparnos, en estas lides solo había dos tipos de peces, los grandes y los muy pequeños. Antes de 2015 nadie había sacado más que el PCE en 1979 (10,8%) pero menos que AP en 1986 (26%). De hecho, por debajo de cierto nivel ningún partido había aguantado más de dos guantazos electorales -salvo el PCE/IU, naturalmente- y todos desaparecían del mapa (PSP, UN, UCD, CDS, UPyD…) a la tercera como mucho; y salvo AP, que a la tercera saltó el umbral de rentabilidad. Pasado ese umbral uno cambiaba de liga: entraba en la de gobernar, y esa era cosa de dos.  [1]

El gráfico 1 presenta el perfil de proporcionalidad del sistema electoral entre 1977 y 2011. El eje vertical es la ratio entre la fracción de escaños y de votos o "tasa de ventaja" de cada partido. La línea de ventaja igual a uno indica la proporcionalidad perfecta, por encima hay ventaja y por debajo desventaja. Una métrica interesante, pero difícil de obtener, de un sistema electoral es su "umbral de rentabilidad", mencionado más arriba (breakeven point en el inglés de los autores que idearon estos gráficos) [2] En los sistemas proporcionales el umbral de rentabilidad es bajo (puede ser el 5% o menos) y pasado ese umbral el perfil es plano, los partidos apenas obtienen ventajas por encima de la unidad.  En los sistemas mayoritarios el umbral es alto (puede ser  del 25% o más) y pasado ese umbral la ventaja normalmente se eleva bien claramente por encima de la unidad.  La línea discontinua es solo una aproximación, una ayuda visual. Aunque no había datos para corroborarlo, antes de 2015 la distribución de los resultados en España hacía esperar que el umbral de rentabilidad estuviera más allá del 20% de los votos.

Gráfico 1. Perfil de proporcionalidad del sistema electoral 1977-2016

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28A: ¿Qué harán los votantes de centro?

Elecciones anticipadas, tras una legislatura que comenzó de forma poco convencional, con la investidura de Mariano Rajoy facilitada por el PSOE.  Continuó de modo heterodoxo, con una inesperada y exitosa moción de censura de Pedro Sánchez. Y acabó de forma abrupta, con el "capítulo final" de los (no) Presupuestos Generales del Estado.

Récord de descontento ciudadano con la política y los políticos. Histórica fragmentación partidista, con la pugna de cinco candidaturas competitivas. Clima de extrema polarización ideológica e identitaria. Llamamiento a la concentración del voto, por parte de socialistas y populares, desde la apelación, entre sus respectivos electores potenciales, a evitar que el bloque de partidos antagónico sume la mayoría absoluta para gobernar. Una crispada campaña electoral, que llega al ecuador en plena Semana Santa. Pulso preelectoral reñido. Escenario postelectoral abierto. Y horizonte de gobernabilidad, incierto.

El listado parece interminable. Y todos son elementos de un contexto político excepcional, ante el que se encuentran los ciudadanos llamados a votar en las elecciones generales el próximo 28 de abril. Un total de 36.893.976 votantes, de los que aproximadamente 34.800.000 residen en España, según las cifras publicadas por el INE

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Cinco claves y siete gráficos sobre el CIS preelectoral

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Este martes se publicó el último barómetro del CIS antes de las elecciones. Los titulares probablemente ya los conozcan. Los resultados del barómetro dan al PSOE como partido más votado, aunque necesitaría pactos para gobernar, mientras que la suma de PP, Ciudadanos y Vox no llega a la mayoría absoluta. Más allá de estos titulares, queremos destacar aquí algunas otras claves que nos permiten conocer mejor cómo llegamos a las elecciones del 28A. 

En lo que respecta a la participación electoral, un 76.3% de los encuestados afirman que irán a votar con toda seguridad el 28A. Este dato siempre tiene un componente de deseabilidad social (nos gusta responder que vamos a ir a votar), aunque el modelo de estimación que utiliza el CIS lo reduce solo mínimamente a una participación del 74,8%, lo que estaría por encima de la registrada en las elecciones generales de los últimos años.

En la respuesta a la pregunta sobre participación, no existen diferencias relevantes si analizamos el dato por partidos (gráfico 1). Cruzando la intención de ir a votar por el recuerdo de voto, vemos que apenas hay variaciones. La participación no tiene color partidista. Podemos ver lo mismo si consideramos la pregunta que hace el CIS sobre la probabilidad de votar en las próximas elecciones del 28A en vez de la pregunta directa sobre si el encuestado irá o no a votar. La probabilidad media de todos los encuestados está en torno 80.5%. La probabilidad media entre los principales partidos se mueve muy poco, en torno al 90%. Poco que destacar aquí.

