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¡Alto! Parad ya de matarnos

Equiparar la violencia de género con otro tipo de violencias, como ha hecho la Guardia civil, supone negar la gravedad y el carácter estructural del problema

Todas las violencias están penadas, no hay nadie desprotegido; la Ley integral responde a la realidad de que las mujeres sufrimos agresiones constantes por ser mujeres

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Tuit de la Guardia Civil

Tuit de la Guardia Civil

El tuit de la Guardia Civil equiparando la violencia de género a otras violencias en el hogar ha levantado ampollas. No sólo entre el movimiento feminista, que hemos puesto el grito en el cielo, también entre quiénes llevan año denunciando que la Ley Integral contra la Violencia de Género supone una discriminación por razón sexo. Dicen que los hombres están desprotegidos ante una ley socialista, que fue impulsada por un ‘lobby’ feminista. ¡Cuántos –istas! Ellos no han entendido las disculpas de la Guardia Civil y, mucho menos, qué significa la violencia contra las mujeres. Hay algo en lo que estoy de acuerdo con estos pobres hombres indignados: pedir disculpas no sirve para nada. La benemérita tiene que explicar cómo entiende la violencia de género pues sólo así entenderemos cómo actúan cuando se encuentran ante una caso de violencia.

Hace unos meses conté en Pikara una pésima actuación de la Ertzaintza en la escalera de mi comunidad. Requerimos su presencia al escuchar los gritos de una mujer que había sido agredida por su pareja. Tenía cortes en la mano. Las manchas de sangre estuvieron días en mi escalera. El agresor reconocía haber cortado a su pareja, pero lo justificaba alegando que ella le había robado dinero. La policía, que en los últimos años parece estar erigiéndose en una instancia anterior a la judicial, en que la que se permiten prejuzgar las situaciones ante las que se encuentran, decidió registrar a la mujer antes de llamar a una ambulancia. Ante nuestra queja por su actuación, se defendieron diciendo que la mayoría de las denuncias por violencia de género son falsas y que el problema se agrava en ciertas etnias porque ello les supone beneficios sociales. Xenofobia y misoginia uniformadas en el mismo pack. Al denunciar ante sus mandos superiores lo que habíamos presenciado nos pidieron disculpas avergonzados, prometieron abrir diligencias internas y nos dieron un dato que lo explica todo: no tienen formación en violencia de género. Imparten talleres, de dos horas, a los que los agentes acuden voluntariamente. En la mayoría de los casos, dijeron, su voluntad es no acudir. Las denuncias falsas por violencia de género ya son leyenda urbana. Toni Cantó declaró hace años que era una realidad innegable, pero tuvo que retratarse cuando la Fiscalía General del Estado puso las cifras sobre la mesa: en 2009, por ejemplo, sólo el 0,0096% de las denuncias fueron falsas. Entre todos los delitos que se denuncian, obviamente, hay denuncias falsas. Parece una estupidez exigir al estado que retire las leyes que condenan los robos porque, en algún caso, las denuncias hayan podido ser falsas; pero hay quien cree oportuno derogar la ley contra la violencia de género porque en el 0,0096% de los casos se dan denuncias que no son ciertas.

El problema es que, en 2007, conseguimos que el parlamento aprobase una ley específica para intentar frenar los feminicidios en el Estado español; pero creo que aún no hemos conseguido que la ciudadanía entienda en qué consiste la violencia hacia las mujeres y por qué tenemos que estar más protegidas. Los logros del movimiento feminista en materia de violencia son innegables. Hace sólo una década, la violencia que sufríamos en los hogares se consideraba un asunto privado; los vecinos y las vecinas no lo denunciaban; las mujeres no sabían a dónde acudir y, muchas, quizá igual que ahora, creían que los golpes formaban parte de la idiosincrasia de su relación. Esto ha cambiado, pero aún queda mucho trabajo por hacer. Debemos, además, hacerlo rápido, porque hay quienes están dedicando mucho tiempo y esfuerzo a tirar por la borda todos los avances que hemos logrado.

