Un hechizo bajo el microscopio
“Me despierto pensando si hoy te voy a ver. Pero es inútil negarlo, tú me estás atrapando otra vez”. La dependencia que genera el amor es tan poderosa que muchos fans del músico argentino Ariel Rot pensaron que esta canción hablaba de una persona amada, cuando está dedicada a la heroína. La activación de los circuitos cerebrales de la recompensa y la cascada de neurotransmisores que desata el enamoramiento en su fase más volcánica han llevado a los científicos a compararlo con la adicción a sustancias psicotrópicas y, en los casos más extremos, con una enfermedad. La médica colombiana Alma Pineda Terán, por ejemplo, lo etiqueta en un divertido ensayo como “síndrome psico-neuro-inmuno-endocrino catártico hiperafectivo” y describe su cuadro clínico como un “amplio compromiso del lóbulo frontal y del sistema límbico” y múltiples trastornos somáticos y del estado de ánimo.
La literatura científica está plagada de referencias a las moléculas que juegan un papel clave en el enamoramiento, a las áreas del cerebro que se activan cuando nos ponen ante la imagen de la persona amada y a los condicionamientos físicos o genéticos que influyen en el flechazo. Si consideramos estos hallazgos, es legítimo plantearse tres preguntas clave en torno al fenómeno: ¿se podría detectar que alguien está enamorado con un análisis de sangre o un escáner cerebral? ¿Podríamos predecir qué tipo de parejas se van a enamorar? Y, desde una perspectiva cultural y antropológica: ¿es universal la experiencia del amor o es un invento de occidente?
En el camino hacia estas respuestas encontraremos que el amor es una criatura escurridiza.
La “alquimia” del amor
Rememorando el título clásico de Raymond Carver, la primera cuestión es definir “de qué hablamos cuando hablamos del amor”. Las fisiólogas Jaroslava Babková y Gabriela Repiská describen sus efectos en una reciente revisión científica en la que afirman que “la locura momentánea del amor romántico involucra componentes cognitivos, emocionales y conductuales”. Cognitivamente, describen, se caracteriza por “pensamientos intrusivos sobre la pareja, idealización y un fuerte deseo de comprensión mutua”. Emocionalmente implica “sentimientos de atracción, tanto romántica como sexual” y “angustia cuando la relación se ve amenazada”, mientras que, desde el punto de vista del comportamiento, incita a acciones desesperadas de aproximación física.
Como muchas otras fuentes científicas, estas autoras enumeran las moléculas que se disparan durante la fase de enamoramiento pasional. Aunque habla de neuroquímica, la lista nos remite a los tiempos de la brujería y la alquimia, a la receta de un bebedizo que uno se podría tomar y quedar amarrado al instante. Una pizca de cortisol por aquí, unas buenas dosis de serotonina con gotas de dopamina y endorfinas por allá, y el toque justo de testosterona y vasopresina. Si se le añade un buen chorro final de oxitocina, la magia del crush está servida: el corazón se dispara, el sueño se pierde y se activa la dulce obsesión que desvela a la humanidad desde el principio de los tiempos.
Algunos de los componentes de la receta han adquirido mucha notoriedad, como la oxitocina, conocida popularmente como la “hormona del amor”, una especie de pegamento molecular que se activa durante el orgasmo, en el parto y en el vínculo afectivo entre animales. Otras moléculas deben su fama a su asociación con el placer. Es el caso de la dopamina, que estimula el deseo sexual, o las endorfinas, producidas de forma natural por nuestro cuerpo cuando estamos felices junto a alguien. Estas últimas se parecen mucho estructuralmente a la heroína cantada por Ariel Rot.
Determinadas sustancias, como la serotonina, implicada en la memoria, el sueño y el apetito, se han encontrado en los enamorados en niveles similares a los de las personas con trastorno obsesivo-compulsivo, lo que algunos han querido asociar a los pensamientos intrusivos sobre el ser amado. Y el factor de crecimiento nervioso, una proteína esencial en el neurodesarrollo, aparece en niveles mucho más altos en personas que están viviendo las primeras etapas del amor romántico que en aquellas que ya están en una relación estable y duradera, aunque su presencia en un análisis de sangre no sería concluyente, pues se debe a diferentes causas.