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Infidelidad en las urnas

La lealtad partidista es una valor a la baja. Ya desde la ruptura del bipartidismo hemos visto cada vez con más frecuencia una mayor predisposición de los votantes a cambiar de partido político elección tras elección. Es cierto que con la llegada de Podemos y Ciudadanos en 2014 la deslealtad a los partidos tradicionales no tenía un significado que fuese más allá de ser el mero reflejo de aquella crisis política, es decir, una consecuencia del cambio en el sistema de partidos. Pero hoy, una vez hemos atravesado un cierto período de estabilidad (ni Podemos ni Ciudadanos acabaron siendo un suflé), el significado de la deslealtad –o promiscuidad– partidista no sólo refleja la existencia de una demanda de representación de intereses diversos, difíciles de articular bajo unas mismas siglas, sino también de una intensa competición entre diferentes organizaciones para concitar el apoyo de los electores y para hacerse con un espacio político propio. Hoy el votante promiscuo es un personaje común en el bestiario de nuestro sistema político.

La forma de definir a un votante promiscuo es bien sencilla: se trata de aquel que decide no casarse con un solo partido, sino más bien votar a uno hoy y a otro mañana. Sí existen varias formas de operacionalizar la existencia o no de un votante de este tipo, básicamente basta con fijar dos elecciones consecutivas en el tiempo para confirmar si el votante se ha mantenido o no fiel a una misma formación. Los problemas aparecen en cuanto hay que decidir qué tipos de elecciones consideramos, por ejemplo, si se tratan o no de elecciones del mismo nivel –local, autonómica, nacional, europeas–; o si, en el uso de encuestas, se considera como una infidelidad prácticamente consumada una intención directa de voto a un partido diferente al que se declara haber votado en el pasado.

En ocasiones las encuestas nos permiten explorar con preguntas sencillas y directas el mismo fenómeno. Este es el caso de los últimos barómetros del CIS en los que se pregunta si el encuestado vota siempre o por lo general al mismo partido, o si por el contrario es de las personas que dependiendo de la conveniencia de cada momento vota por un partido u otro, o directamente no vota.[1] Con estos datos presentaré una breve radiografía del votante promiscuos a pocas semanas de las próximas elecciones generales.[2]

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¿Quién vota a Vox?

Un problema que hasta hace poco hemos tenido para decir algo sensato e informado sobre el electorado de Vox es que disponíamos de pocos datos para analizarlos con un poco de sistematicidad. La emergencia de Vox es algo muy reciente, y, a pesar del interés mediático por este partido y del buen resultado cosechado en las pasadas elecciones andaluzas, el número de encuestados que se muestran predispuestos a votar a este nuevo partido sigue siendo pequeño, lo que limita las posibilidades de análisis. Para resolver este problema de muestra, en el ejercicio que presento a continuación uno los dos últimos barómetros disponibles del CIS, el de Enero y el de Febrero. Al disponer de muestras relativamente grandes, gracias a este ejercicio puedo estudiar a algo más de dos centenares de personas que declaran querer votar a Vox en las próximas elecciones generales.

¿Cuál es el perfil socioeconómico de estos votantes? Sabemos, gracias a los análisis ecológicos a partir de los resultados de las elecciones andaluzas y a otros datos de encuesta que un gran porcentaje de ellos procede del electorado del Partido Popular. Pero ¿logran capturar votantes desencantados en otras latitudes ideológicas? ¿En qué medida hay un voto "económico" de descontento en la preferencia por Vox que podría ampliar la base social de la derecha en España? 

El hecho de que Vox se nutra desproporcionalmente de exvotantes del Partido Popular hace que, de manera casi inevitable, su electorado se parezca mucho en términos agregados al del partido del que procede. Así, por regla general, es normal que Vox obtenga sus mejores resultados en aquellos barrios, municipios y regiones en los que el PP era exitoso. Pero este resultado podría ocultar patrones más pequeños en términos numéricos pero más relevantes en términos políticos. Por ejemplo, podría ser que, más allá de este electorado natural, Vox estuviera siendo capaz de atraer a un porcentaje pequeño pero no despreciable de votantes desencantados con la economía y atrayéndolos al campo de la derecha. Esta es, por ejemplo, una de las explicaciones que se han usado para entender el éxito de Trump en Estados Unidos: a Trump le apoyaron sobre todo los votantes republicanos tradicionales (por eso el votante medio de Trump no se diferencia mucho del votante conservador norteamericano), pero además supo atraer a una parte de los votantes blancos de clase baja y poco nivel educativo que en el pasado no votaban al partido republicano, y que pudieron ser decisivos en su victoria. ¿Tenemos evidencia de que Vox esté consiguiendo algo de esto en España?

