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Cunetas y trincheras

Federico pertenece a los de abajo, a los hijos y nietos de los que perdieron la guerra civil; los de abajo, sí, los mismos que buscamos entre las cunetas los restos de la dignidad

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Federico García Lorca EFE

Hubo un tiempo en el que me avergonzaba ser español. Me daba lache -que en caló quiere decir vergüenza- pertenecer a un país donde los verdugos que habían matado al mejor poeta del mundo siguieran impunes.

En una ocasión, durante un viaje por las geografías del sur y llegando a la ciudad de Granada, me baje del coche para aliviar la vejiga. Pero me dio tanto reparo ponerme a humedecer la cuneta que utilicé una lata oxidada de melocotón en almíbar, encontrada por allí cerca. Sobra decir que lo hice por respeto, por si de estas cosas el cuerpo de Federico estuviese enterrado bajo aquella cuneta sembrada de cardos y de basura.

Porque el poeta Federico García Lorca forma parte de nuestro inconsciente colectivo y cuando escribo “nuestro” no escribo una palabra sino un hecho y con ello me refiero a  que Federico pertenece a los de abajo, a los hijos y nietos de los que perdieron la guerra civil; los de abajo, sí, los mismos que buscamos entre las cunetas los restos de la dignidad.

Para nosotros -y contra la casta-  escribió Lorca de manera premonitoria sus poemas más oscuros, contenidos en Poeta en Nueva York; versos con los que construye la crítica a un sistema despiadado que, cuando entra en crisis, da lugar al totalitarismo. 

Parafraseando a Lorca, y como nunca es tarde para seguir esperando a que el mar recuerde, de pronto, el nombre de sus ahogados, se ha promovido la iniciativa para celebrar a Lorca con el Nobel de Literatura; no ya por ser un homenaje  que la memoria rinde a uno de los poetas más grandes que dio la tierra, sino para que el mundo entero sepa que en este país hubo un día gente de bien que fue asesinada por el fascismo y cuyos restos aún permanecen enterrados entre la sangre y la orina de las cunetas.  Mientras tanto, los herederos de aquellos verdugos siguen riéndose delante de nuestras propias narices con la impunidad que otorga el haber ganado una guerra que ellos mismos provocaron con un golpe de Estado.

Son los mismos que aprovechan cualquier momento para hacerse notar como lo que son: herederos del franquismo aunque reciclados en demócratas y que nombran a Lorca con la boca chica de la vergüenza. La misma vergüenza que nos hacen sentir a los de abajo cada vez que toca nombrar el país al que pertenecemos.

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