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Las Siete Hermanas de Sussex nacieron de un mar tropical lleno de algas que, durante millones de años, se transformaron en los acantilados más blancos de Inglaterra

Los restos marinos acaban formando superficies duras en tierra firme

Héctor Farrés

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Las construcciones naturales no siempre nacen de procesos visibles ni de materiales que se asocien de inmediato con la roca. Algunas formaciones en tierra firme pueden construirse a partir de algas, aunque no lo parezca, porque restos microscópicos acumulados durante millones de años llegan a compactarse y a comportarse como piedra. Ese mecanismo explica por qué superficies duras actuales proceden de organismos blandos, con lo que se rompe la idea de que la vida marina solo deja huellas frágiles.

El proceso requiere tiempo geológico, una gran presión y ausencia de aportes externos que alteren el sedimento, y así se obtiene un material uniforme. Estas dinámicas ayudan a entender paisajes costeros donde la biología antigua actúa como base estructural. Ese contexto permite revisar un caso concreto documentado en la costa del sur de Inglaterra, donde ese origen biológico se vuelve visible en el relieve.

La zona tuvo población, abandono y un intento serio de urbanización

Las Siete Hermanas son una serie de acantilados de tiza blanca en la costa del Canal de la Mancha, cerca de Eastbourne, formados por sedimentos marinos del Cretácico y modelados por procesos de erosión posteriores. El frente costero actual muestra siete crestas separadas por valles secos que descienden hacia el mar. La tiza procede de acumulaciones microscópicas depositadas en un mar cálido y somero. Con el paso del tiempo, esos sedimentos se elevaron y quedaron expuestos.

Un tramo del sur de Inglaterra deja ver ese origen biológico en su relieve

Hasta el siglo XV existió un asentamiento humano en la zona donde hoy se encuentra el centro de visitantes. Exceat fue una aldea pesquera en época sajona y funcionó como base naval bajo el reinado de Alfredo el Grande, antes de quedar abandonada tras un brote de peste bubónica. Solo una piedra de su iglesia recuerda ese núcleo desaparecido.

Ya en 1926 surgió un proyecto inmobiliario que planteaba construir una ciudad sobre los acantilados. La iniciativa provocó la reacción de defensores del paisaje que lograron reunir 17.000 libras en un mes para comprar los terrenos y evitar la urbanización, asegurando su uso público.

Formación geológica de las Siete Hermanas

La base material del conjunto es la tiza, una caliza muy pura formada por restos de cocolitóforos acumulados en el fondo marino durante el Cretácico Superior, hace entre 100 y 84 millones de años. Esos organismos microscópicos generaron un sedimento blanco uniforme que, al compactarse, dio lugar a una roca porosa y blanda.

Tras la sedimentación, los movimientos tectónicos elevaron los estratos y los integraron en la estructura de los South Downs. Durante las glaciaciones del Pleistoceno, el deshielo excavó valles paralelos en la tiza, aunque sin mantener cursos de agua estables. Ese modelado dejó una sucesión de crestas bien definidas.

La tiza se eleva, se erosiona y sigue cambiando con el paso del tiempo

Desde el final de la última glaciación, la subida del nivel del mar ha expuesto la tiza a la acción de las olas y la lluvia. La erosión costera provoca derrumbes frecuentes y un retroceso continuo del frente litoral, con tasas que alcanzan 1,25 metros al año en algunos puntos.

El resultado es una alineación de colinas que alcanza entre 100 y 150 metros de altura y se extiende entre el estuario del Cuckmere y las proximidades de Beachy Head. Parte del entorno forma el Seven Sisters Country Park, integrado a su vez en el South Downs National Park. Senderos perfectamente transitables como el South Downs Way recorren el borde de los acantilados y muestran su perfil ondulado.

El nombre Seven Sisters alude a la apariencia de siete colinas alineadas vistas desde el mar. Entre los relatos locales figura una leyenda que habla de un granjero acomodado de la zona que tenía siete hijas, asociadas simbólicamente a cada una de las crestas, y que habrían muerto durante una tormenta al caer por los acantilados o al ser arrastradas por el mar. Estas narraciones se consideran tardías y carecen de base documental, por lo que el uso del nombre responde sobre todo a la forma del relieve, que sigue cambiando con cada desprendimiento y mantiene activo un paisaje en continua transformación.

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