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Carta de una orangutana a Arias Cañete

Un monocultivo no es un bosque a pesar de que las hojas de palma sean verdes. Este tipo de árboles ha quebrado hábitats y dañado biodiversidad de gran valor para el planeta

El 51 % de la importación de aceite de palma a la UE es para el sector del transporte y no para la alimentación.

Orangutanes en Madrid

Orangutanes en Madrid

Hoy me levanté con una sensación muy extraña, un cierto vacío rodeado de fuerza. El día 21 de enero decenas de personas en seis diferentes capitales de la Unión Europea se reunieron causalmente. Todos los grupos tenían un hilo conductor "la reunión de los orangutanes", sus ecos se oían en diferentes idiomas y gritaban: “No más aceite de palma en mi depósito”.

Sí, esta semana Ecologistas en Acción –lo sé porque participé– le presentó al subdirector de la Delegación de la Comisión Europea en Madrid una caja muy pesada. Dentro de ella llevaba más de medio millón de firmas de la ciudadanía que exige parar de quemar el falso “diesel verde” en los miles y miles de coches de la región europea. Bien sabe usted que el 51 % de la importación de aceite de palma a la UE es para el sector del transporte y no para la alimentación. Cuidado que no estamos hablando de hambre: es una alimentación de gula y sin control. Necesidades momentáneas que el capitalismo tan hábilmente produce con magia de miles y miles de consumidoras y consumidores que no se preguntan de dónde viene la materia prima.

Y ya que tengo un espacio donde escribir y muchos datos, me gustaría resaltarle los impactos visibles e invisibilizados que traen consigo las plantaciones de palma aceitera. En los países productores, especialmente los pequeños y medianos agricultores, se han transformado sus sistemas de producción agrícola de subsistencia para la especialización en cultivos intensivos como la palma, la cual depende de los requerimientos del mercado mundial. Puede que no le parezca nada sorprendente porque los países en Europa también han pasado por esto. Solo que aquí voy a ponerle una acotación, a lo largo del tiempo la expansión de las plantaciones ha aumentado en superficie y con ella la concentración de la tierra en manos de pocos. Por ejemplo, Honduras tiene 122,000 hectáreas cultivadas (el 11% de la superficie nacional). El 46% de la tierra está en manos del 1%. El resto, el 35% le pertenece al 96% de los pequeños productores, y el 19% de la tierra la concentra solo el 3%. En Ecuador hay 240.000 hectáreas sembradas de palma y trabajadas por 6.000 productores; de estos el 85% tienen menos de 50 hectáreas de cultivo y el 15% son grandes productores que poseen el 48% de la tierra y además controlan las empresas extractoras y las que finalmente exportan el aceite.

Qué contradictorio es que en una hectárea de tierra –en países como Guatemala o Camerún cinco familias podrían asegurar su alimentación anual– quepan 144 palmas. El acaparamiento de tierra es una realidad y ha llevado a que, cada vez más, pequeños y medianos productores se integren a la cadena productiva de la palma, principalmente a través del crédito o bien como fuerza de trabajo en condiciones de esclavitud moderna [1].

Claro, se me quedó un punto importante colgado, ¿qué es el impacto invisibilizado? Son los cambios de las dinámicas en las relaciones sociales y económicas en el territorio. En un contexto agroindustrial estas zonas llegan a tener una alta conflictividad debido a una expansión caracterizada por la violencia, la corrupción y la expulsión forzosa de pobladores locales, como sucede en Colombia, Guatemala e Indonesia. También develan las desigualdades que existen y que se han profundizado en el sistema de desigualdad de género en términos de acceso, tenencia y control sobre los recursos, inserción en el trabajo productivo; en términos de inseguridad las mujeres son las que mayor riesgo tienen de violaciones y abusos. Me imagino que cree que me voy más por la parte social y emocional, pero esto, señor comisario, no son solo leyendas, es una situación a la que familias, y mujeres principalmente, se enfrentan, y quiebra el tejido comunitario y las culturas ancestrales.

Y bien, le reitero que no es la palma aceitera por sí sola, son los intereses por este monocultivo los que continúan despojando, desplazado y aprisionando a cientos de comunidades rurales, obligándoles a cambiar sus usos de la tierra. Según los datos del último informe de Front Line Defenders, se ha asesinado a 47 defensores y defensoras de la tierra y del medio ambiente en el mundo, el 20% están relacionados con conflictos agroindustriales. En “hotspots” como El Bajo Aguan, en Honduras2, fueron asesinadas 156 personas en la última década debido a la expansión de la palma.