Los datos son terribles: 20 mujeres asesinadas en los tres meses que llevamos de año y 102 en 2004, según feminicio.net. Estas cifras deberían ser suficientes para que la ciudadanía, al fin, se monje ante este problema social. Desde luego, de momento, no es así. Ustedes sabrán por qué les resulta tan indiferente que nos maten indiscriminadamente. En todo el mundo, pero también en sus ciudades, quizá en su misma comunidad o en su círculo más cercano.

Las mujeres, sólo por hecho de serlo, sufrimos infinidad de violencias. La teoría feminista las ha tipificado. En Pikara hemos hablado de todas ellas en muchas ocasiones. ¿Qué tienen en común estas violencia? Las víctimas somos mujeres. ¡Qué casualidad! En el Glosario Feminista en Lengua de Signos de Pikara podéis encontrar algunas definiciones.

Las violencias que sufrimos las mujeres son estructurales, se anclan en un sistema de organización social que se basa en la desigualdad entre hombres y mujeres. Este sistema se imita también en el hogar. El amor, y el rito del matrimonio, sustentan la idea de que las mujeres formamos parte de las propiedades de los hombres. Primero, de nuestros padres. Después, de nuestros maridos. En ningún caso somos dueñas de nuestras vidas.

En un especial de Pikara Magazine sobre las violencias en parejas de lesbianas, Beatriz Gimeno decía así: “La única manera de combatir esta violencia específica [violencia de género] es combatir sus causas y de ahí la importancia de distinguirla de cualquier otra forma de violencia de las muchas posibles. En el caso español, además, cuando se intenta desde el neomachismo hacer esta equiparación de todas las violencias, se hace con la intención concreta de acabar con la Ley contra la Violencia de Género aprobada por el gobierno socialista en 2004 y que desde su aprobación se convirtió en la bestia negra de todo neomachista que se precie.  Finalmente, al combatir la violencia machista entendiéndola como un tipo particular de violencia lo que se combate es el machismo, de ahí el odio que estos neomachistas (o machistas de toda la vida) sienten contra cualquier medida que reconozca la especificidad de este comportamiento, sus causas, sus consecuencias. Más allá de todos los fallos de la ley (y yo creo que son muchos) lo mejor de la misma es eso: que reconoce la violencia machista como un tipo específico de violencia, distinta a cualquier otra, basada en la desigualdad de poder entre hombres y mujeres”. Uno de los fallos de la ley es que sólo reconoce la especificidad en el ámbito del hogar y las mujeres sufrimos violencias específicas en todos los ámbitos de nuestras vidas.

Todas las violencias están penadas. Si una mujer agrede a un hombre; si una mujer agrede a otra mujer; o si un hombre agrede a otro hombre –esto es, por cierto, muy habitual- la justicia castiga al agresor o a la agresora. No hay nadie desprotegido por la ley. Otra cosa es cómo se apliquen, claro. El discurso machista, que ha aflorado estos días en torno al tuit de la Guardia Civil, intenta disfrazar de justicia social su mensaje. Todos deberíamos ser iguales ante la ley, dicen; pero eso es una falacia. Los estados deben garantizar la igualdad entre su ciudadanía, pero la justicia es dar a cada cual lo que necesita y no dar a todos lo mismo. La igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres no se trata sólo de estar en el mismo punto de partida. Imagínense un pista de atletismo. Un hombre y una mujer en el punto de salida. Ambos pesan 70 kilos y miden 1,75. Dan pequeños saltitos y estiran mientras esperan la señal. 1, 2, 3. Ambos corres por la pista. A ella, mientras corre, alguien desde el público le da el carro de un bebé y bolsas de la compra. Él llega antes. Partían desde el mismo lugar, con las mismas condiciones físicas, pero las cargas son distintas. Sólo es una posible metáfora, una simple imagen para que entiendan que bajo las mismas condiciones materiales, nosotras, aún, no podemos alcanzar las mismas metas. La igualdad formal ante la ley sólo es un paso. El objetivo, una vida libre de violencia. Dejen de matarnos, ya.

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