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ENTREVISTA Arturo Lezcano

“1983 es el año de tres tragedias en Madrid con 400 muertos que se podían haber evitado”

Arturo Lezcano, autor del libro 'Madrid 1983'.

Dos accidentes de avión de consecuencias espantosas. El incendio de la discoteca Alcalá 20 con 82 muertos. 1983 fue un año terrible para Madrid, pero también el despertar cultural y económico de una ciudad que, como el resto de España, tenía ganas de comerse la década y dejar atrás los más grises años setenta, y no sólo por el color de los uniformes de los policías. El año estaba pidiendo un cronista y lo ha encontrado en Arturo Lezcano (Ferrol, 1976). 'Madrid, 1983. Cuando todo se acelera' –editado por Libros del K.O.– es un aviso a los nostálgicos. Los ochenta fueron apasionantes, pero también había días en que era mejor no salir de casa.

¿Cuál es la razón de la elección de ese año, 1983?

La idea inicial del libro nace del accidente de avión de Mejorada del Campo. Yo había hecho en 2018 un podcast sobre ese avión que había centrado en las historias de los escritores latinoamericanos que viajaban en él. Entonces Libros del K.O. se puso en contacto conmigo. A mí me parecía que se hablaba siempre del 82 como año paradigmático, el Mundial, la victoria del PSOE y demás, pero que era realmente en el 83 cuando pasaban todas esas cosas que pasan en el año 1 después de algo. Y en segundo lugar, estaba sin contar desde un punto de vista periodístico.

Fue un año negro en Madrid, al menos con esos dos accidentes de avión y el incendio de la discoteca Alcalá 20, donde hubo 82 muertos.

El final fue tremendo. Si pensamos que en 20 días, porque es 27 de noviembre, 7 de diciembre y 17 de diciembre, hay casi 400 muertos, no sé si se soportaría ahora mismo algo así. Son tres tragedias que de alguna manera se podían haber evitado. Todas tienen un componente que creo que define esos tiempos. La sociedad iba a mil por hora, pero los raíles estaban a medio apuntalar, y literalmente, porque además luego hay otro accidente de metro en la estación de Menéndez Pelayo, el 12 de diciembre, en el que hay 90 heridos y en el que se descubre que el conductor da positivo en heroína.

El segundo accidente de avión y Alcalá 20 son catástrofes que van más allá del error humano. Son errores estructurales de un país que todavía se sostiene con cuatro hilos en cuestiones básicas de seguridad e infraestructuras.

Absolutamente. Eso que dices de los cuatro hilos es tal cual. Alcalá 20 es una cosa que parece imposible hoy. Pensar en todos los materiales de los que estaba hecho, en un sótano con 200 personas, 700 o 500, dependiendo de las versiones. No se sabía ni de dónde salían las licencias. En el choque de aviones de Barajas, hay niebla, pero se descubre que la señalización es defectuosa. No hay luces suficientes. Desde luego, hoy no podría pasar. Y en el caso de Mejorada, sí hay un error humano, pero es más una concatenación de errores humanos. Con los double checks que se hacen en aviación, desde luego hoy sería imposible que sucediera algo así.

Volvemos a lo mismo, es una sociedad a medio hacer. Y además el 83 creo que tiene eso. Entre el 83 y el 86, creo que esos tres años son el período más importante después de la Transición. Son los años que determinan lo que hoy tenemos. Estoy hablando no sólo de cuestiones de infraestructuras, sino del propio Estado.

Alcalá 20 era una discoteca bastante conocida en un sitio muy céntrico. Fue especialmente dramático al no existir las medidas de seguridad más básicas. Hubo una negligencia institucional por parte del Ayuntamiento.