Notas sueltas en un concierto
El problema de estas asociaciones es que se han estudiado de manera poco sistematizada y, en su mayoría, en modelos animales. Como dice el neurofisiólogo Xurxo Mariño, a menudo conocemos más sobre las emociones de los ratones de laboratorio que sobre las de las personas. “Los que trabajamos con modelos animales estamos acostumbrados a trabajar con ratones del mismo peso, de la misma edad y casi iguales, pero la humanidad es mucho más variada”, apunta el neurocientífico José Ramón Alonso. “Los investigadores a veces tiran de sus estudiantes, pero ahí tienes a gente en distintos momentos de la vida, con distintas experiencias previas, distintas ideas sobre el amor y distintas culturas”, dice. Por no hablar de que a los estudiantes enamorados no se les puede explorar el cerebro o manipular metabólicamente como hacemos con los animales.
Las limitaciones de estos experimentos son muchas. Como apunta Alonso en su libro El cerebro enamorado, ni siquiera se ha probado que la oxitocina pueda cruzar la barrera hematoencefálica, con lo que no está claro su papel en el conjunto del sistema. Por otro lado, argumenta Xurxo Mariño, la razón por la que ponemos el foco en sustancias como la dopamina es que tienen un efecto muy focalizado y nos permiten hacer experimentos de manera controlada, sin poner en riesgo la vida del sujeto. “Pero si usáramos el glutamato, un neurotransmisor que actúa en prácticamente todos los circuitos del encéfalo, el cerebro del animal colapsaría al instante”, advierte. De modo que, incluso si tuviera un papel relevante, nadie podría poner la etiqueta de molécula del amor a estos neurotransmisores.
Al mismo tiempo, cometemos un profundo error al asignarle a esas moléculas la capacidad de generar estados mentales y comportamientos concretos. “Las sustancias transmisoras son instrumentos de una orquesta sinfónica, participan junto a muchas otras moléculas y mecanismos en producir la música de la mente, por sí mismas no son responsables de ningún estado mental”, asegura Mariño. “La oxitocina o la dopamina son una nota y aquí lo que tenemos es una sinfonía”, recalca Alonso. “Es una interrelación muy compleja, de muchos cientos de moléculas que al final marcan nuestro estado de ánimo, nuestra conducta y nuestra relación con los demás”.
Hacia una cartografía del amor
Si no podemos detectar el amor con un análisis de sangre, quizá lo podría delatar la actividad cerebral. Uno de los estudios más citados en este terreno lo hizo la investigadora Helen Fisher en 2005, quien analizó 2.500 escáneres cerebrales de estudiantes universitarios enamorados mientras miraban fotografías. Cuando entre el carrusel de rostros desconocidos aparecía la imagen de la persona amada, la resonancia magnética funcional mostraba una activación de dos regiones cerebrales de los voluntarios: el núcleo caudado, asociado con la recompensa, y el área tegmental ventral, asociada con el placer.
Desde entonces se han repetido diferentes estudios que parecen alumbrar una cartografía del enamoramiento y apuntan a otras regiones, como el núcleo accumbens y el núcleo hipotalámico paraventricular, pero los resultados son vaporosos. El especialista en neuroimagen Bryan Strange, con años de experiencia en el análisis de este tipo de resonancias, cree que se pueden medir muy bien las respuestas cerebrales a estímulos con un contenido emocional bien definido, como una cara con expresión de miedo, pero es mucho más difícil medir la actividad cerebral asociada con un estado emocional. “Sobre todo si el estado es difícil de definir y hay mucha variabilidad entre personas en la forma de experimentarlo”.
El cerebro está constantemente activado y hay que descartar muchas cosas, añade Manuela Costa, experta en el análisis de imagen cerebral. En el estudio de Fisher, ¿un área cerebral se activa porque el sujeto está viendo una cara conocida o porque es la cara de la persona que ama? ¿Con qué lo comparas? ¿Con alguien sin pareja? “No dudo que con más paradigmas, más tiempo y mejores instrumentos llegaremos a saberlo, pero todavía no estamos ahí”, sostiene.
Sobre las conclusiones que sacamos acerca de la activación de áreas cerebrales y estados de ánimo, a Xurxo Mariño le gusta poner el ejemplo del funcionamiento de una bicicleta. “Si te preguntan cuál es la parte más importante, nadie responde que los pedales”, asegura. “Porque no hay ninguna parte que se encargue ella solita de una función, sino que para rodar se necesita del concurso de muchas regiones”.
