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El caos como apuesta para el nuevo Oriente Medio

¿A quién beneficia lo que ocurre?, es la pregunta que debemos hacernos en cualquier análisis de una realidad. ¿A quién beneficia la radicalización y el yihadismo en Oriente Medio?

Arabia Saudí emplea armas estadounidenses en sus intervenciones en países... también árabes.

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Ciudad Vieja de Saná, capital de Yemen /Foto: Olga Rodríguez, 2010

Ciudad Vieja de Saná, capital de Yemen /Foto: Olga Rodríguez, 2010

La crisis europea, la corrupción en el seno de algunos Gobiernos de nuestro continente, el aumento de la desigualdad y de la pobreza nos dejan poco espacio para prestar atención a lo que ocurre en Oriente Medio. Y, sin embargo, deberíamos tener un ojo siempre puesto en la región vecina, pues en ella se viven algunos de los acontecimientos más convulsos de su ya de por sí agitada historia reciente, y en ellos participan e influyen, de un modo u otro, países occidentales.

Las alianzas tejidas en Oriente Medio son cada vez más complejas y enrevesadas. Siria, Libia, Yemen e Irak son los cuatro puntos más calientes. Libia es un territorio caótico en el que las fuerzas aliadas de la OTAN introdujeron armas y permitieron el descontrol durante su lucha contra el gobierno de Gadafi en 2011. No era dificil adivinar -y así lo advertimos muchos en diversos artículos o libros- que el reparto de armas entre grupos radicales, la intervención de ejércitos extranjeros y las luchas por el poder surgidas a raíz de la caída del régimen de Gadafi fueran a extender el caos y el belicismo más allá de las fronteras libias.

Irak representa el principio de esta nueva tragedia en la región. Desde la invasión y ocupación ilegal del país en 2003 el territorio iraquí se ha convertido en un infierno. El Ejército estadounidense ocupó territorios, allanó casas, humilló a familias, torturó a presos, arrestó a miles de inocentes, permitió los saqueos y el caos, y de hecho hizo de ello, del caos, su estrategia política para la región. Las consecuencias de la mal llamada guerra de Irak no son producto de errores militares y políticos, sino el resultado buscado en una región que, cuanto más débil y caótica sea, más controlable resultará para las potencias que quieren seguir aprovechándose de ella.

Aunque en los últimos años Occidente ha querido mirar más a Asia, lo cierto es que en Oriente Medio se siguen midiendo pulsos, marcando poderes, controlando bases militares y extrayendo petróleo. Su estratégica situación geográfica, entre Asia y Europa -imprescindible lugar de paso para gaseoductos y oleoductos- su riqueza en materias como el oro negro y el gas, la presencia en ella de bases militares clave, su cercanía geográfica con Rusia y China, la composición de su sociedades, llamativamente jóvenes, y la existencia en ella de un país como Israel mantienen esta zona como un perpétuo tablero de ajedrez que demasiado a menudo se transforma en campo de batalla abierta.

Sería un error simplificar análisis concluyendo que lo que ocurre en la actualidad es consecuencia de las revueltas en varios países árabes en 2011. Aquello fue, en varios casos, un genuino intento de irrupción social por parte de sectores que reclamaron pan, libertad y justicia social en naciones marcadas por políticas dictatoriales, injerencias extranjeras, medidas económicas impuestas por organismos internacionales ajenos a los intereses de estas sociedades y expolios causados primero por el colonialismo y después por el neocolonialismo. Pero rápidamente esas revueltas fueron secuestradas o reconducidas por actores interesados en mantener el statu quo anterior o, incluso, en aprovechar la situación a su favor para hacerse con más cuotas de influencia y poder en la región.

Es el caso de Arabia Saudí, aliado de Estados Unidos desde hace décadas. La monarquía absolutista de Riad no ha dudado en extender sus tentáculos en Siria, Irak, Egipto o Yemen, con el objetivo de aplastar revueltas, controlar gobiernos y marcar influencia, sin importarle para ello apoyar a grupos fundamentalistas y distribuir armas entre combatientes radicales.

