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Cuotas de género y corrupción

Los niveles de corrupción en municipios españoles son, desde un punto de vista comparado, bastante notables. Acuerdos ilegales con promotores urbanísticos, comisiones ilegales en la construcción de rotondas faraónicas, favoritismo en la contratación, personal inflado. El recetario de la corrupción municipal en España es tan extenso que rivalizaría con la mismísima Simone Ortega.

Existen dos tipos de estrategias orientadas a combatir o, al menos, reducir los niveles de corrupción política. La primera de ellas es la rendición de cuentas. Esta estrategia asume que todos los políticos pueden ser tentados por la corrupción. La manera de evitar que lo hagan es creando mecanismos de castigo en caso de que decidan hacerlo. El objetivo es que la amenaza de ese castigo haga que los políticos decidan no corromperse porque “ no les merece la pena”. Para que la rendición de cuentas funcione son necesarios (a) Transparencia, es decir, que el político que se corrompe sea detectado, y  (b) que una vez que la información sobre corrupción es conocida, que haya mecanismos de castigo disuasorio, sin sesgos políticos. La segunda estrategia presupone que no todos los políticos son iguales y, por tanto, busca generar mecanismos de selección de la élite política que haga emerger cuadros políticos más honestos y menos propensos a beneficiarse ilegalmente de lo público.

Este artículo pretende contribuir a este segundo tipo de análisis. Nuestro objetivo es analizar si la proporción de mujeres en puestos de representación política tiene un impacto en los niveles de corrupción. Para ello hemos estudiado las consecuencias que ha tenido la implantación de cuotas de género en municipios españoles desde el año 2007.

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Diez reflexiones para evitar el adanismo (y otros males) al hablar de inmigración

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A lo largo de este verano hemos leído y hablado mucho sobre inmigración. Muchos veranos sucede. Y en todos ellos observamos una tendencia al tipo de exceso discursivo que simplifica el problema sin hacer justicia a los matices. Estos excesos también existen en otros ámbitos de debate, aunque quizás en este alcanza cotas desconocidas. Nos gustaría en este post plantear diez reflexiones que buscan –sin pretensiones- matizar y ganar profundidad y favorecer un debate ágil en el que no se sacrifique la rigurosidad.

Se puede tener posiciones extremas al hablar de inmigración (desde ¡inmigración cero! a ¡fronteras abiertas!). Faltaría más. Pero en esta materia, el maximalismo nos conduce a simplificaciones ideológicas y a hablar desde los sentimientos, con el riesgo de pecar de excesos que van desde el odio y el miedo a lo desconocido a la ingenuidadpaternalista, blanca, eurocéntrica y plagada de culpabilidad postcolonial.

El debate sobre la inmigración es más productivo cuando se aleja del maximalismo y se centra en cómo gestionar este fenómeno. Se puede defender posiciones más o menos restrictivas en lo que respecta a la inmigración económica, aceptar flujos de mayor o menor intensidad, tolerar en distinta medida la irregularidad o incluso seleccionar a quienes cruzan nuestra frontera. Cabe la discrepancia. Lo imprescindible es dar respuestas concretas que nos posicionen ante estos retos.

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¿'Efecto Sánchez' en el voto… joven?

Recién cumplidos los primeros 100 días del ejecutivo de Pedro Sánchez, muy lejano parece el tiempo en que Mariano Rajoy copaba, como inquilino de La Moncloa, las portadas de los diarios, y el Partido Popular se mostraba confiado en su capacidad para agotar la legislatura y convocar elecciones generales en 2020.