Sí, aunque el Ayuntamiento salió indemne (el concejal de Seguridad fue absuelto en el juicio). El propio Tierno se justificaba diciendo que no había manera de fiscalizar todos los locales. Pero es que va más allá de las licencias. Era realmente algo estructural de los propios locales, hechos con cortinas, revestimientos de madera, escaleras con puntos ciegos, cualquier norma básica de evacuación olvidada, y extintores de aquella manera. Sobre todo, la mayoría de chavales muere asfixiada en medio minuto prácticamente. Lo que se encuentran al escapar al llegar a la puerta del hoy Teatro Alcázar es una puerta de cremallera, esa que también remite a otras tragedias de los años 80. Cierran las puertas. Los que se salvan son los que trabajan allí porque saben que hay una salida lateral a la calle Arlabán, pero nadie informa a nadie.

Hay una lectura interesante que se puede hacer del libro a cuenta de la nostalgia. Esa idea de que antes era todo mejor en España. El libro demuestra que había muchas cosas que funcionaban muy mal.

Los 80 son el paradigma de la nostalgia, pero no creo que porque se viviese mejor que ahora. Para quien lo vivió es una década que marcó a una sociedad que en ese momento tenía un 50% de jóvenes de menos de 30 años. Era una sociedad nueva y todos los que vivieron entonces o los que éramos niños, incluso muchos que aparecen entrevistados ahí, que son los políticos que gobernaban, tenían 30 años. Es ese lugar en el que todos estuvimos y que nos remite a un cambio total, al paso al color y demás. ¿Quiere decir esto que se vivía mejor? Yo no lo creo. Siempre digo que la nostalgia, sin ir a la manida frase de Rilke, al final es un poco a donde todo el mundo quiere volver, incluso los que hayan crecido en situaciones traumáticas.

Esa esperanza que se respiraba en los 80 es comprensible. Ahí no hay un mito falso. Lo que no se puede negar es que fue una época muy difícil política y económicamente para España, sobre todo en la primera mitad de la década.

Muy dura. No es que se tape, pero simplemente se pasa de lado, porque seguramente parece que era un país que estaba en plenitud y es todo lo contrario. Hay un contexto de crisis económica en el año 83 que es brutal. Hay un contexto de violencia política, de inseguridad y violencia urbana. El paro es mayor, pero además no todo el mundo tenía seguro de desempleo. Las infraestructuras de las grandes ciudades están a medio hacer. La reconversión industrial. Todo eso es un contexto durísimo. Creo que el siguiente momento duro antes de 2008 es curiosamente otro año que ojalá alguien utilice para hacer un trabajo periodístico, que es el 93. Y no es casualidad, venimos del 92, otro año paradigmático en un contexto de crisis. Parece que hasta verano no pasa nada. Terminan los Juegos Olímpicos y la Expo y ahí aparece la crisis, como demuestra ese documental que es 'El año del descubrimiento'.

Hay una cierta paradoja. En una ciudad como Madrid, se multiplican las barriadas de chabolas en condiciones infrahumanas. También es cierto que los movimientos sociales en los barrios eran más potentes. En varios barrios populares de Madrid, ese asociacionismo era muy efectivo.

Creo que es un fenómeno político que yo me empeñé mucho en que fuese en el principio del libro. Es desde donde mejor se entiende la dinámica de una ciudad como Madrid. El 83 precisamente también marca el fin, entre comillas, de la lucha vecinal, tal y como la se entendía, por dos factores básicos. El primero, sube la izquierda al poder municipal desde el 79 y el 83 lo refrenda en los ayuntamientos del cambio, incluido Madrid. En la Asamblea de Madrid, manda la izquierda. En los barrios, todo el cinturón del extrarradio, la izquierda. Y realmente se necesitan cuadros. Se necesitan concejales, técnicos, gente que era precisamente la que demandaba los cambios a través de la lucha vecinal.

Por otro lado, parece que al gobernar la izquierda ya no hay que luchar más o ya no hay que elevar tanto la voz. Y además hay un tercer factor. Los barrios están en remodelación, otros están creciendo y, aunque hay muchísimo por hacer, por lo menos ya hay un acoplamiento real de esas capas de la sociedad al resto.

