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Finales felices

La tendencia a contar historias de personas con discapacidad por parte de personas que no tienen discapacidad es algo notorio

Es un fallo en el enfoque porque se tiende a infantilizar a los protagonistas o a dotarlos de una épica que es del todo exagerada

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fotograma de "Intocable" (2011)

fotograma de "Intocable" (2011)

Hace unos días me volví a topar con la peli de Intocable, a la que tengo especial manía. Sobre todo porque causó un gran impacto en la gente, que salió maravillada de una bonita historia de superación y un canto a la vida. Básicamente lo que cuenta esa película es una elegía a la vida, y a los valores neoliberales de que si quieres puedes. Que es muy bonito, pero pocas veces se cumple, porque dependemos de muchos factores más allá de la voluntad.

Además, qué bonito queda un final feliz y estupendo, que te deja un buen sabor de boca y hace que te vayas con una sonrisa a la cama. Happy Ending que dirían los entendidos. Fueron felices y comieron perdices. Pero esto no estaría mal que se contaran las cosas sin esa necesidad de acabar bien. Porque la vida no siempre acaba bien y porque tampoco lo necesitamos. Estamos acostumbrados a que todas las películas con personas con discapacidad tengan una pátina entre condescendiente y paternalista que apesta. Porque tener una discapacidad no te hace ser menos, ni requiere de empalagamiento.

La tendencia a contar historias de personas con discapacidad por parte de personas que no tienen discapacidad es algo notorio y creo que es un fallo en el enfoque porque se tiende a infantilizar a los protagonistas o a dotarlos de una épica que es del todo exagerada en la mayor parte de las ocasiones. 

Se suele olvidar que una persona con discapacidad no es más ni menos que otra que no la tenga, que sí, que estamos de acuerdo en que hay discapacidades muy grandes que impiden llevar una vida medianamente normal y requieren de cuidados, pero distan mucho de ser como “Intocable”, donde sin pasta, en vez de ser una comedia, sería un drama considerable. Primero porque con pasta todo es más fácil y segundo, nos encantan los finales felices, nos reconcilian con el mundo, por muy devastador que este sea. 

Días de mierda tenemos todos, y temporadas de mierda, pero aprendemos a gestionarlo, o no, pero resulta curioso cómo en esta película se entremezclan factores que hacen que sean un éxito comercial. Lo que no cuenta la película es que, por ejemplo, el cuidador era argelino, no senegalés, y que tenía dos hijas adoptivas, de las que nada se sabe, más allá de una hija caprichosa y malcriada que no pinta mucho en la película.

De hecho, hubo varios artículos en la prensa internacional donde la familia del protagonista de la historia no estaba muy de acuerdo en el enfoque que se le había dado y por supuesto en ese final feliz. Por que la vida no es una película de Disney y las cosas suceden y hay que asumirlas. Y algunas veces uno tiene ánimo y otras veces le gustaría tirarse por un puente porque no ve salida a lo que le está pasando y todas esas reacciones forman parte de la vida. 

Yo le pediría a la gente que escribe historias sobre gente con discapacidad, ya sean novelas o guiones, que opten por no quedarse en el maniqueísmo clásico de “discapacitado bueno, que ha tenido una vida difícil” y que al final le ponemos donde le debería corresponder que es en un final feliz. 

Como dice Zahara en una de sus canciones: “Yo no quiero un final feliz, solo quiero serlo”. Y eso a veces se consigue, y a veces no. Queremos historias que nos representen. No queremos ser el mito de la superación de la adversidad. Somos mucho más que eso. 

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