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2015, ¿el año de los refugiados?

"Una vez más, la sociedad civil ha ido por delante de los gobernantes, más aún en la situación de cambio político que vivieron muchas ciudades españolas en mayo"

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EFE

Estos últimos días del año son fechas apropiadas para realizar balance de lo acontecido los doce meses anteriores. Se suceden los ejemplos: el personaje del año, la imagen del año, la palabra del año. Curiosamente, en la preselección de esta última categoría no aparece el término que ha marcado gran parte de las agendas informativas, sociales y políticas del 2015: refugiado.

Esta ausencia se puede percibir como un auténtico símbolo. El drama de las personas refugiadas, especialmente quienes huían de la sanguinaria guerra civil en Siria y de la acción del Estado Islámico, era una realidad desde que estalló aquel conflicto. El ejemplo palmario de la voluntaria ignorancia que las autoridades españolas habían prestado a estas personas lo hallamos en el trato que habían recibido, un año antes, los sirios y las sirias que permanecían en el CETI de Ceuta y que se vieron obligados a acampar en la Plaza de los Reyes para tratar de huir de la situación de bloqueo en la que se encontraban. Habría que recordar que, frente a estas personas, la respuesta de las autoridades ceutíes fue aplicarles la ordenanza que prohibía acampar en la vía pública e iniciar procedimientos sancionadores.

En este 2015 parecía que la situación cambiaba. Sin lugar a dudas, en este cambio influyó una de esas imágenes del año, la de un niño inerte, ahogado, que hizo saltar la cuestión a las portadas de los periódicos y a la agenda de los políticos. Los refugiados se convirtieron en un tema de interés. O al menos eso parecía.

Se hablaba de crisis de refugiados y se flexibilizaron posturas. Especialmente notable fue lo acontecido con el Gobierno español que, tras aliarse con las posiciones más extremistas de la derecha de Europa del Este, Polonia y Hungría, entre otros, modificó su disposición a acoger refugiados. Así, antes del 'efecto Aylan', el Gobierno rechazaba la propuesta de acoger a 4.000 refugiados y se plantaba en la acogida de únicamente 1.500. Sin embargo, tras la explosión de solidaridad que surgió en los estertores del verano, Mariano Rajoy aceptó acoger una cifra sensiblemente más alta aunque, a todas luces, insuficiente: 16.000 refugiados.

Llegados a este punto conviene hacer dos reflexiones. En primer lugar, la naturalidad con la que hemos aceptado en el marco de la Unión Europea la referencia a las cuotas de refugiados, cupos, cifras que despersonalizan, que deshumanizan la tragedia que cada una de estas personas ha sufrido y de la que escapan. El asilo ha dejado de ser un derecho y se ha convertido en una materia de negociación.

Sonroja el cumplimiento de los gobiernos europeos

También conviene tener presente que, una vez más, la sociedad civil ha ido por delante de los gobernantes, más aún en la situación de cambio político que vivieron muchas ciudades españolas en mayo de 2015. Sin las reiteradas declaraciones de diversos municipios de convertirse en ciudades-refugio y sin la presión de algunas Comunidades Autónomas que evidenciaron las posiciones extremistas del Gobierno del Partido Popular, cabe preguntarse cuál habría sido la posición efectiva del Gobierno.

Al hilo, no es descabellado preguntarse sobre si en el momento en el que el Gobierno de Mariano Rajoy asumió aquel compromiso, en el ámbito de la Unión Europea, pensaba cumplirlo. Es esta una pregunta procedente, al observar que actualmente España sólo ha acogido a 18 de aquellas 16.000 personas que afirmó que acogería.

A punto de finalizar el 2015 sólo unos cuantos piensan en las personas refugiadas. Las conversaciones en el ámbito comunitario se eternizan, los procesos de toma de acogida se suspenden y la única respuesta ha sido transferir fondos a Turquía a cambio de desentendernos del respeto de los derechos humanos de estas personas durante su estancia en territorio turco.

Es el símbolo. A finales del 2015 la palabra refugiado suena en la lejanía, no aparece en la lista. En diciembre el porcentaje de cumplimiento de compromisos por parte de los gobiernos europeos es tan limitado que sonroja, especialmente en el caso español, e indigna cuando se escuchan las argumentaciones en contra de las personas refugiadas de personajes como el presidente checo.

Con todo, como fechas simbólicas, estos últimos días de un ciclo también sirven para fijar deseos sobre el año que comienza en breve. En este sentido, para el 2016 convendría exigir un replanteamiento del Sistema Dublín, ese que llaman Sistema Europeo Común de Asilo pero que ni es sistemático, ni implica a la UE, ni resulta común ni, sobre todo, sirve para garantizar el derecho de asilo, reconocido por el artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Este replanteamiento pasa por convertir el asilo en un compromiso ético de las sociedades europeas, que impida que los Estados de la Unión Europea incumplan sus compromisos jurídicos al efecto.

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