La fórmula del emparejamiento
Las pesquisas sobre el amor no se han limitado a lo que sucede en el cerebro. Sobre lo que nos lleva a enamorarnos de unos individuos y no de otros, hay estudios para todos los gustos. Desde trabajos que encuentran una correlación entre los olores y la elección de pareja a los que describen factores genéticos y biológicos que influyen en la decisión. Uno de los más sonados hace referencia a la tendencia a elegir parejas con un sistema de histocompatibilidad diferente al nuestro, lo que ofrecería una ventaja inmunológica a nuestra posible descendencia, al protegerla contra un abanico más amplio de virus o bacterias.
Desde la psicología se han hecho otros experimentos curiosos, algunos de ellos basados en el sistema de citas rápidas, que permiten estudiar la dinámica de la atracción romántica inicial y el desarrollo de las relaciones. Conociendo con antelación las preferencias de los individuos, se puede comprobar a posteriori si hay coincidencia entre sus aspiraciones iniciales y la pareja de la que se enamoran. La respuesta que ofrece este First Dates científico es un rotundo no. “Las preferencias de pareja romántica autodeclaradas por los participantes en la prueba previa no fueron suficientes para predecir quién les gustaba realmente durante y después del evento de citas rápidas”, concluye una de las revisiones.
En lo que se refiere a la predicción, hay una gran diferencia entre la fase del enamoramiento y el amor en su fase de apego, según la psicóloga y sexóloga Laura Morán. “En la parte de la atracción y euforia, la persona proyecta sus ideas sobre el otro y elabora una fantasía, lo que lo hace más impredecible”, asegura la autora de Perfectamente imperfectas, libro en el que ahonda en el mito del amor eterno. Cuando la relación se estabiliza, y pesan más el conocimiento mutuo y la confianza, se pueden desarrollar sistemas como el que ha permitido a John Gottman predecir con más de un 90% de acierto qué parejas seguirán juntas, basándose en los patrones de comunicación. “Pero en lo referente al enamoramiento seguimos bastante perdidos”, reconoce la experta.
Desde una perspectiva más biológica, otros especialistas asumen que el amor es un mecanismo evolutivo con algunos aderezos culturales para perpetuar la especie y que, en general, compartimos este rasgo con otros mamíferos. Según Fisher, tenemos en común la sucesión de esas fases de lujuria, atracción y apego, la montaña rusa que va desde el pico del amor apasionado hasta el valle de la relación a largo plazo. “Esa parte del amor que sucede al final del cuento, cuando la pareja come perdices y son felices y por la que luego nadie se interesa”, apuntilla el neurocientífico Mariano Sigman. Para la psicología evolutiva, el amor no es más que un conjunto de adaptaciones y subproductos que surgieron en algún momento de la historia evolutiva reciente de los humanos. Algunos expertos proponen que los rituales de la fase de enamoramiento cumplen la función de señalizar qué pareja puede ser un buen progenitor y reúne los requisitos para transmitir los genes a las generaciones futuras. Otras especialistas, como Lisa Diamond, sugieren que todo el proceso es una especie de spin-off (lo que en biología se llama exaptación) del vínculo madre-hijo. Los genes que regulaban el vínculo en el amor paterno-filial, argumentan, adoptaron una nueva función e intervienen ahora en el amor por la pareja, como se ha visto en los topillos de las praderas.
Topillos enamorados
Si se trata de un mecanismo compartido con otras especies, la pregunta es obvia: ¿sabemos si los animales se enamoran? “El animal en el que hemos encontrado unos mecanismos cerebrales similares a los del enamoramiento humano son precisamente los topillos”, apunta el biólogo y divulgador Ricardo Moure, autor del libro Sexo salvaje, en el que analiza la increíble variedad de relaciones que se desarrollan en el mundo animal.
“Se ha visto que en ellos están involucrados los circuitos dopaminérgicos, los míticos circuitos de recompensa del cerebro, y también la oxitocina”, asegura Moure. “De modo que quizá sí que puedes decir que hay alguna cierta analogía con el enamoramiento. Otra cosa es cuál será su experiencia subjetiva. Eso no lo sabemos, pero aunque sea más pequeño y con menos corteza, su cerebro tampoco es tan diferente al nuestro. Tal vez su experiencia subjetiva se parezca a la nuestra”.
Resulta contradictorio, sin embargo, que solo un 9% de las especies de mamíferos practiquen la monogamia social, a diferencia de otras criaturas como las aves. Y entre los propios topillos hay divergencias: los de la pradera (Microtus ochrogaster) practican la monogamia social, pero sus primos cercanos, los topillos de la montaña (Microtus montanus) y los de campo (Microtus pennsylvanicus), no forman parejas estables, lo que ha servido a los científicos para llegar más lejos en la comprensión de estos procesos.
