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Aprender a dejar ir

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El beso frente al Hôtel de ville, 1950 © Atelier Robert Doisneau, 2016

El beso frente al Hôtel de ville, 1950 © Atelier Robert Doisneau, 2016

Hay rachas en las que debemos encajar piezas de nuestro puzzle, recomponer el paisaje, quitar malezas y tierras movedizas… Faltan tres días para fin de año y todos hacemos balance de pérdidas y ganancias. Yo he ganado cosas, pero también he perdido. He recuperado, por ahora, a una madre tras un cáncer. Y estos días siento que he recuperado a dos amigos, de esos que sabes que nunca se marcharían, pero que necesitaban su distancia, su silencio, su tiempo para pensar o una circunstancia vital delicada para reaccionar, aunque tardasen años.  

Dice mi amiga Ruth que cada cierto tiempo hay que ver la película de Come, reza, ama, cuando toca dejar ir. La cuestión está en que siempre me ha parecido más valiente la aventura de que quien enfrenta un momento de crisis existencial o personal sin huir, sin poner tierra de por medio. No niego que me gustaría irme un año a Roma, luego a la India y luego a Bali. Pero para qué poner tierra de por medio cuando lo preciso es poner tiempo de por medio. Y eso no se puede acelerar.

En estos balances, las ganancias se guardan como tesoros en paño, plegaditas en nuestros rincones más sentidos. Y las pérdidas, hay que saber dejarlas ir o dejarlas estar a su aire. Y cuesta. Y duele, duele muchísimo, como perder parte de ti. 

Supongo que nunca se sabe bien cómo dejar ir, sino que cada vez es diferente y es sólo un proceso de aprendizaje. Pocas veces me ocurre, poquísimas, salvo cuando bajo mi muro de protección. Y a veces lo he bajado incluso cuando sabía que esa persona no estaría en 2017, porque daba un voto de confianza. Pero cuando toca dejar ir a alguien siempre incido en los matices, que lo son todo.

En primer lugar, hablo de relaciones normales. Aquellas donde existe maltrato físico, psicológico, la humillación, el desprecio, la culpa reiterada e injustificada y la predisposición a hacer daño, incluso después de abandonarte... es evidente que hay que huir.

En segundo lugar, dejar ir cuando eres el que toma la decisión de cortar no tiene mucho mérito, porque tienes ventaja para la recuperación y no experimentar fases de duelo. El mal trago recae en el que sabe que debe dejar ir a pesar de seguir queriendo, a pesar de no ser escuchado ni comprendido, a pesar de no ser perdonado, o a pesar de echar de menos… Demasiado peso encima. Y ahí es donde toca aligerar el equipaje. Si el otro no nos ayuda a quitarlo, nos toca a nosotros, porque no podemos cargar con la responsabilidad de los demás.

En cuestiones de amistad o amor soy de las que nunca dan portazos, porque me parece una falta de respeto y el mayor de los desprecios cuando has compartido tu tiempo con alguien, cuando siempre hay opción para despedirse sin gritos y con prudencia. No como críos, sino como personas maduras. Porque no hay necesidad de añadir más dolor a algo que, de por sí, ya resulta doloroso.

Si eso ocurre, más que la despedida en sí, me decepciona la persona que se deja dominar por su ira y por su rabia, y no agradece ese tiempo en común. La nobleza de alguien se mide justo ahí, en las despedidas. Y por mucho que esa persona se niegue, un día comprendí que la leyenda del hilo rojo podía ser cierta. Que cuando conoces a una persona surge un hilo rojo que te conecta a ella, y ya te puedes distanciar o alejar todo lo que pretendas que ese hilo jamás se rompe.