Un breve repaso por la hemeroteca nos permite recordar como hace tan sólo unos pocos meses, el paisaje político era muy diferente al actual. A finales de mayo, se podían leer titulares en la prensa española como Rajoy salva la legislatura con el apoyo del PNV a los Presupuestoso Sánchez, año I: más cerca de Rajoy por Cataluña y estancado en las encuestas. Entonces, los socialistas, que se habían enfrentado con anterioridad al pronosticado, aunque no cumplido, “sorpasso morado”, temían el anunciado “sorpasso naranja” ante la pujanza de Ciudadanos. En abril, el CIS había situado a la formación naranja en el segundo puesto en estimación de voto, con una ventaja de cuatro décimas sobre el PSOE y a una distancia de menos de dos puntos respecto al PP. Incluso en otras encuestas ( aquí y aquí) publicadas en los medios, Ciudadanos aparecía como la fuerza política que obtendría más votos en unas elecciones generales.  

Pero el inesperado giro de guion que se produjo con la exitosa moción de censura planteada por Pedro Sánchez, también conllevó un repentino y abrupto cambio del clima social. El último barómetro electoral del CIS, cuyo trabajo de campo fue realizado en los primeros diez días de julio, así lo reflejaba. El nuevo papel de Sánchez como Presidente del Gobierno se materializaba en una vertiginosa remontada del PSOE, pasando este partido, en tres meses, de ocupar el tercer al primer puesto en el ranking de voto estimado, con un crecimiento de casi 8 puntos porcentuales respecto al mes de abril. Además, hay que tener en cuenta que, desde abril de 2009, el PSOE no había ostentado, en los registros del CIS,  la condición de partido potencialmente más votado. Por otra parte, el ascenso de los socialistas, iba acompañado de un retroceso, en estimación de voto, del PP, Ciudadanos y Podemos.

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Lecciones suecas

Es difícil predecir qué ocurrirá en la política sueca a partir del lunes, con un parlamento extremadamente fragmentado en el que convivirán 8 partidos: 3 en el centro-izquierda, 4 en el centro derecha, y, además, el partido de extrema derecha, los Demócratas Suecos. Durante los últimos años se han ido alternando una coalición de izquierdas y otra de derechas, ignorando a la ultraderecha. Pero, con los resultados obtenidos por los Demócratas Suecos en las elecciones de este domingo, eso ya no es sostenible.

Pero sí podemos extraer algunas conclusiones de una campaña y unas elecciones ciertamente históricas en Suecia. En un país pionero en tantos aspectos, estos comicios contienen lecciones para el resto de Europa. Los demás deberíamos tomar nota porque, muy probablemente, nos enfrentaremos pronto a retos parecidos:

Lección #1: El votante busca seguridad

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¿De tal palo tal astilla? Las profesiones que más se heredan de padres a hijos en España

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En las sociedades aristocráticas la posición social era directamente heredada por linaje familiar, tradición o propiedad. En las sociedades contemporáneas el lugar que ocupamos en la jerarquía socioeconómica depende menos de la familia o clase social en la que nacemos y más del nivel educativo que alcanzamos. La educación es uno de los factores más valorados en el mercado de trabajo a la hora de acceder a empleos con mayor estabilidad, perspectivas de promoción y sueldo. Por lo tanto, el sistema educativo público es uno de los instrumentos más importantes a la hora de perseguir la igualdad de oportunidades y fomentar la movilidad social.

España ha experimentado grandes cambios desde la transición a la democracia con el surgimiento del estado de bienestar, la implantación de leyes educativas comprensivas y una mayor inversión en gasto social, con la consiguiente expansión del nivel educativo de los españoles. Sin embargo, todavía existen grandes desigualdades por clase social tanto en el riesgo de fracaso escolar como en las posibilidades de cursar estudios universitarios, y estas desigualdades no han cambiado mucho en las últimas décadas.

