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Hay que pringarse

Entre la amenaza totalitaria y la defensa de la democracia no hay punto medio ni objetividad ni equidistancia: sólo hay un lugar honesto y decente en el que estar

Demostremos en las urnas que aún hay quien no se acoquina cuando hay que mojarse

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Manifestación tras elecciones andaluzas en Sevilla. Foto: A.Ávila

Manifestación tras las elecciones andaluzas en Sevilla. Foto: A.Ávila

"Moi j'ai les mains sales. Jusqu'aux coudes. Je les ai plongées dans la merde et dans le sang"Jean Paul Sartre

Hay que pringarse. No queda otro remedio. No cabe la asepsia frente a la amenaza de la destrucción de aquello en lo que creemos. Por eso resultó tan indigna y tan desesperanzadora y tan poco comprensible la actitud de los líderes políticos de los partidos democráticos en el debate del lunes. Llegaron con su pulcritud y con sus pocas ganas de enfangarse y, sobre todo, con sus estrategias de diseño en las que, supongo, habían decidido no confrontar directamente con la ultraderecha, ignorarla, hacer como si no. No darles bola. No querían ni rozarles por mor de no ensuciarse y así le dieron su gloria al fascista.

Pusieron sus intereses electorales por encima del interés general, porque no hay interés mayor en una democracia que alinearse con su defensa y enfrentarse a los que pugnan por destruirla. La mentira es un arma cargada de futuro y no hubo valientes que salieran a batirse a pecho descubierto contra ella. Porque las democracias ya no mueren en revueltas o rebeliones, con más o menos violencia, las democracias mueren desde dentro y ese es el principal problema a conjurar. "Las democracias pueden fracasar a manos no de generales, sino de líderes electos, de presidentes o primeros ministros, que subvierten el proceso mismo que les condujo al poder (...) pero más a menudo, las democracias se erosionan lentamente, en pasos apenas apreciables", dicen Levitsky y Ziblatt y señalan el riesgo cierto. No venimos de nuevas. Todo esto que nos sucede, ya ha sucedido en otros países y ya se han detectado los errores más comunes. Uno de ellos es la determinación de falsos problemas para ofrecer falsas soluciones que utiliza el populismo de ultra derecha. Y allí, en pleno debate, se lo hicieron ante sus propias narices sin que se inmutaran.

Esto viene de lejos. Es verdad que los tertulianos que fueron tanto Sánchez como Iglesias como Rivera no llegaron a coincidir en los platós con los altavoces de Vox. A veces se nos ha reprochado que "les entráramos al trapo", tanto en la televisión como en Twitter u otros medios. Craso error. Hay que entrarles. Hay que pringarse. Los famosos "fact checks" no sirven a posteriori. El verdadero chequeo de hechos debe hacerse sobre la marcha. Eso es debatir. Debatir es prever con qué te va a salir el contrario, qué datos va a usar y llevarte estudiados los tuyos para dejarlo en evidencia. No obstante, no hacía falta mucho dato ni mucho chequeo de datos para haberle espetado a Abascal que ni las autonomías son un problema para la inmensa mayoría de los españoles ni es posible defender la actual Constitución Española sin defender ese estado autonómico que diseña y que la vertebra de forma indisoluble con sus principios. Abascal es un patriota pues de otra España. Prometer una España centralizada es proponer otra España y unas constituyentes imposibles para crear otro Estado diferente. Nadie fue capaz de decírselo. Nadie de escandalizarse por la inmensa manipulación de poner en dos bandejas de una balanza cosas con tan poca relación como pensiones y autonomías. Allí lo dejó sembrado ante cinco millones de personas sin que hubiera voz alguna, ni de políticos ni de periodistas, que lo abochornara por ello. Nadie le gritó que en una democracia no hay político que pueda ordenar detener a ningún ciudadano.

Y así tantas cosas. La verdad es la primera que muere. Y tampoco es justa esa especie de equidistancia de los datos que utilizan las empresas o grupos de verificación. No es lo mismo el uso político de los datos - que incluye el usar uno y no otros- que construir todo tu mensaje sobre la falsedad. Así que esa especie de laboratorios de la verdad han de reparar en que la verdad está construida de datos y de contexto. El contexto, la teoría democrática, el conocimiento de la función constitucional de contrapesos y controles, todo eso hay que llevarlo aprendido de casa. Eran cosas del viejo periodismo, supongo, el que el mejor profesional fuera el que tenía tal bagaje de conocimientos, datos y experiencias en su cabeza que le permitían repreguntar, afear o poner contra las cuerdas en el momento y no al día siguiente cuando todos los que fueron infectados por la mentira y la manipulación están ya lejos de la tardía vacuna.

Hay que pringarse. Hay que bajar a la arena. "Lo más importante es que las élites políticas y, sobre todo, los partidos políticos actúen de filtro. Dicho sin rodeos, los partidos políticos son los guardianes de la democracia", dicen los citados anteriormente. Y eso sí es ser constitucionalista y demócrata. Estar ahí donde la defensa del sistema que nos hemos dado te necesita. Tapando las grietas de la infiltración. Educando al electorado para que entienda cómo deben ser las cosas y no aceptando lo inaceptable sólo porque parece que es lo que el electorado desea. "Una de las grandes ironías de por qué mueren las democracias es que la defensa en sí de la democracia suele esgrimirse como pretexto para su subversión", concluyen. Así que sólo cabe meterse en harina, bajar al lodo, quitarles el antifaz y demostrar a los que puedan ser seducidos cuál es la ponzoña del mensaje que les han envuelto en papel de celofán.

Ante esta emergencia, que el domingo en las urnas se convierte de nuevo en una exigencia, no hay postura de ninguneo que sirva. La experiencia del lunes nos demuestra que no podemos dejarlo sólo en manos de los líderes políticos porque fueron ellos los que fijaron las normas de un debate que fue una fiesta del mensaje falso diseñado para cargarse la democracia sin que nadie lo contrarrestara. Un debate así no es un debate que cumpla su función democrática sino un debate al servicio de las ansias de poder de los líderes. Urge una norma que marque la obligatoria presencia de los candidatos en debates abiertos a todo tipo de preguntas y sin bloques ni tiempos pactados para que sean en servicio verdadero de la ciudadanía y del votante.

Frente a todo esto no deja de ser una gota de agua el revuelo organizado en torno a la frase de Sánchez: "Traeremos a Puigdemont" y su posterior explicación. Ni Sánchez ni nadie puede traer a Puigdemont. Sólo la justicia de un estado soberano, como es Bélgica, puede entregarlo o no. El escándalo no está en su supuesto uso de la Fiscalía -absurdo, por otra parte, ni Segarra ni los fiscales del Tribunal Supremo han hecho ni caso al Gobierno desde el principio- sino en obviar que más allá de la Fiscalía está el juez Llarena aceptando tal pedido -¿también lo controlan?- y más allá aún los jueces belgas en sus distintas instancias -¿controlados, todos?. "Traeremos a Puigdemont" es un exceso que también debiera haber sido contrapesado, repreguntado y atacado durante el propio debate pero es que no habían ido a debatir y mucho menos a arriesgar.

Entre la amenaza totalitaria y la defensa de la democracia no hay punto medio ni objetividad ni equidistancia: sólo hay un lugar honesto y decente en el que estar. El punto medio no es virtuoso sino entre dos extremos viciosos. Entre la democracia y el fascismo sólo hay una inmoralidad.

Demostremos en las urnas que aún hay quien no se acoquina cuando hay que mojarse. Seamos los primeros en el peligro de la libertad porque cuando lleguen los últimos ya no habrá marcha atrás.

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