Así que yo soy de las que prefiere las despedidas sin ruido, agradecidas, aceptando un perdón y aportando el tuyo, las toma de distancia, los silencios… Luego el tiempo se encarga de recolocar las piezas del puzle y de mover fichas por ti. Eso sí, se moverán las que eran buenas, las de personas nobles que con el tiempo saben gestionar lo que ocurrió con sensatez. Y si algo puedo asegurar es que aunque tarde en llegar cinco o diez años, cuando la persona es sincera, no se disfrazó de ningún personaje, no tenía otras intenciones oscuras y valía la pena… llega ese perdón, o esa charla pendiente o se soluciona ese malentendido. Por eso siempre dejo la puerta abierta… Porque todos cometemos errores, y porque cuando tienes rabia, al final, sólo te afecta a ti mismo e impide arreglar las cosas.  

Pero aún así, para avanzar, sabes que debes dejar espacio. Y dejar ir esperando que el tiempo haga reaccionar, para bien o para mal. O dejar ir para siempre, cuando te han cerrado de entrada todas las opciones. No es algo habitual, afortunadamente, pero cuando de forma puntual aparece un portazo y el mayor de los desprecios, al principio me paralizaba por el miedo a perder. Ya no, porque aprendí que esas reacciones son de las personas que realmente tienen miedo por otras cosas, pero nunca tienen miedo de perderte. Y porque justo quien se despide de ti de esas formas es porque nunca estuvo. Y en esas circunstancias, ¿qué vas a dejar ir?

Aunque duela, tampoco merece la pena sufrir cuando alguien te deja en el momento más delicado. No hablo de cuando te piden un tiempo, porque eso no es dejar, es saber esperar. Y si estás cuando esa persona regresa, no hay peros. Hablo de lo que he visto: familiares y amigos que te abandonan en un cáncer o en una depresión, porque les supone un exceso de responsabilidad. A esos hay que dejarles ir hasta que recapaciten, si es que lo hacen o alguna vez empatizan, porque de lo contrario está claro que venían por algún tipo de interés.

Cuando hay que dejar ir de manera forzosa, me enseñaron a hacerlo lejos del rencor o del odio, sin desear nunca mal a nadie por mucho mal que hiciese. Y asumí que hay que dejar ir porque eso significaría quererte menos que esa persona y eso, jamás, debe ocurrir. 

Si la despedida es dolorosa, te deja en shock o no la puedes asimilar bien… siempre imagino que esa persona falleció, aunque sea falso y con el tiempo asumas que vive y lo que ocurrió. Pero como inicio, me duele menos. Porque a los muertos no se les reprocha nada. Todo eso se olvida, se perdona y sólo queda hacer frente al duelo. Y al fin y al cabo ¿de qué sirve el desprecio y la rabia, si todos vamos a acabar muertos más tarde o más temprano?

Y en esas ocasiones releo a mi Federico y a doña Rosita cuando decía: "Todo está acabado… y, sin embargo, con toda la ilusión perdida, me acuesto, y me levanto con el más terrible de los sentimientos, que es el sentimiento de tener la esperanza muerta". Eso sucede. Y duele. Y luego me pregunto… pero si la esperanza está muerta, ¿cómo se vive? Y entonces me viene Leonard Cohen, como hace dos días me recordó un amigo, cuando decía que aunque tengas la esperanza de que nada cambie, debes actuar como si no lo supieras. 

Si recibes desprecio, si te deja como quien arroja un papel a la papelera, no puedes querer a esa persona más que a ti. Y si tardas en soltar no es que seas cobarde o débil. Es que sentiste de verdad, porque cuando las cosas son puras y sin apariencias, requieren de más esfuerzo y más dolor. Cuando asumas eso, y dejes ir, te sentirás valiente. Porque la valentía no está en agarrar, sino en soltar las manos, aunque requiera de un esfuerzo extraordinario.  

Y si vuelve alguna vez a tu mente, que regrese de la mejor forma en la que esa persona existió en tu vida: con sus mejores recuerdos, con su música, con su abrazo. Cuando lo recuerdes sin rencor, sabrás que has soltado de la forma más sana, prudente y con respeto que existe… Y así hasta la próxima. Así hasta el año que viene.

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