La diferencia con los tiempos actuales está mucho más marcada en el tema de la seguridad. El libro destaca que había 60 atracos al día en Madrid y su periferia. Con la repercusión que tiene siempre el crimen en la televisión, qué estaríamos diciendo ahora si hubiera 60 atracos diarios...

Sería impensable. Y sin embargo, en ese momento la prensa conservadora convierte la reforma Ledesma en una especie de excusa para elevar la voz contra el Gobierno. Lo que se encuentra esa reforma judicial es que para evitar que haya un 90% de presos en prisión preventiva hasta cuatro años, como ocurría en la cárcel de Carabanchel, automáticamente hace que salga mucha gente a la calle. Muchos de ellos vuelven a delinquir y eso es aprovechado por la prensa conservadora para decir que esto es un desmadre.

Toda esa epidemia de robos estaba muy asociada a la droga. ¿Cuál es la situación del consumo de droga y de la respuesta policial en esos años?

Desde el 80, aparece muy rápido la heroína en las calles de manera masiva, no con ese cariz casi experimental y contracultural que tenía a mediados de los 70 por parte de capas medias liberales que viajaban y experimentaban. De repente, inunda calles y barrios. En esos años, los que consumen droga son tratados de una manera que sabemos hoy que no es la más adecuada. No hay respuesta preventiva, ni mucho menos asistencial. En el año 83 hay sólo un centro para drogodependientes en Madrid con miles de personas que están cayendo. En ese momento está asociado a barrios donde precisamente no son las clases más pudientes las que se enganchan.

La policía estaba poco preparada para afrontar un fenómeno delictivo tan grande en tan poco tiempo. En especial, cuando algunas técnicas policiales no pasaban de dar una paliza al detenido, como se hacía en la dictadura.

En el mejor de los casos, porque ya sabemos que existió el caso Nani y otros menos mediáticos a manos de la llamada mafia policial. Volviendo un poco a lo que yo conozco y los muchos años que he pasado en Latinoamérica, si vas a esos países siguen pasando esas cosas de gatillo fácil en las estructuras policiales. Eso empieza a dejar de ocurrir aquí. Ojo, es el año que también empiezan los GAL. Es verdad que la policía inicia en esos años un proceso de modernización. En 1983 todavía se vivían los estertores de la llamada DGS con grupos policiales que se tomaban la justicia por su mano y que desde luego pensaban que todavía estaban en la dictadura. Creo que es muy importante que en el caso de la mafia policial y con el Nani como mascarón de proa, por primera vez la palabra de un policía vale lo mismo que la de un ciudadano, aunque ese ciudadano sea un delincuente o un presunto delincuente. Por primera vez, funcionarios del Estado con uniforme y pistola son sentados en un banquillo y condenados.

Porque había policías que organizaban atracos.

Sí. La mafia consistía en lo siguiente. Antes de consolidarse ese grupo, había uno o varios joyeros que estaban compinchados con delincuentes y les decían dónde y cuándo podían atracar joyerías. Y luego vendían el oro a esos mismos joyeros que actuaban de peristas y que lo vendían para sacar dinero. En una de esas, a un joyero lo detiene la policía y él, en vez de cantar simplemente lo que hacían, termina uniéndose a ese grupo de policías, que lo que hacen es jugar con cartas marcadas. Saben dónde van a estar los delincuentes. Cuando llega el atraco, aparecen allí sorpresivamente. En algunos casos los detienen, en otros casos los matan y además muchas veces se quedan con el botín. Hay una doble recompensa, las medallas que se llevaban por atajar los atracos y en muchos casos lo que se llevaban del botín.

Hay algún caso especialmente inaudito. Varios policías matan de una paliza a otro policía en la Puerta del Sol, nada menos que en la Dirección General de Seguridad (DGS).