¿A quién beneficia lo que ocurre?, es la pregunta que debemos hacernos en cualquier análisis de una realidad. ¿A quién beneficia la radicalización y el yihadismo en Oriente Medio? A las dictaduras árabes. A quienes en nombre de la seguridad están dispuestos a sacrificar la posibilidad de libertad, democracia e independencia de los países de la región. Beneficia a las potencias extranjeras necesitan justificar sus intervenciones militares y sus injerencias políticas. Beneficia a quienes temen un Oriente Medio libre y democrático, con naciones árabes y musulmanas unidas trabajando por su bien común. Como suele decir un amigo palestino que vive en los territorios ocupados, “cada vez que Al Qaeda instrumentaliza nuestra causa hablando de Palestina, nos está disparando en la cabeza”.

Los países del Golfo han financiado a grupos fundamentalistas en Libia, Irak y Yemen, a milicias yihadistas enfrentadas en Siria y al sector golpista en Egipto. Arabia Saudí y Emiratos enviaron tropas a Bahrein para aplastar a los manifestantes que exigían libertad en las revueltas de 2011. Arabia Saudí contribuyó activamente a la represión de los Hermanos Musulmanes en Egipto pero ahora busca su alianza en Yemen. Estados Unidos permite la actuación de Irán en su lucha contra el Estado Islámico en Irak pero se posiciona a favor de Arabia Saudí en Yemen -facilitando armas a Riad- en su lucha contra las milicias hutíes que reciben aliento de Teherán. En cuanto a Siria, Washington ha jugado a mantener un peligroso equilibrio consistente en evitar el exceso de poder de los bandos implicados, para que nadie gane, para que todos se desgasten.

Por más guerras y contradictorios juegos de alianzas que se tejan, lo cierto es que el recorrido lógico -e inevitable, si no fuera por la contumaz apuesta por el caos de las potencias involucradas- en Oriente Medio exigiría dos medidas urgentes: la ruptura de las alianzas clave de Occidente con países como Arabia Saudí y el fin de la ocupación israelí de los territorios palestinos. Las negociaciones en Lausana de Estados Unidos con Irán -en las que han participado Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania- planean sobre todos los acontecimientos que están ocurriendo en Oriente Medio. No es casualidad que Arabia Saudí, con el apoyo de varios países árabes, comenzara a bombardear Yemen mientras se desarrollaban las conversaciones con Teherán.

Yemen, el país árabe más pobre del mundo, en el que se calcula que hay 60 millones de armas, está siendo utilizado como uno de los elementos para condicionar las negociaciones con Irán, negociaciones que Arabia Saudí e Israel desearían sabotear. Ya sabemos por tanto para qué están “sirviendo” las armas que Estados Unidos ha vendido a la monarquía absolutista saudí, en una transacción a plazos que, si no se interrumpe, será la mayor venta de armas estadounidenses de la historia: Arabia Saudí emplea equipamiento militar estadounidense -y también europeo- para intervenir en otros países...árabes, contribuyendo activamente a una mayor desestabilización de la región.

Yemen es el cuarto país árabe en el que Arabia Saudí actúa militarmente en menos de tres años. A estas alturas no cabe duda de que potencias regionales e internacionales apuestan no por políticas que desembocan en errores -como más o menos inocentemente afirman algunos analistas- sino por políticas que garantizan el caos, el debilitamiento, la división de Oriente Medio. Porque desde el caos se puede perpetuar el control de territorios ajenos. Porque desde el caos se pueden mantener gobiernos títeres. Porque el caos facilita la dominación y 'justifica' las dictaduras como mal menor. Porque el caos fragmenta Estados y crea territorios serviles, elementos clave del nuevo mapa de Oriente Medio.

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