En un principio se pensó que la clave estaba en la liberación de sustancias como la oxitocina y la vasopresina, explica Xurxo Mariño en su libro Neuronas para la emoción. Pero ahora sabemos que unos topillos son monógamos y otros promiscuos por algo más sutil: en la superficie de sus neuronas la cantidad de receptores no es igual en ambas especies, de manera que la información que circula por sus respectivas sinapsis tiene efectos diferentes. “Es muy probable que en los seres humanos ocurra algo similar y que muchos de nuestros comportamientos personales más o menos estereotipados se deban a ajustes finos en las sinapsis y no a la cantidad de sustancias transmisoras que se liberan”.
Una herida autoinfligida
Cuando abrimos el marco y tomamos perspectiva sobre lo que significa el amor en otras culturas, los cimientos del amor romántico se tambalean. “Desde la antropología cultural y la sociología, la premisa es que el amor se construye culturalmente”, explica Jordi Roca, catedrático de Antropología de la Universidad Rovira i Virgili. Esto significa que cada sociedad construye una forma de amar, que también cambia a lo largo de su historia. A su juicio, el amor romántico es un invento reciente que se asentó sobre tres principios: la libertad de elección, la perdurabilidad y la fusión del sexo y el amor. Y está en continuo cambio. “Nosotros no amamos igual que amaron nuestros bisabuelos ni como lo harán nuestros nietos”, advierte.
Si hace 200 años hubiéramos preguntado a alguien en Europa si estaba enamorado, apunta el experto, nos habría mirado con extrañeza. El mismo Charles Darwin, que afirmó que “el amor por todas las criaturas vivientes es el más noble atributo del hombre”, hizo una lista para valorar si se casaba o no que hoy nos parecería fría y cerebral. Todavía se conserva el papel donde garabateó “no tener libertad para ir donde quiera” entre los inconvenientes de casarse y el “encanto de la charla informal de mujeres” entre las ventajas. Al final se inclinó por el sí y contrajo matrimonio con su prima Emma.
La universalidad del amor está en discusión y algunos estudios interculturales muestran que la idealización romántica aparece muy poco fuera de la cultura fagocitada por occidente. De hecho, hay idiomas en los que no existen expresiones como “te quiero”. Al ser dinámico, allá donde está bien asentado este modelo de amor romántico también se transforma y aparecen numerosas fórmulas que lo desafían y proponen alternativas, desde las parejas asexuales al poliamor, de los amantes que viven en casas separadas a los “follamigos”.
Roca lleva años estudiando las parejas de carácter binacional, en las que uno de ellos es español y otro no, y ha constatado las diferencias culturales. Una informante le contó el caso de una pareja de La India que estaban muy felices, aunque ellos no se habían conocido directamente. “Se conocieron a través de sus padres, que entraron en una web, una especie de Tinder para padres que buscan pareja de sus hijos, y los emparejaron. Y estaban encantados, porque sus padres habían hecho un trabajo maravilloso”. Diferentes formas de entender el amor en pleno siglo XXI.
Para el antropólogo, “el Amor, así, en singular y en mayúsculas, como un hecho universal, único, atemporal, eterno, inmanente, estático, ahistórico e inamovible, simplemente no existe”. Y cita al escritor francés Rochefoucauld, quien afirmó que “algunas personas jamás se habrían enamorado si no hubiesen sabido que existía tal cosa”. ¿Significa eso que las personas enamoradas viven en una ficción o son víctimas de una herida autoinfligida por sus expectativas culturales y sociales?
A quien “lo probó” y “lo sabe”, todos estos argumentos le resultarán indiferentes. Como apunta Roca, ningún amante desea “encontrar su pasión reflejada en un código que consigne el detalle e incluso el futuro de su delirio”. La ciencia está todavía muy lejos de escribir ese libro de instrucciones; el amor no se detecta en un análisis de sangre ni en un escáner, ni se puede predecir con unas tablas de cálculo. Resignarse a no encontrar una explicación objetiva es, sin embargo, una forma de asumir la narrativa romántica de que el amor es una experiencia inefable que nunca podremos comprender. Y acaso sea la razón secreta por la que este antiguo hechizo se sigue escabullendo bajo el microscopio.
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