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Carta a Ernest Lluch

Ojalá te pudiéramos entrevistar y preguntarte por los presos etarras, por el acercamiento y sobre el papel de las víctimas. Pero no podemos preguntarte nada, ni abrazarte, ni reír contigo, porque un terrorista llamado Fernando te disparó en el garaje de tu casa

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Ernest Lluch en abril de 1993

Ernest Lluch en abril de 1993 EFE

Querido Ernest, hace años que quería escribirte esta carta. ETA ha desparecido. Si estuvieras vivo, este fin de semana hubiéramos podido celebrarlo en San Sebastián, en alguno de los restaurantes que tanto te gustaban de cara al mar, como celebramos la tregua del año 98 con Odón Elorza.

Pero ETA te mató el 21 de noviembre del año 2000. Era un martes. El lunes habíamos tenido nuestra tertulia en el programa La Ventana de la SER con Santiago Carrillo y Miguel Herrero de Miñón. Ese día me dijiste en antena que querías vivir hasta los 104 años. Viviste hasta los 63. Recuerdo que llegaste a la radio empapado por la lluvia y fuiste al lavabo a secarte los pantalones. Anna te contó que iba de viaje a Vietnam, pero tú entendiste Viena y le contaste toda la historia de la ciudad. Eras un sabio, sabías de todo y todo te interesaba. Esa noche de lunes me llamaste para contarme cómo te había ido la reunión con la Delegada del Gobierno, García Valdecasas. Temías que te anunciara que eras objetivo de los terroristas, pero no fue así. La Delegada del Gobierno quería recriminarte unos comentarios que hiciste en la radio sobre su padre que a ella le parecieron injustos.

Esa fue nuestra última conversación, el martes te asesinaron. En la manifestación de rechazo por tu muerte me pidieron los políticos que leyera un manifiesto consensuado por los partidos. Al acabar el texto institucional añadí unas palabras que no gustaron a algunos. Sólo dije que tú hubieras intentado dialogar hasta con el que te mató, era tu palabra preferida: diálogo. La cara de José María Aznar, a quien tú llamabas siempre Aznar López, era un poema. Tu hermano Enric llamó al fijo de mi casa a los pocos días para agradecerme esas palabras y para confirmarme que, de haber podido, hasta con el que te mató hubieras intentado hablar, con la íntima esperanza de convencerle de que matar no servía de nada. El que te mató se llamaba Fernando García Jodrá, seguramente es la última cara que viste.

Han sido muchos años de muertes, de gritos, de lloros, de sangre. La noche que te mataron me llamó tu hija Mireia y me invitó a compartir el dolor con la familia en tu casa. Siempre le estaré agradecida por haberme permitido llorar con tus hijas, con tu hermano, con tus amigos. 

Me acuerdo de ti muy a menudo. Cada vez que gana el Barça. Por cierto, este año ha ganado la Liga, de la Champions prefiero no hablarte. Y me acuerdo de ti cuando oigo música clásica, y cuando leo buenas novelas. Y estos días pienso en lo que podrías aportar al relato vasco. Ojalá te pudiéramos entrevistar y preguntarte por los presos etarras, por el acercamiento, y preguntarte sobre el papel de las víctimas. Pero no podemos preguntarte nada, ni abrazarte, ni reír contigo, porque un terrorista llamado Fernando te disparó en el garaje de tu casa.

ETA ha desaparecido, ETA ya no volverá a matar. Pero yo no puedo evitar sentir mucha tristeza por todas las familias que echan de menos a sus muertos.

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