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¿Diálogo de sordos?

En cualquier Estado las diferentes identidades nacionales culturales dificultan la identificación entre el conjunto de los miembros de la comunidad política y pueden suponer un conflicto social

Según expone Eliseo Rafael López, en el caso español los intentos de solución de este conflicto a partir de la Constitución de 1978 no han funcionado, sino que más bien han permitido que las diferentes identidades se refuercen a partir de sus instituciones

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¿Es Cataluña una nación dentro de España? ¿Es una nación que busca encaje en el Estado español? ¿Es España una nación que incluye a Cataluña como región? ¿El Estado español es una nación? Estas preguntas surgen en el debate sobre el conflicto de la identidad nacional desde la transición política en España. En mi opinión, más que una respuesta, lo que estas preguntas requieren es una aclaración de lo que las élites políticas y culturales entienden por nación, ya que cada parte aplica significados distintos al mismo término, particularmente cuando se refieren a la nación de los otros.

Una posible explicación de la causa de esta permanente confusión lingüística al referirse a la nacionalidad del otro puede extraerse de lo que especialistas de los estudios de los nacionalismos, como Andrés de Blas en España, nos señalan. Las naciones son identidades colectivas creadas artificialmente desde el siglo XVIII hasta hoy, y no realidades permanentes que hunden sus raíces en el origen de los tiempos. Las naciones se han creado siglos después a los estados y se basan en el sentimiento de pertenencia y en un conjunto de creencias compartidas, que forman una identidad, a partir de unos elementos comunes que permiten identificar a los miembros de una comunidad política.

Pero no existe un único tipo de identidad nacional. Los especialistas distinguen que durante el siglo XIX se realizaron dos grandes tipos de construcciones identitarias. En primer término tenemos las naciones políticas, en los que la identidad es creada por el Estado como una forma de solidaridad entre los miembros de la sociedad y de ésta con el entramado organizativo político, que sustituye a la lealtad al noble, a la dinastía o a la encarnación deísta de la institución monárquica, en palabras de Andrés De Blas. El caso más típico suele ser el francés, a partir de la Revolución de 1789, y se caracteriza en su desarrollo a lo largo del siglo XIX porque identifica el Estado con la nación y el sentimiento de orgullo se produce por los resultados de un Estado que defiende la libertad, la justicia y, en su caso, la igualdad.

En segundo término tenemos las naciones culturales, que presuponen la existencia previa de un pueblo, esto es, una comunidad social con unas características culturales diferenciales. Estas características suelen ser raciales, lingüísticas o religiosas principalmente, a las que se añaden un conjunto de creencias históricas, sociológicas y antropológicas que mitifican esas diferencias. Las identidades nacionales culturales pueden crearlas los estados, o movimientos sociales nacionalistas, compuestos por instituciones religiosas, educativas, literarias, etc.

Las naciones culturales tienden a ser excluyentes, ya que la pertenencia a ellas es por la etnia o por la conversión religiosa o lingüística. Las naciones políticas, sin embargo, tienden a ser incluyentes, o al menos algo más tolerantes, y se pueden sumar a la comunidad política los individuos a través de la ciudadanía.

En el caso de España, el profesor Álvarez Junco analizó con detalle el fracaso de la nación política por el Estado liberal en el siglo XIX, en su libro Mater Dolorosa. Del fracaso de aquella nación política surgieron en la segunda mitad de ese siglo tanto la nación cultural española como los denominados nacionalismos periféricos. La nación cultural española se basó en elementos como la religión católica y el idioma castellano. Las naciones culturales periféricas se basaron fundamentalmente en la lengua, en el caso catalán y gallego, y en la raza y la lengua en el caso vasco. En todos los casos se mitificaron la historia y las tradiciones.

La mera existencia de diferentes identidades nacionales culturales en un mismo territorio estatal supone un conflicto social, por la quiebra de la identificación entre el conjunto de los miembros de la comunidad política.

Aunque en Europa son excepcionales los casos en los que coinciden las fronteras estatales y una única identidad cultural, el caso de conflicto identitario español presenta la particularidad de la falta de reconocimiento mutuo en el lenguaje entre las diferentes comunidades. Los movimientos nacionalistas periféricos entienden que no existe una nación española de carácter cultural, que esta no es más que una Castilla expandida. Se refieren a España como Estado español, tratando de identificar a España sólo como nación política, en el mejor de los casos, negando la existencia de la cultural.

El nacionalismo cultural español considera que Cataluña, País vasco y Galicia son parte integral de la nación cultural española, por lo que no entiende que España pueda ser un estado plurinacional. Para este punto de vista, la nación política española se corresponde con la nación cultural, y los nacionalismos periféricos son, en el mejor de los casos, meros regionalismos.

Al final, ambos tipos de naciones culturales se excluyen mutuamente. Ni siquiera le dan el mismo significado a la palabra España.

Los intentos de solución de este conflicto establecidos en la Constitución de 1978 parece que no han funcionado. Podemos interpretar que la Constitución fue un intento de restablecer la nación política española, permitiendo que en ella convivieran una nación cultural española y otras identidades nacionales culturales. Sin embargo, el artículo 2 es demasiado ambiguo y el Título VIII no desarrolló la definición de nacionalidades dentro de la nación española, porque no había un acuerdo sobre qué se estaba hablando.

El resultado es que desde entonces las identidades nacionales culturales se han reforzado desde las propias instituciones y organizaciones políticas del Estado central y las Comunidades Autónomas, de manera mutuamente excluyente. Se pueden ver datos del CIS, y las obras de López Aranguren y Beltrán de finales de los 70 y principios de los 80, y observar el crecimiento del conflicto.

Eso no significa que el conflicto sea irresoluble, puesto que si las identidades nacionales se crean, también se destruyen y pueden cambiar, por lo que el conflicto se puede resolver creando identidades nuevas o cambiando las existentes. Esta misión le correspondería a los movimientos políticos y sociales, sobre un proyecto común o, al menos acordado, de nación, tanto cultural como política. 

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