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Vuelva usted mañana

Aquí estoy, esperando a que me pongan mi tratamiento en el Hospital Clínico de Madrid, uno de los supuestamente punteros de esclerosis múltiple. Una hora después, sigo batalleando para que me pongan un tratamiento que me corresponde. Pero falta un papel

Lo peor de todo fue que se me concediera mi tratamiento como si me hicieran un favor tras otro favor y escucharlo con un tono prepotente y chulesco

Sala de espera en un hospital de Euskadi

Sala de espera en un hospital de Euskadi EFE

Basta que tengas muchos problemas en la vida para que aparezcan nuevos. Cómo si de una fiesta se tratara aparecen nuevos invitados a tu vida, inesperados, molestos, inquietantes.

 Suele decirse que cuando se está en una mala racha viene todo junto. No soy una mística de la vida, pero suele suceder que, en los peores momentos, lejos de ver la luz al final del túnel, te cae un rayo a medio camino. Y te chamusca entera.

Y aquí estoy, esperando a que me pongan mi tratamiento en el Hospital Clínico de Madrid, uno de los supuestamente punteros de esclerosis múltiple. Y aquí estoy una hora después batalleando para que me pongan un tratamiento que me corresponde. Pero falta un papel. Una prescripción, dicen. A pesar de estar citada y autorizada falta un maldito papel. Mi padre que me acompaña mira ojiplático. Se lleva las manos a la cabeza. Yo, que de él algo he sacado, me cabreo y la monto. Pero de momento sin mucho éxito. “Vuelva usted mañana”, me dicen a lo Larra.

 Les digo que no me voy a ir de aquí sin que me den lo mío. Del banco de Chanquete no nos moverán. Les digo a las enfermeras, que son aliadas, que esto no va contra ellas, pero que de aquí no me muevo y que pienso escribir al respecto, que es lo que estoy haciendo ahora mismo. Porque se trata de una negligencia que los pacientes no debemos pagar. Y yo tengo algo de voz para hablar por todos los que no la tienen. Y quizá no llegue a nadie y pase inadvertido, como un suspiro o un aliento o un papel perdido más. Pero hay que intentarlo.

Miro de reojo una bandeja con meriendas preparadas para los pacientes. Supuestamente yo soy una paciente sin el maldito papel. Y paciencia es precisamente lo que se me está agotando. No me dan mi tratamiento, dudo mucho que me den la merienda. Mi padre va a por refuerzos a la máquina expendedora. Me trae chocolate porque entre el disgusto y que no son horas, algo necesito para seguir aguantando aquí. En un lugar que a nadie le aparece estar, pero en el que además no parezco ser bienvenida.

Pasan dos horas más de desconcierto. Llamadas cruzadas, burocracia, y nosotros sin entender nada. Mi tratamiento está en la farmacia y no pueden suministrarlo porque falta un papel. Dicho así parece ridículo, ¿verdad? Es el protocolo, me dicen. La neuróloga de urgencias parece enfadada conmigo, me echa un rapapolvo asegurando que me han hecho un favor tras otro favor. La gota que colma el vaso. Aparece la Wonder Woman algo kamikaze que hay en mi interior y le respondo en plan mitinero. “Esto no es un favor, señora, es un derecho que tenemos los pacientes. No somos idiotas. No nos apetece estar enfermos, es una necesidad y usted trabaja para ayudarnos no para reprendernos”. Tras un momento tenso, decide irse y firmar finalmente el maldito papel haciéndome “un  favor”, que digo yo que si no era tan complicado firmarlo podría haberme ahorrado dos horas y un cabreo. 

Lo peor de todo no fue estar esperando sin saber qué hacer con cara de idiota. Lo peor de todo no fueron los nervios y el cabreo que pasé sin entender por qué era tan difícil algo que parecía tan fácil o obvio. Lo peor de todo fue que se me concediera mi tratamiento como si me hicieran un favor tras otro favor y escucharlo con un tono prepotente, altanero y chulesco.

Todo esto es una experiencia personal, pero tengo entendido que el trato recibido por muchos pacientes tanto en la Comunidad de Madrid como en otras es similar. No estamos en los hospitales por gusto, no vamos porque nos apetezca pasar el día. Hagan su trabajo y si están cabreados por las urgencias y los pocos medios, organícense y luchen, igual que hicimos en las calles para que pudieran mantener sus trabajos y nuestros derechos. Defender una sanidad pública es usarla. No dejen de reclamar, no dejen de luchar por ella. Y a los profesionales de salud pública, darles las gracias infinitas, porque salvo excepciones, han sido grandes compañeros y salvadores durante todos mis años de vida hasta ahora.

Mención especial para las enfermeras, ese colectivo que se da por hecho, que se comen todos o casi todos los marrones, que son cercanas y humanas –por lo general-, que nos cuidan, y también se encuentran en la parte baja de la jerarquía.

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