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La reforma constitucional esa que viene

No tenemos un problema de redacción sino de interpretación, pero los principales partidos insisten en reescribir los artículos.

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Imagen de los padres de la Constitución española.

Los llamados "padres" de la Constitución de 1978.

 

Preparen los paraguas, que se anuncian nubes de reforma constitucional en el horizonte. El PSOE presenta este miércoles su propuesta, Ciudadanos venderá la suya la semana próxima, Podemos coge carrerilla para un 78 bis, mientras desde IU Alberto Garzón dice en su último libro que el proceso ya está en marcha y lo que está en juego es si estará dirigido desde arriba o desde abajo. En cuanto al PP, aunque ayer Rajoy renegó, cada vez más voces la asumen como inevitable.

Pues como parece que habrá reforma sí o sí, a la espera de sus propuestas aquí dejo unas pocas ideas de cómo cambiaría yo la Constitución.

Para empezar, el nuevo texto debería tener como valores superiores “la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. Y subrayar desde el primer artículo que la soberanía “reside en el pueblo”, frente a quienes la han secuestrado tantas veces. Y por supuesto, vincularse a “la Declaración Universal de Derechos Humanos”.

A partir de ahí, es imprescindible que garantice los derechos fundamentales: vivienda (“digna y adecuada”, regulando el uso del suelo “de acuerdo con el interés general para evitar la especulación”), educación, trabajo (con “una política orientada al pleno empleo” y “una remuneración suficiente”), pensiones, conservación del medio ambiente o la negociación colectiva. Y no nos olvidemos de quienes han tenido que emigrar: yo incluiría en la Constitución que el Estado “oriente su política hacia su retorno”.

Para asegurar los derechos sociales y una “distribución justa” de la riqueza, sería importante que “toda la riqueza del país sea cual fuere su titularidad esté subordinada al interés general”, que el Estado pueda “planificar la actividad económica para atender las necesidades colectivas”, intervenir empresas “cuando así lo exigiera el interés general”, o “facilitar el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción”.

En cuanto a la justicia, para evitar su politización, la nueva Constitución debería dejar claro que “la justicia emana del pueblo” y los jueces son “independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la ley”. Y ya puestos a pedir, que el Senado sea de una vez “la cámara de representación territorial”.

¿Qué tal les suena? ¿Firmarían una Constitución así? Pues aquí la tienen, fírmenla.

En efecto, como ya habrán notado muchos lectores, los párrafos anteriores están sacados literalmente de nuestra actual Constitución, la del 78. Literalmente, sin cambiar una coma.

Siento desilusionarlos, pero no tenemos un problema de redacción constitucional. Y sin embargo eso es lo que van a proponer los principales partidos: cambiar artículos, reescribir. Cuando el verdadero problema está en su desarrollo (la expresión más repetida en el original del 78 era “una ley desarrollará este artículo…”) y en su interpretación por los gobernantes.

No digo que no haya cosas mejorables en el texto, seguro que sí. Pero para sorpresa de algunos, en la Constitución no están la reforma laboral, la ley mordaza, el rescate bancario, la financiación ilegal de los partidos, las puertas giratorias, la ley D’Hont ni la religión como asignatura evaluable. ¿Qué todo eso se puede corregir en una nueva Constitución? Seguramente, pero ya hemos visto lo flexible que es un texto donde a cambio sí estaban el derecho a la vivienda o al trabajo, y como si nada. O la mili, que también era constitucional y se eliminó sin más.

La Constitución no era ni tan buena como dicen sus defensores, ni tan mala como sostienen sus detractores. Salvo algunos puntos blindados (la monarquía, por ejemplo, aunque ese es un tema que no contemplan hoy los principales partidos), era un texto muy abierto a interpretación. Lo decisivo estos años ha sido la correlación de fuerzas sociales y políticas. De haber sido otra, aquel texto del 78 servía para convertirnos en una Suecia sin cambiar una coma, pero no fue así, y lo que algunos creyeron un suelo, acabó siendo un techo en ciertos temas.

Y luego está el tema territorial, claro. Ahí también fueron sus intérpretes los que decidieron que no encajaba el nuevo Estatut catalán (origen del actual proceso), y hasta la consulta catalana (hubo juristas que defendían su constitucionalidad). El territorial es el verdadero melón de este país, pero en ese caso lo importante no es la reforma constitucional, sino el acuerdo de las partes en conflicto. Si quisiéramos, apuesto a que en la Constitución cabría una España federal sin tocar una coma.

Bienvenido el debate, y ojalá sirva para mucho más que un maquillaje. Pero tengamos claro que si no cambiamos la correlación de fuerzas (y eso es mucho más que el número de escaños) y dejamos otra vez la Constitución en manos de fontaneros, la venidera segunda transición acabará siendo eso: otra “transición”.

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