A pesar de las grandes desigualdades educativas que existen en España, la educación todavía podría cumplir un papel meritocrático si, por ejemplo, dos personas que han alcanzado el mismo título educativo (v.g. una licenciatura o grado en ingeniería) pero que vienen de orígenes familiares dispares (una viene de una familia de clase obrera, su padre es albañil y su madre limpiadora, y la otra de una familia de abogados) consiguieran un empleo y sueldo similar. Al igual que se habla de la brecha de género cuando se comparan los (desiguales) resultados en el mercado de trabajo entre hombres y mujeres con igual nivel educativo y productividad, en este caso podríamos denominarlo como brecha de clase. Este ejemplo sirve para ilustrar el hecho de que las desigualdades sociales no acaban en el sistema educativo, sino que también existen otros canales por los que las familias con más recursos económicos (patrimonio y negocios), sociales (contactos e información privilegiada) y culturales (habilidades no cognitivas como la capacidad de presentación) transmiten ventajas a sus hijos e hijas de generación en generación.

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Los dictadores muertos

Dictadores en Europa (excluida Rusia y Turquía) entre la Primera y Segunda Guerra.

Dictadores, continuación: algunas majestades reales

Dictadores, continuación: algunas majestades reales

Dictadores, continuación: a las puertas de Oriente

Dictadores, continuación: a las puertas de Oriente

El concepto. Llamemos dictadores a los que, habiendo una alternativa razonablemente democrática y constitucional, gobiernan de forma autoritaria, desdeñando la libre competición política y las garantías constitucionales. Lo razonable es considerar dictadores a los posteriores a la Primera Guerra Mundial, cuando la democracia era una posibilidad realizada en muchos lugares. El primer dictador moderno habría sido Lenin, quien disolvió la Asamblea Constituyente en 1918.  Las dictaduras europeas fueron casi todas “de derechas” (y anticomunistas), pero el concepto no lo incluye. Las listas que hay arriba no son totalmente exhaustivas pero nos dan una idea bien definida. (1)

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Después de Franco, el franquismo

En las próximas semanas conoceremos la decisión del Juzgado de lo Contencioso-Administrativo número 23 de Madrid acerca del cambio de nombre de 52 calles con reminiscencias franquistas de la capital. Se trata de un recurso presentado por la Fundación Francisco Franco contra un acuerdo de la Junta de Gobierno del Ayuntamiento de Manuela Carmena adoptado el año pasado en virtud de la ley de Memoria Histórica de 2007. Asimismo, parece ser que los restos del Dictador pueden abandonar por fin el Valle de los Caídos en próximas fechas. Son dos noticias que sin duda concitarán la atención de los medios  y que nos obligan a preguntarnos en qué grado y por qué la simbología franquista sigue presente en muchos lugares públicos de nuestros pueblos y ciudades más de una década después de quedar prohibido por dicha ley.

En mayo de 2018, el entonces gobierno de Mariano Rajoy daba respuesta a una pregunta parlamentaria formulada por el Senador de Compromís Carles Mulet en que se instaba al ejecutivo conservador a conseguir del Instituto Nacional de Estadística (INE) una relación de las calles, plazas o viales de municipios españoles que mantuvieran alguno de los 11 nombres con reminiscencias franquistas recogidos en una lista elaborada por el político castellonense. En el documento de 27 páginas proporcionado por el gobierno, figuraban más de 1200 calles, plazas o viales con esos nombres, siendo con poco más de 300 los casos de José Antonio Primo de Rivera y de Calvo Sotelo (imaginamos que el de José, aunque no se especificaba) los más repetidos. ¿Es ajustado ese cálculo? ¿Son altos o bajos esos números desde un punto de vista legal y sobre todo ético-político? ¿A qué obedece encontrarnos aún en los callejeros nombres asociados a la dictadura franquista? Vayamos por partes.

En primer lugar, hay motivos para sospechar tanto que ese cálculo es exagerado como que se queda muy corto. Por un lado, podríamos pensar que la cifra real de nombres franquistas es menor porque la respuesta del gobierno se basó en los datos del INE y hay muchos casos en que la denominación actual no se corresponde con la que figura en la base de datos de esta institución. Por otro lado, podríamos concluir que el número verdadero es mucho mayor si tenemos en cuenta que el listado solo se refiere a 11 nombres concretos. Pensemos por ejemplo que en toda la Comunidad de Madrid solo aparecen 44 casos mientras que ya en la capital el número de cambios que pretende hacer el consistorio de Ahora Madrid asciende a más de 50.

