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Lengua y sexismo: una humilde (y perezosa) propuesta

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Todo empezó con aquel loco de la Antigüedad al que un día se le ocurrió decir “El hombre es la medida de todas las cosas” o alguna otra frase parecida. No solo instauró las bases de la cultura occidental, sino que además le puso género. ¿No podía el buen hombre –porque fue un hombre, sin duda– haber dicho “el ser humano” o “la persona” o cualquier otro recurso que su pensamiento y su lengua le permitieran? Tal vez sí podía, pero el caso es que no lo hizo. Desde entonces y a lo largo de siglos y más siglos la tradición ha aceptado que los universales se formulen en masculino. Hasta que un día se alzó una voz y preguntó si «el hombre» era una sinécdoque de “especie humana” e incluía, por tanto, a la mujer. Algunos no se lo creyeron, porque para ellos la mujer no pertenecía a la especie humana, pero otros dijeron que sí, que bienvenida la mujer, a ver si así se conformaba. En la segunda mitad del siglo XX la voz dejó de conformarse y poco a poco fue apuntando cuán interesada era la apropiación de los universales por parte del “hombre”, cuántos estropicios discriminatorios causaba y cómo modelaba la mentalidad de las personas. Le respondieron que el masculino, en la lengua, era el género “no marcado”, el que valía para todo. Y la voz se rebeló contra lo “no marcado”.

Resulta un tanto curioso ver cómo a los detractores de esta voz de alarma, que en una de sus modulaciones es la que ahora pide que digamos “los psicólogos y las psicólogas” en vez de solo “los psicólogos”, les cuesta tanto reconocer el hecho decididamente obvio de que la posición del masculino como género no marcado (precisamente el masculino) indica un sesgo machista en la estructura de una lengua. Pero no menos curioso es ver cómo la voz de alarma rechaza la posibilidad igualmente obvia de que, con el uso y la debida concienciación, este sesgo quede desarticulado (si no lo está ya de hecho) y reducido a un estado fósil convenientemente inoperativo; en su protesta, la voz no admite fosilizaciones, exige “visibilidad”, se pone ciertamente pesada, y de ahí lo de “los psicólogos y las psicólogas”. Con lo que uno se pregunta a veces –por desgracia– por qué hablan de visibilidad cuando quieren decir demagogia.

El informe [ informe] de Ignacio Bosque y 28 académicos de número titulado “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” se ha hecho ya famoso por su elocuente toma de partido del” « uso no marcado (o uso genérico) del masculino”. Según el informe existe “acuerdo general entre los lingüistas” en que este uso “está firmemente asentado en el sistema gramatical del español, como lo está en el de otras muchas lenguas románicas y no románicas”, algo que nadie duda, pero “también en que no hay razón para censurarlo”. Quizá no haya razón para censurar su uso, tan asentado; pero quizá sí la haya para censurar su asentamiento. Cierto es que éste se pierde en la noche de los tiempos, en un magma inmemorial de visiones del mundo y organizaciones gramaticales, o, como dice el informe, es posible que su “reflejo sea ya opaco”. Pero constatar la opacidad no debería conducirnos a pensar de una forma simplona que las cosas son así, y punto. El masculino es el género no marcado, de acuerdo; las cosas son así, de acuerdo; pero… las cosas son así por alguna razón, y además podrían haber sido de otra manera. A mí me habría gustado que el informe, firmado por un gran lingüista que sabe mucho más que sus lectores, hubiera iluminado más la “opacidad” en vez de despacharla en una frase. Es un tema interesantísimo y desde aquí le animo a desarrollarlo. Estar “firmemente asentado” no es explicación de nada.

La lengua

Se observa, por lo demás, en todo el informe, pese a sus largas y  a veces hábiles argumentaciones, cierto disgusto de tipo corporativo por el intrusismo de los redactores de las guías de “lenguaje no sexista” que son su objeto de análisis y crítica. Da la impresión de que es intolerable que alguien se ponga a hacer recomendaciones de usos lingüísticos siendo únicamente un hacendoso hablante que opera, al parecer, fuera del “acuerdo general entre lingüistas”. Podríamos objetar aquí con otra obviedad: que quienes dictan los cambios y las creaciones de los usos lingüísticos son precisamente los hablantes, y no, mal que a ellas les pese, las autoridades académicas. Y que es posible que los 28 suscriptores del informe sean académicos de número, pero al menos 17 de ellos no son –ni por asomo– lingüistas.

El informe de Ignacio Bosque y los 28 académicos de número parece alertar, por otro lado, contra la confusión de ideología y lenguaje, de pensamiento y estructuras lingüísticas. Se muestra incómodo ante la sola idea de que el sexismo pueda permear la lengua a través de sus pequeños conductos gramaticales, en principio de tan escaso flujo semántico. Para rebatir esta idea, aduce argumentos que tienden apreciablemente a la misma confusión que el autor y sus suscriptores denuncian. El informe nos recuerda, por ejemplo, cómo Álvaro García Meseguer, en su libro de 1994 ¿Es sexista la lengua española?, explicaba “por qué son claramente sexistas frases como ‘ Hasta los acontecimientos más importantes de nuestra vida, como elegir nuestra esposa o nuestra carrera, están determinados por influencias inconscientes’, ya que introducen una marcada perspectiva androcéntrica en una afirmación general sobre los seres humanos”. No sé muy bien cuál es la función de este ejemplo en un informe lingüístico: no hay en la frase citada ningún uso obligado o simplemente “asentado” que caracterice la estructura de una lengua. El responsable del sexismo de esta afirmación no es la lengua sino el idiota que la ha escrito. A veces da la impresión de que el informe de Bosque y los 28 académicos de número quiera hacer pasar por ejemplos de lengua ejemplos que lo son solamente de ideología.