Es verdad que se muere de un tema de corazón, pero, claro, lo tienen esposado a un radiador. Esa es una escena de película. Como decía un policía respecto al Nani, también desaparecen los de ETA y nadie dice nada. Pero efectivamente, esto es la demostración palmaria de que todavía aquello estaba podrido de alguna manera. Eran capaces de llevar a un compañero, atarlo a un radiador y que además se muriera allí después de la paliza y de dejarlo con las costillas rotas.

En la política, hay una figura que domina la política madrileña de esos años, que es Enrique Tierno Galván. Su gestión y estilo personal le convierten en casi imbatible. Era una rara avis de la política. ¿Qué es lo que consiguió para que una parte de la derecha madrileña se sintiera un poco enamorada de él?

Confluyen un montón de factores. Primero, efectivamente es una rara avis. Ese año tiene 65 años, aunque parece que tenga más. Él se hacía llamar viejo profesor desde joven, pero en un contexto en el que si coges la foto del primer Gobierno de Felipe, son treintañeros. Si coges el Ayuntamiento sacando a Tierno, igual. Es una figura culta, respetada políticamente desde muchos ámbitos. Por otro lado, hay una contradicción que yo creo que él cultiva. Por el estilo y las formas, hoy, sin ninguna duda, le llamarían populista. Dice a los rockeros: a colocarse y el que no se coloca, al loro. Coge la litrona de uno y bebe. Cuando le hablan de la droga, dice que la droga es mala, pero que el estigma es peor. Se pone del lado de toda esa sociedad jovencísima y culta, se la mete en el bolsillo y también aúna un poco el apoyo de todos.

Con Madrid en los años 80, es inevitable hablar de la movida y su valor simbólico en la ciudad en esa época.

Creo que sí, y sólo el tiempo adecúa lo que cuentas a lo que hay debajo del símbolo. Yo trato de no entrar en la polémica porque ya está tan masticada que no voy a aportar nada nuevo, más allá de lo que me digan unos y otros. En cuanto a qué quedó de la movida, si realmente tenía enjundia o no, tampoco era la intención de ellos en primer lugar y ellos me lo cuentan así. Y segundo, no era una cosa masiva. Lo masivo era el cambio generacional, pero poco tenía que ver eso con los pocos de la movida que andaban por el centro.

Hay una frase que cuenta Ana Curra: "La movida éramos cien". Esa es una idea que han repetido muchos de sus protagonistas.

Lo que sí que creo que marca este año también es el fin del fenómeno de una manera espontánea. Al conquistar todas las instituciones un mismo partido, incluido el Ayuntamiento, la comunidad y el Gobierno, hay un montón de dinero público ideal para instrumentalizar de alguna manera un fenómeno que era espontáneo. Pero recordemos que hasta el año 82-83 nadie llama movida a la movida. El propio libro del Zurdo se llama 'Música moderna'. No aparece el término movida en lo que es la biblia contemporánea del fenómeno.

De todas formas, ellos tenían que luchar con una moralidad imperante en la sociedad. Por ejemplo, hay una frase de Patricia Godes que lo resume. Comenta que entonces "todo estaba mal visto". El espíritu de rebeldía sí era muy real.

Por eso decía que no sé lo que quedó, pero desde luego era un fenómeno necesario. Da igual que no le guste a mucha gente, da igual que fueran hijos de las clases medias o en algunos casos de clases pudientes. Da igual, porque creo que un fenómeno así tiene que ocurrir cuando se abre el tapón del desagüe y todo se desborda. Yo creo que es muy interesante y creo que también lo dice Patricia: nosotros éramos los hermanos pequeños de esa sociedad tan joven. Esta gente decía: mi hermano mayor estudiaba en la universidad en el año 68 o en el 73 y corría delante de los grises. Lo que queremos con 17 años es drogarnos, salir, beber. Hay también una especie no de desencantamiento, pero casi te diría de desideologización respecto a la juventud anterior. Había que desparramar y lo que quedaría seguramente en muchos casos era el cadáver precioso y en otros la constancia de que aquí se rompió todo, y además, lo que decía Tierno, se puso a Madrid en el mapa.

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