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Greta es solo un dedo

Greta es solo un dedo y si se ocupan de machacarlo es por si a muchos se les ocurre levantar la vista y mirar en la dirección que apunta

Ahora somos una civilización global y desigual que comparte un mismo planeta agonizante y atormentado, al que hemos torturado hasta el extremo en apenas un siglo, pero no todos hemos disfrutado por igual de los beneficios de esta destrucción anunciada

La ONU dará la bienvenida a la activista Greta Thunberg con una "flotilla"

EFE

"He visto la gran marcha del hambre (...) Un cielo caliente, una tierra caliente, un sol caliente (...) El Gran Cataclismo perduró medio siglo y la población mundial cayó de 8.300 millones a 3.500 ¡Piénselo!"

Cixin Liu. El bosque oscuro

Greta no es importante. Greta es solo un dedo y si se ocupan de machacarlo es por si a muchos se les ocurre levantar la vista y mirar en la dirección que apunta.

Greta no es importante en tanto que solo es un símbolo y, además, un símbolo que despierta el entusiasmo de unas masas que no tienen ninguna posibilidad real de acabar con el más grave problema al que se enfrenta la humanidad. Eso sí, son unas masas que están llamadas a pagarlo primero y a sufrirlo después.

Somos los de siempre. Los paganos de la avaricia que desató la crisis, los primeros que sufriremos la pérdida de hogares, cosechas, territorios y hambrunas derivadas del colapso ecológico y, además, los consumidores que vamos a llenar de nuevo sus bolsillos pagando de los nuestros sus nuevas líneas de productos ecológicos, su cadena de producción falsamente verde, su lazo de salvación adornando el yugo de consumo. Mientras muchos de los políticos que defienden los intereses del capital intentan ridiculizar no solo a Greta sino a todo el movimiento de lucha contra el colapso climático, los mismos que antes lo negaban, los ricos del mundo, los que se han secesionado ya del resto de la humanidad buscan con más o menos impostura su propia solución.

Los medios nos van ofreciendo cada día pequeñas píldoras de esos movimientos, que pasan desapercibidas a veces por lo excéntricas que resultan, pero así vamos conociendo como los ultra ricos de Silicon Valley compran búnkeres de lujo en Nueva Zelanda, son los llamados preparacionistas, que preservan sus bienes más preciados en lugares blindados capaces de soportar fenómenos climatológicos extremos. Es más, no es posible aún, pero todos sabemos que en caso de no quedar esperanza sobre la Tierra, serían ellos los que saldrían en naves a buscar dónde sobrevivir.

El problema es acuciante y complejo y no admite soluciones simples ni soportadas por unas clases únicas o por unos países en solitario. Por eso el grito de Greta es necesario pero resulta insuficiente y resulta, si me permiten, infantil. Entiendo el grito de los jóvenes exigiendo a sus mayores que les entreguen un planeta habitable, entiendo que se movilicen y que protesten, pero estoy muy segura de que ellos, igual que sus mayores, piensan que eso puede hacerse sin renunciar en realidad a lo que encuentran esencial y sin cambiar el estilo de vida y el sistema económico. Eso es ingenuo y, por otra parte, vacuo.

El problema es gravísimo pero sería necesario implicar todo un cambio de filosofía de nuestra civilización para alterarlo. Un cambio de filosofía, de valores, de principios, de forma de estar en el mundo, de entender el sentido de la vida humana y de reformular los términos de la felicidad que es prácticamente imposible que consigamos. Ninguna de las extintas civilizaciones decadentes lo logró aun a la vista del abismo en el que se precipitaban. Ahora somos una civilización global y desigual que comparte un mismo planeta agonizante y atormentado, al que hemos torturado hasta el extremo en apenas un siglo, pero no todos hemos disfrutado por igual de los beneficios de esta destrucción anunciada.

Por eso cuando Greta habla de las nuevas generaciones que exigen a sus mayores terminar con las emisiones, con los plásticos, con los combustibles sólidos, yo no sé si puede hablar por boca de los chicos y chicas de su edad que esperan una oportunidad en la India, la China profunda o algún lugar de África. Los términos de este combate final de la humanidad no pueden ser escritos sino en términos de Justicia Climática y es una Justicia compleja de hacer, que incluye muchos condicionamientos éticos y políticos, más allá de los puramente ambientales o ecológicos.

La tierra, el clima, la atmósfera, los bosques son un bien común de la humanidad. Es posible que esta sea una de las cuestiones que no entienden los neoliberales ocupados de cerrar fronteras prometiendo preservarnos, como los millonarios en sus búnkeres, de las primeras plagas y las primeras víctimas de este apocalipsis global. Las primeras víctimas son los refugiados y contra ellos ya han iniciado la batalla, pero vendrán más. Quizá por eso, porque no reconocen la propiedad común de la raza humana de los recursos y el planeta, es por lo que un tipo como el alcalde de Madrid piensa que es más importante una catedral, un edificio por más bello que sea, que la Amazonía. En una destrucción de ese calado ¿en virtud de qué pueden blindarse las fronteras de los lugares que resulten habitables? Según el Foro Económico Mundial la quiebra de la capacidad de producción mundial por el clima, las hambrunas, la falta de agua, el esquilmado de los mares y otras son algunas de las posibles causas de conflictos y guerras en el futuro.

Greta nos pide solidaridad intergeneracional y este es uno de los problemas que afectan a este inmenso puzzle que es la Justicia Climática. Las generaciones que detentan el poder y el capital, las que disfrutan de su estatus de vida, no se consideran amenazadas por algo que estiman que no llegarán a sufrir. Hay que hacer justicia pues a los que aún no controlan el mundo, pero lo harán algún día, pero también a los países que están en localizaciones que sufrirán más pronto los desastres, a las clases sociales que están menos preparadas para afrontar las consecuencias que ya sufrimos -y la pobreza energética es una muestra de nuestra diferente respuesta al frío y al calor extremos- y también entre los propios territorios más amenazados, ya que en España es preciso establecer solidaridad y justicia con los territorios que sufrirán los desastres meteorológicos mayores. Ya lo estamos viendo, y también la desertización y la pérdida de cosechas y de riqueza.

No se si olvida Greta, que es una nórdica, que también es preciso apreciar que el desplazamiento de la zona de confort climático hacia el norte, abre muchas posibilidades nuevas de riqueza a los países hasta ahora limitados por el hielo y las bajas temperaturas. Islandia, Noruega, Groenlandia y Rusia se preparan para nuevos cultivos y nuevas oportunidades de negocio. Es preciso establecer Justicia Climática también porque los intereses son muy diversos y porque lo que va a perjudicar gravemente a los países africanos o incluso a España va mejorar su calidad de vida y sus posibilidades económicas muy pronto.

También hay una indudable desigualdad histórica entre los países que provocaron en mayor medida el desastre, puesto que llevamos mucho más tiempo contaminando y viviendo mejor gracias a los frutos de esa contaminación, y los países menos desarrollados que comenzaron su crecimiento hace poco y se han convertido actualmente en los más contaminantes. Sus dirigentes, y ellos mismos, se preguntan por qué deben ser ellos ahora los que cedan y se estanquen mientras que los países de la OCDE ya alcanzaron esos estándares a base de machacar el planeta.

No hay controversia ya respecto al cambio climático, sólo respecto a los criterios de justicia sobre los que se toman las decisiones.

El mercado todopoderoso y eficiente que todo lo resuelve con su lógica implacable no sólo no va a resolver este gran cataclismo sino que lo ha provocado. La solución debe ser política y ética.

Greta es solo el dedo...

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