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Australia: 5 años, 5 primeros ministros

La bahía de Sidney en en una imagen de archivo

Cuando aterricé en Australia en febrero de 2013, lideraba el gobierno la laborista Julia Gillard desde 2010. En 2007, el también laborista Kevin Rudd era el primer ministro. Durante 2009, las encuestas indicaban que Rudd no iba muy bien y los laboristas podían perder las elecciones de 2010. Gillard y varios diputados convocaron un ‘leadership spill’, el mecanismo por el que el liderazgo del grupo parlamentario queda vacante y, por tanto, disponible para que un nuevo líder lo ocupe. Ese fue el caso: en junio de 2010 Gillard derrocó a Rudd y meses después, Gillard se convirtió en la primera Primera Ministra en la historia de Australia. Sobre los ataques que recibió Gillard por parte de los conservadores por el hecho de ser mujer escribí esta entrada en 2013.  

El mandato de Gillard, sin embargo, no fue lo que podamos llamar tranquilo. Dejando de lado las complejidades que entraña gobernar, Gillard tuvo que enfrentarse a tres ‘spills’. El primero lo convocó el propio Rudd en 2012 que seguía como Ministro de Exteriores. Rudd perdió; dejó el gabinete; pero se mantuvo como diputado. El segundo, en marzo de 2013, tampoco prosperó. Pero en el tercero Gillard perdió y Rudd volvió a tomar las riendas del gobierno en junio. En septiembre llegaron las elecciones y los conservadores liderados por Tony Abbot ganaron 90 de los 150 escaños en juego en la Cámara baja. Australia, siguiendo la estela italiana, tuvo tres Primeros Ministros en tres años.

Con esa cómoda mayoría cabría suponer que las dificultades de Abbot serían las habituales que tienen los gobiernos.  Sin embargo, siguiendo el comportamiento de los laboristas en los años anteriores, el fuego amigo no tardó en presentarse. El mandato del gobierno en Australia es de tres años. Abbot entró en septiembre de 2013 y en febrero de 2015, enfrentó su primera votación interna. Igual que Gillard, la superó. Sin embargo, en septiembre, la perdió ante su colega Malcolm Turnbull quien se convertiría así en nuevo líder y primer ministro. Con Turnbull a la cabeza, los liberales llegan a las elecciones de 2016 y las vuelven a ganar aunque por un margen más estrecho que en 2013: 76 de 150. Los laboristas aumentan en 14 escaños y consiguen 69.

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El arrastre de Pedro Sánchez y la cocina del CIS

Efecto de arrastre de las victorias electorales y de la moción de censura. Comparación de la intención directa de voto en los barómetros del CIS posteriores y anteriores a los eventos. (Ver notas en el texto)

El arrastre

El efecto de arrastre de una victoria política o electoral, las caras nuevas, las medidas anunciadas... todo ello tiene un valor en la opinión pública y en el presunto favor de los votantes. El efecto puede ser pasajero, algunos lo llaman incluso luna de miel, y no siempre se manifiesta igual (a veces no se da, todo hay que decirlo). Los especialistas discuten las causas -los perdedores se silencian, la gente cambia de opinión, los poco alineados se movilizan "verbalmente" para sumarse al carro ganador... Otros se rasgan las vestiduras cuando el viento hincha las velas de un ganador que nos es antipático -manipulación, inutilidad de las encuestas, análisis oportunista, estupidez del público... A primera vista, debería llamar la atención hasta de los más partidistas que el fenómeno principal que describe la encuesta es el hundimiento del PP. Lo razonable es atribuirlo al deterioro político de la corrupción, que la sentencia del caso Gürtel y la moción de censura llevaron a la altura de lo insoslayable para la mirada pública. El 17% de los ciudadanos en esta encuesta recuerdan haber votado al PP -lo hizo el 23% del censo- y solo la mitad de ellos piensan -pensaban a comienzos de junio- en volver a votar a ese partido. (*)