Un hombre “universal” que hoy siga hablando en plural y refiriéndose a “nuestra esposa”, o –si entramos en el terreno del léxico– cualquiera que siga diciendo que “trabaja como un negro”, que le “han engañado como a un chino”, que no le gustan “las mariconadas” o que le han hecho “una judiada” puede, si quiere, echarle la culpa a la lengua; pero el responsable de lo que dice es únicamente el hablante que ha elegido expresarse de tal forma y no de tantas otras que el repertorio lingüístico pone a su alcance. El sesgo ideológico problemático de una lengua no se da en el léxico, que por lo común podemos elegir y evitar, sino en aquello que no podemos elegir, o que difícilmente, por estar tan “asentado”, podemos cambiar. Aquí es donde intervienen las cuestiones gramaticales, y lo de “los psicólogos y las psicólogas” en particular, que para el informe de Ignacio Bosque y los 28 académicos de número es “insostenible”. Creo que en este punto llevan razón. Creo, como dicen, que la persona voluntariosa y sensibilizada que pronuncia un discurso o redacta un escrito atendiendo escrupulosamente a las reglas de “desdoblamiento” dirá en privado, al acabar su intervención pública, que “se va a cenar con unos amigos” y no “con unos amigos y unas amigas”. De hecho, creo que el esfuerzo y la sensibilización que requiere la aplicación perseverante de estas medidas son tan apremiantes que dudo mucho de que, en la progresión misma del discurso o del escrito, no se le escape a alguien algún escafurcio; es decir, que uno empiece con entusiasmo hablando de “los psicólogos y las psicólogas” y luego, al final, vaya perdiendo fuelle y se le cuele de repente una alusión, pongamos por caso, a “los enfermos” de un hospital en vez de a “los enfermos y las enfermas”. Aun así, debo reconocer que he escuchado los 56:14 minutos de una conferencia de la profesora Eulàlia Lledó, redactora de guías de lenguaje no sexista y crítica del informe de Ignacio Bosque y los 28 académicos de número, y no la he pillado en ningún renuncio. La verdad es que, al menos en esa conferencia, nada suena forzado, muchas soluciones no tienen nada de retorcido y la mayor parte de las propuestas se dicen y se escuchan sin violencia (no se dice, en fin, ni una sola vez nada semejante a “los psicólogos y las psicólogas” ni a “los enfermos y las enfermas”).

En cualquier caso, la profesora Eulàlia Lledó es una profesional del ramo y no todos podemos –ni tenemos ganas de– estar a su altura. Ella se esfuerza en señalar que “las dobles formas no se han inventado ahora” y que no son tan exóticas en español como se desprende del informe académico; nos recuerda, por ejemplo, que al Cid ya lo recibieron en Burgos “mujeres y varones, burgueses y burguesas”… aunque no despeje la duda de si ese desdoblamiento no era más bien una componenda métrica del juglar ni, por supuesto, se atreva a afirmar que instaurara una tradición. El problema de “los psicólogos y las psicólogas” es que es una forma que no tiene tradición: habría que crearla, y en eso parecen comprometidas la profesora Eulàlia Lledó y quienes comparten sus ideas. Si realmente lograra crearse esta tradición, acabaría produciéndose uno de esos fenómenos de “uso asentado" que los informes de los académicos de número del futuro no tendrían más remedio, si quisieran ser coherentes, que reconocer y acatar.

Como en otros momentos y en otros aspectos de la lengua, las cartas están echadas y ya se verá quién se impone. Es totalmente lícito –siempre lo ha sido– que los adversarios se exhiban y se enfrenten: la lengua y el tiempo decidirán. Por mi parte, me temo que no puedo ponerme del lado de “los psicólogos y las psicólogas”. Yo asumo que partes muy íntimas de la lengua que utilizo tienen un componente sexista y que el masculino como género no marcado es una de ellas. Pero, al asumirlo, al reconocerlo, le quito peso, influencia, importancia. Sé que no empezó quizá como una convención: para mí ya lo es. Al decir “los psicólogos” incluyo a "las psicólogas” con la esperanza de que “las psicólogas” hayan hecho el mismo proceso que yo, hayan identificado la convención y, con ello, desactivado su significado. Si no lo han hecho o no han querido hacerlo, muy bien, que sigan protestando, reclamando protagonismo y autoridad, y fabricando formas, como los académicos de número. Es un hecho repetido en la historia de la lengua: las tendencias contrarias conviven, y no pasa nada. Al final una de ellas suele ganar.

Pero hay otra razón, tal vez más poderosa y para mí definitiva, para no decir “los psicólogos y las psicólogas”. A veces, para calificar una de las propiedades principales de la lengua, los lingüistas recurren a la economía (dicen que la lengua es “económica”), al pragmatismo (dicen que es “eficaz” o “funcional”) o a la poesía (dicen que es “natural”). Yo prefiero recurrir a los pecados capitales. La lengua es perezosa. Da una infinita pereza decir “los psicólogos y las psicólogas” y estar pendiente, en cada frase que uno dice o escribe, de seguir la norma sin ser incongruente. Da mucha pereza asentarse contra lo asentado cuando es más rápido y menos trabajoso, y para mí más efectivo, señalarlo con el dedo, desnudarlo y desactivarlo. He aquí mi humilde propuesta para personas sensibilizadas con la problemática del sexismo y la lengua y, sin embargo, tan perezosas como yo. Antes de pronunciar su discurso, o de empezar su escrito, formulen esta advertencia, descargo o disclaimer: “Por razones históricas y gramaticales, y sin duda sexistas, en español el masculino es el género no marcado”. Y luego hablen, escriban sin estresarse.

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