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Crisis y desigualdades educativas

En un artículo reciente (aquí) hemos analizado cómo la magnitud de la Gran Recesión ha afectado a las expectativas de los estudiantes sobre su futuro y posibilidades en el sistema educativo en 24 países (1). Se atribuye a Kennedy la frase de que una marea que sube hace que se levanten todos los barcos, y es cierto que durante la bonanza económica los estudiantes aspiran a más, mientras que la crisis acorta sus expectativas y hace que se vuelvan menos ambicioso. El problema es que esto sucede, sobre todo, en los hogares con menos recursos. 

El trabajo permite extraer tres conclusiones principales sobre los efectos de la Gran Recesión.

Primera, la crisis deprimió las expectativas medias de los estudiantes de secundaria: controlando por un buen número de factores relevantes, incluyendo los recursos del hogar o el rendimiento educativo, un clima económico adverso hace que los estudiantes crean que progresarán menos en el sistema educativo, es decir, que sus trayectorias educativas serán más reducidas (que en tiempos de crecimiento económico). Aunque la correlación entre expectativas y nivel educativo final conseguido no es perfecta, se considera que en general es una buena aproximación, por lo que podemos pensar que una contracción de la economía se asocia a un logro educativo menor que en situación de bonanza.

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Los nuevos partidos siempre marcan en el descuento

"¡Encuestad hasta el último día!". Este es el mensaje con el que George H. Gallup resumió para sus empresas afiliadas las conclusiones del informe sobre las causas del fracaso de las encuestas que dio pie a la famosa foto del recién elegido presidente Truman sosteniendo el periódico que proclamaba la victoria de su adversario tras las elecciones de 1948. En España es posible hacer encuestas electorales hasta el mismo día de la votación, pero la Ley Orgánica del Régimen Electoral General (LOREG) prohíbe la publicación de sus resultados en los cinco días previos. A pesar de que es legal publicar datos de intención de voto hasta el lunes anterior a la votación, lo habitual en nuestro país ha venido siendo que, salvo excepciones, las últimas encuestas se publiquen el domingo antes de las elecciones con datos recogidos hasta el viernes o el sábado anterior.

En otro post ya señalé los efectos negativos que, en mi opinión, tiene esta prohibición no solo sobre la precisión de las encuestas y su imagen pública, sino también sobre el derecho de la ciudadanía a decidir su voto con la información más completa y actualizada posible. El análisis de los datos disponibles acerca del momento de decisión del voto que presento aquí pone de manifiesto que la información que queda oculta como consecuencia de la prohibición es crucial para hacer estimaciones precisas de los resultados electorales.

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Decreta que algo queda

Durante estos días se está hablando mucho sobre el uso que el gobierno de Pedro Sánchez está dando a la figura del Real Decreto Ley (RDL). Tan es así, que tanto en muchas tertulias radiofónicas -los comentarios de Carlos Alsina en Onda Cero la semana del 4 al 8 de marzo sirven de ejemplo- o columnas en algunos periódicos, se afirma que el ejecutivo abusa de esta figura en niveles nunca vistos. Siguiendo esta línea, el actual candidato del PP, Pablo Casado, ha prometido una ley para que no se utilice dicha medida para hacer campaña electoral.

Del debate público sobre los RDLs sorprende el uso de los términos, del lenguaje. Si un gobierno, del color que sea, comete un abuso es porque, siguiendo la definición de la RAE hace un "uso excesivo, injusto o indebido de algo o de alguien”. El verbo abusar tiene una connotación negativa que, supongo, a nadie le gusta acarrear. Adviertan, además, la connotación de los respectivos adjetivos. Primero, excesivo implica que, en cierta medida, es cuantificable. Segundo, injusto o indebido es que podemos utilizar algún criterio de justicia. Lo justo o no está muy influenciado por nuestra opinión. Y ciertamente esto, opiniones, es lo que hemos estado escuchando estos días.

En esta entrada vamos a ver si, efectivamente, siguiendo el primero de los criterios (lo cuantificable), el gobierno está efectivamente abusando de los RDLs. Así, en teoría, será más fácil justificar nuestra posición normativa aunque algunos ignoren las cifras.

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