Pero eso hoy no nos importa tanto, pues lo que interesa es comparar la magnitud del fenómeno del arrastre de opinión en distintos momentos.  Una buena forma de medirlo es comparar la intención directa de voto a los partidos antes y después del evento: el periodo electoral o, en el caso del último gobierno, la victoria de la moción de censura en el Congreso. Con la intención directa nos podemos olvidar de la llamada cocina de los votos (sobre esto, más al final), pues es el resultado de sumar lo que una muestra representativa de ciudadanos responde a una pregunta abierta sobre a quién votarían si se celebrasen elecciones al día siguiente, sin más. Aunque la medida no sea perfecta, seguramente sea la mejor que tenemos para estudiar la variación en el tiempo (1).

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El progresivo distanciamiento entre PSOE y Ciudadanos

Los principales titulares del barómetro del CIS de Julio dado a conocer ayer son bien conocidos. El PSOE logra ponerse en primer lugar en la estimación de voto gracias sobre todo a la movilización de su electorado, que permanecía apático e indeciso desde la investidura de Rajoy (la intención de voto entre sus votantes de 2016 sube  nada menos que quince puntos respecto de Abril), a un importante aumento de las transferencias desde Podemos y, sobre todo, las confluencias, y a que ha sido capaz de darle la vuelta al fenómeno de la (leve) fuga de votos hacia Ciudadanos durante la crisis catalana: el porcentaje de votantes de Ciudadanos que expresan una voluntad de votar al PSOE es ahora el doble del porcentaje de votantes del PSOE que dicen que optarán por Ciudadanos. Es un barómetro cuya recogida de datos se hizo en un momento especialmente favorable para el partido de Sánchez, lo que explica que la “cocina” del CIS haya tenido que corregir a la baja los extraordinarios resultados obtenidos por el PSOE en los datos brutos.  

Querría sin embargo escribir de un proceso más de medio plazo (sería pretencioso llamarlo de largo), que creo particularmente relevante que para entender las dinámicas de competición política de la actualidad: la progresiva derechización demoscópica de Ciudadanos y su distanciamiento respecto del PSOE desde su plan frustrado de investidura de Pedro Sánchez en 2016. Visto con un poco de perspectiva, esta es una de las principales transformaciones sostenidas en el tiempo desde la aparición del nuevo sistema de partidos. Es supongo muy pronto para dar explicaciones definitivas de este proceso, pero mi hipótesis preferida es que los anclajes ideológicos clásicos (que son “atajos” que ayudan a los individuos a formarse opinión sobre las políticas públicas, actitudes, y prioridades) están más vivos de lo que muchos pensaban, y a los nuevos partidos les resulta difícil obviarlos, aunque sin duda les gustaría. Dicho de otra forma, es complicado sostener en el tiempo bajo un mismo paraguas partidista a votantes de tradiciones ideológicas diferentes.

De acuerdo a esta explicación, a Ciudadanos le estaría ocurriendo algo parecido a lo que le sucedió a Podemos en 2015. Ambos partidos entraron en la competición electoral renegando de las etiquetas izquierda y derecha, en buena medida porque eso limitaba sus opciones de crecimiento en determinados electorados que ellos consideraban susceptibles de atraer a su causa. Durante un tiempo esa estrategia puede funcionar, pero la acción de sus rivales, que obligaron (a Podemos primero, a Ciudadanos después) a posicionarse en cuestiones que hacen difícil acomodar a gente con ideologías diferentes, hace que al final todos acaben con una etiquetas ideológica determinada. Con estas etiquetas, los partidos alienan a parte de tus potenciales votantes, pero hay que recordar que sin ellas sus simpatizantes están perdidos, pues necesitan disponer de unas “guías” que les hagan tener una idea sobre qué es y a qué aspira su partido ante el surgimiento de nuevos temas en la agenda. Vivir sin una marca ideológica es costoso, y quizá imposible. 

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