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Decodificando el veganismo

El sueño ecologista vegano de adaptar toda la tierra que utilizamos actualmente para el consumo humano sería cuando menos cuestionable

Foto: Wkimedia Commons

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Llevo cierto tiempo observando un progresivo incremento en el grado de intolerancia con relación a los alimentos y las dietas. Respeto el veganismo, y, sin embargo, aparentemente una especie de "fascismo" vegano está emergiendo y, si no sigues su camino, entonces o eres tonto o simplemente cruel. Pues bien, ser intolerante es una cualidad que se asocia al fascista, ser vegano no. Esta afirmación, aunque pueda parecerte una bobada, sin embargo me permite captar tu atención y dirigir este artículo hacia la idea central del mismo, que no es otro que el análisis del impacto económico que la irrupción del veganismo podría tener en nuestra sociedad.

Pensemos por un momento, ¿cuántos recursos podríamos ahorrar en el mundo si la gente comiera menos carne? Un Informe reciente de la Oxford Martin School sobre el futuro de los alimentos estima que los cambios en las dietas podrían ahorrar hasta mil millones de dólares por año en atención médica. Para 2050 se estima que se podrían evitar 8, 1 millones de muertes al año si seguimos las pautas alimenticias veganas. Además, el mismo informe afirma que una adopción generalizada del veganismo podría reducir las emisiones de gases a la atmósfera en casi un 70%. Por otro lado, se liberarían tierras agrícolas para otros usos, ya que casi el 80% de las tierras de cultivo del mundo se dedica a la cría de animales. Una dieta basada en plantas reduciría el uso de la tierra para la agricultura en un 76%. Las cifras parecen contundentes ¿verdad? entonces ¿por qué no somos todos veganos ya?

Como persona que se preocupa por el medio ambiente y el bienestar animal, muchas veces resulta irritante observar la superioridad moral con la que una parte de los veganos manifiestan su convencimiento de ser más responsables con el medio ambiente que la mayoría omnívora. Sin embargo, y volviendo a las cifras masivas anteriormente citadas, me atrevería a decir que éstas podrían ser engañosas. Su argumento se centra en la idea de que si el sistema de producción agrícola se adaptara a un consumo vegano, se reducirían las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera y se reduciría el consumo de muchas materias primas valiosas como por ejemplo, el agua. Si bien este razonamiento en teoría resulta plausible, bajo mi punto de vista, en la práctica equivaldría a una transición económica muy costosa hacia un paradigma social completamente nuevo.

Lo que muchos activistas veganos ignoran es que, si bien los cultivos para el ganado ocupan una gran parte de las tierras de cultivo en los países desarrollados, estos también representan una parte esencial del ciclo de producción agrícola. Consideremos lo que sucedería, por ejemplo, si convirtiésemos la totalidad de nuestras economías occidentales a un paradigma vegano en los próximos años. Tomemos la producción de trigo por ejemplo: cosechamos trigo y consumimos los granos en forma de pan principalmente, pero luego están los productos de desecho y subproductos, y estos subproductos no se podrían comercializar para consumo humano y tampoco se podrían reaprovechar por otros sectores de la economía, a excepción de la ganadería, mediante su transformación en piensos. Por lo tanto, no habría forma de recuperar todos los costes inherentes a la producción de trigo y la industria del sector tendría que hacer frente a un importante riesgo de inflación. La única solución para deshacerse del exceso de productos de desecho sería quemando éste como biomasa, y por tanto aumentando de ese modo las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera. En última instancia también podríamos dejar que se descompusieran, lo que produciría aún más emisiones de metano y CO2. El sueño ecologista vegano de adaptar toda la tierra que utilizamos actualmente para el consumo humano sería cuanto menos cuestionable.

Finalmente, no podemos ignorar el fenómeno económico conocido como efecto rebote o paradoja de Jevons, llamada así por el economista inglés del siglo XIX William Stanley Jevons, quien descubrió que el aumento de la eficiencia energética conducía a una mayor demanda. En otras palabras, cuanto más eficientes somos, más barato se vuelve el consumo, y en una economía globalizada basada en un crecimiento sin fin, si más consumimos más desperdiciamos, por lo que en última instancia el medio ambiente siempre está en el extremo perdedor de este proceso.  Hoy en día, ese efecto rebote se puede observar en todos los sectores económicos, ya que las ganancias obtenidas debido a una mayor eficiencia se vuelven a utilizar para impulsar un mayor crecimiento. Mejorar la eficiencia siempre implicaría mantener y de hecho expandir la producción para satisfacer la creciente demanda. Por ejemplo, la mayor eficiencia de los aviones, automóviles y dispositivos electrónicos se ve compensada inmediatamente por precios más baratos, lo que resulta en un aumento de la demanda y, en última instancia, un mayor consumo de energía y recursos.

Por todo lo anterior, el capitalismo orientado al crecimiento le presentará el veganismo como una práctica loable que refleja sus valores y beneficia a su salud, pero lo que nunca le contará es la historia completa sobre las consecuencias económicas y sociales actuales y a largo plazo del veganismo industrial. Como conclusión, la cuestión sobre esta disputa se resolverá por principios de libre mercado, siendo la demanda de los consumidores la que dicte si el actual auge vegano tiene los días contados o si, como parece, ha llegado para quedarse. Dicho lo cual, no me gustaría finalizar este artículo sin antes recordar que en el caso del veganismo, como en muchos otros aspectos de la vida, los extremos nunca son aconsejables.

Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión del/la autor/a y esta no compromete a ninguna de las organizaciones con las que colabora.

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