Un monocultivo no es un bosque a pesar de que las hojas de palma sean verdes. Este tipo de árboles, “Elaeis guineensis”, ha quebrado hábitats y dañado biodiversidad de gran valor para el planeta. Entre las víctimas de estos daños a la naturaleza están los orangutanes de Borneo, una especie de primates que comparte con nosotros un 97% de ADN. Vamos, que su bioquímica y algún comportamiento social es muy parecido a los humanos; aunque no en lo referente a su relación con el planeta que compartimos porque ellos no acaban con su propia casa, su selva. En Indonesia más de 100.000 orangutanes han muerto en los últimos 16 años. Un promedio de 17 diarios. Si continúa esta tendencia, su población perderá otros 45.300 animales hasta el año 2050. Y si seguimos hablando del reino animal, tendríamos afectaciones en la diversidad de aves en la Amazonía Occidental; o el ecocidio de peces y otras especies en el río Pasión en Guatemala”.

Ahora hablemos de lo “green and sustainable”. En el año 2009, miré que todavía no andaba paseando por estos lares, la Directiva de Energías Renovables obligó a los estados miembros a cumplir con una cuota de, al menos, un 10% de energías renovables en el sector del transporte, promoviendo el biodiésel como una opción “ecológica, económica y socialmente viable”, especialmente para la lucha contra el cambio climático en los mayores países emisores de GEI. El diesel comercializado en Europa tiene mezclado un porcentaje de hasta el 7% de biodiésel, y en el caso de España el 83% del aceite de palma importado se usa para producir este biocombustible.

El día de la acción que le comenté anteriormente, una violinista enredaba sus cuerdas para explicarnos con música el sentir de los orangutanes, sobre sus pies tenía un cartel que decía: “La selva es su casa”, y yo le respondí que la de todas también. Las selvas son pulmones de la tierra, ya que captan carbono y aportan oxígeno. Sin embargo, el incremento de la deforestación y los cambios de uso de suelo para la producción de monocultivos como la palma o la soja han tenido un efecto contrario para mitigar el cambio climático o mejor dicho para cumplir los compromisos de los Estados miembros de la UE. Se ha demostrado que el biodiésel de palma, como el de soja, produce más emisiones de gases de efecto invernadero que el diésel fósil. En concreto, tres veces más el de palma y dos veces más el de soja. Paradoja, ¿no?

Imagino que lo sabe o le sonará familiar, pero todos esos datos sociales y técnicos que le he mencionado no son solo números, tienen nombres propios, memoria y en algunos lugares leyendas que forman parte de la riqueza cultural de comunidades autóctonas que han vivido en conexión con su entorno.

Por tanto, en sus manos está que el 1 de febrero, en un acto delegado, establezca criterios reales y científicos para cumplir los compromisos asumidos por el Parlamento y los gobiernos de la UE, estableciendo que los biocombustibles, como el de aceite de palma y de soja, no puedan crecer por encima de los niveles de consumo de cada país en 2019 y disminuyan gradualmente a partir de 2023 hasta alcanzar el 0% en 2030, ya que estas oleaginosas son las que más relación tienen con emisiones por cambios de uso de la tierra.

Como bien le dijo usted a un periódico el 17 de enero, “la transición energética debe ser ordenada, progresiva y socialmente justa porque, si los ciudadanos no se convierten en protagonistas de la transición energética, no conseguiremos ningún resultado”. Yo aquí le insto que para esto sea un compromiso real por cambiar. Es por ello, que los criterios del acto delegado deben ser claros, sólidos y exigibles (como aumentos de rendimiento o tierras abandonadas que no se usan para cultivos) que podrían garantizar que estos cultivos no causen más deforestación y desplazamiento de otros usos, como los alimentos.

Comisario, este tema es delicado y de suma urgencia. No es de ese color verde que entra fácilmente en la Directiva de Renovables (DERII). El aceite de palma y la soja no mitigan o acaban con el gran problema del cambio climático; ni hacen una matriz energética renovable y verde. Tampoco sacan de la pobreza a la gente, ni promueven el desarrollo local de los países productores. Por el momento, me costaría etiquetar un Aceite de Palma sostenible cuando todavía sus estándares distan de la realidad, en términos de datos e historias.

Yo me mantengo en mi posición de que no se deben pintar las cosas en verde, sino que se deben dejar verdes, como lo son las selvas y los bosques. Mi deber y derecho es decirle como las 600.000 firmas ciudadanas recogidas hasta este momento por la campaña #NotInMyTank (#NoEnMiDepósito en España) que no queremos aceite de palma en el sector del transporte.

Atentamente, una orangutana perdida en las calles de Madrid.

1 La población trabajadora no cuentan con contratos, ni libertad de organización y mucho menos con prestaciones sociales como la salud pese a que muchas de sus actividades, al manipular químicos o herramientas sin protección, representan un alto riesgo para su integridad física.

2 El 46% de la producción de palma en el 2017 se destinó a Europa.

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